"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Patito feo

          “La empresa privada es más eficiente que la pública”, el mantra que repiten continuamente “los del pensamiento único” a través de sus medios de comunicación (que son todos) y desde todos los púlpitos y cátedras del mundo mundial.

           La realidad es otra. La empresa privada, como la chicas del cole en la edad del pavo “se creen las más guays”: “Aquí mandan las divinas” simplemente porque nadie se atreve a decirlas nada, y pobre de la que “les cante cuatro verdades”: queda “desajuntada” de todos los “tuentis”, “mesenyers” y “feisbuks” que en el mundo han sido.
            Por eso mismo la gente no critica a las empresas privadas y sí a “lo público”: porque criticando a las primeras no va a cambiar nada (y, si acaso, te caerá “una manita de hostias”), mientras que criticar a las segundas sí (repito sí) supone un cambio en sus conductas.
           Como todo en este post, la idea está plagiada de quién sabe más que yo:

         “En efecto, podríamos observar entre paréntesis que la opinión corrientemente expresada por el mundo de los negocios de que es más probable que un servicio público pase por alto al consumidor parece ser justamente lo contrario de la verdad. El verdadero peligro es que sea demasiado flexible y sacrifique los intereses permanentes del servicio a la demanda de un abaratamiento inmediato. La protesta instantánea contra la “ineficacia” el “desperdicio” y la “tiranía burocrática” con la que se recibe la propuesta de subir los precios hecha por cualquier servicio nacionalizado es en sí misma la mejor prueba de la protección del consumidor, que ofrece la propiedad pública. En la industria privada, los precios de la ropa, el calzado, la comida y docenas de otros bienes ha subido en más de un 160 por 100 entre 1.914 y 1.921, y nadie llegó más que a refunfuñar de vez en cuando. En cambio, la propuesta de Correos de subir las tarifas telefónicas, causó una ola de indignación en el mundo de los negocios. Como saben por propia experiencia los usuarios de los trenes suburbanos y metropolitanos, ciertas compañías de ferrocarriles venden habitualmente plazas inexistentes en vagones de tercera; y si, muy en contra de su voluntad, el desafortunado viajero pasa a un vagón de otra clase, se le cobra el exceso de tarifa de que la insuficiencia de sus medidas le ha hecho deudor. Si los ferrocarriles estuvieran nacionalizados, la Prensa resonaría con las protestas contra la incompetencia del Estado y la práctica censurable de los funcionarios. Como están en manos privadas no se oye ni un murmullo. La explicación es sencilla. La política de una empresa pública puede ser modificada por la crítica; la de un negocio privado, no. Se considera que la primera está actuando incorrectamente si presiona al consumidor; al segundo se le tendría a menudo por muy excéntrico si no lo hiciera”(*).

               Tawney dixit, y lo dijo ¡en 1.921! ¿Anticuado, Hank?, ¿ya no es así?: Cambiad trenes por banda ancha de tropecientos megas, o simplemente por tener luz en Cataluña, y contadme.
          ¿Os imagináis a Q. y a A. repitiendo visita, estas Navidades, a la sede de El Corte inglés, para que no derroche recursos energéticos en su cortilandia de los cojones?


(*)Tawney R.H. La Sociedad Adquisitiva. Edición castellana de Alianza Editorial. Madrid. 1972 (pp. 127-128)

martes, 9 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma VI

VI.- Una china en el zapato.

          Lo primero que hay que resaltar es que China no es más que otra “economía de mercado”: no es un Doctor No (en este caso Fumanchú) ni una única empresa estatal dirigida por una especie de Mao: su tejido económico es un conjunto de empresas, en un régimen parecido a la propiedad privada, por lo que “China” no actúa de forma distinta a cualquier agente económico del sistema capitalista: no tiene ningún interés en destruir el mundo, ni la raza blanca, ni imponer un régimen político... Trata de “vivir del chollo” igual que todos sus “compis” del mangoneo económico mundial.

          Dicho esto conviene destacar que sus empresas (más o menos privadas) están sometidas a un “dirigismo” estatal desconocido en occidente, por lo que, sin olvidar la esencia antes comentada, actúan de una forma mucho más uniforme y, si se quiere, más al dictado de Pekín, que sus homólogas en otros Estados (*), por lo que concebir esta pluralidad de sujetos como uno solo no es tanto disparate.
          Como bien sabemos, las empresas chinas venden más de lo que compran (¡vaya descubrimiento! esto lo hacen todas) y venden al exterior en su conjunto más de lo que compran (esto ya no lo podemos predicar de todo el mundo), bien sea porque tienen un mercado interior subdesarrollado o porque a los demás “nos ha hecho la boca un fraile”: el caso final es que, como resultado de su actividad comercial, obtienen un beneficio en forma de papel moneda, que de momento, como en las recetas vamos a reservar (sabiendo que está ahí).
            En sus compras y sus ventas las empresas chinas utilizan la moneda del imperio: el dólar. Algunos dicen que porque les da la gana: les conviene puesto que su mercado interior no es en dólares sino en su moneda local, lo que supone que los inputs que se localizan dentro del país y, en concreto, la mano de obra, se “compren” mucho más baratos y eso “mejore” el precio de venta del producto. Otros autores indican que “no les queda más remedio” toda vez que todas las transacciones internacionales deben realizarse en esa moneda, que es la única respaldada por la “sexta flota” (y por la cuarta y por la quinta...): esto por cierto sucede “aquí y en la China Popular” (**), aquí un poco menos gracias al euro, pero poco menos.
           Luego independientemente del resultado de su balanza comercial China necesita un “stock” de dólares para que su máquina de producción funcione: a medida que su máquina crezca este “stock” de dólares debe ser mayor de la misma forma que al aumentar el número de máquinas de una fábrica, aumenta la cantidad de aceite necesario para su engrase. Este creciente “stock” de dólares juega un papel “antiinflacionista” (es un dinero que desaparece del mercado por lo que el precio del dinero sube y el de las demás mercancías baja) relevante.

            En el otro platillo de la balanza deberíamos poner, claro está que una economía como la China en crecimiento, pelea por los recursos y los encarece, lo que supone un proceso inflacionista. De los dos efectos este último es, con seguridad mayor, pero nos remite a la causa de la inflación reseñada en los primeros capítulos (escasez de materias) que ya discutimos.
             Comprando y vendiendo en dólares el beneficio obtenido, que antes reservamos, lo es también en dólares. ¿qué hacen los chinos con esa acumulación de dólares? Pues lo mismo que los demás:
           Una parte de ellos se utilizan para remunerar factores: los factores internos se remuneran en la moneda local, por lo que antes hay que pasar por el Estado para convertir los dólares en yuangs. A partir de ahí los dólares quedan en manos del Gobierno Chino y empiezan las películas tipo James Bond que más adelante analizaremos.
            Otra parte se utiliza para aumentar la capacidad productiva, con las mismas consecuencias que en al caso anterior: si la máquina se compra al exterior se paga en dólares y punto. Si se adquieren terrenos o se encarga la construcción de una nave se paga en moneda local, previo paso por el Banco Estatal y listo.
             Y, finalmente, al resto se le busca algún otro tipo de “utilidad”: se puede salir a comprar empresas fuera de China, locales, terrenos... Pero, para lo que nos preocupa, lo más interesante es lo que sucede cuando chinos y Gobierno Chino mantienen lo que tienen en “dolares” o lo cambian por “dinero financiero” (deuda).
             ¿Por qué nos preocupa? Porque como pensamos en los chinos en términos de Fumanchú sospechamos que con estas dos armas pueden destruir la civilización occidental: ¿Cómo?. Lo veremos en el siguiente post.





          (*) Que también lo hacen, en una extraña simbiosis Gobiernos-Empresas, que como en la Santísima Trinidad (en este caso "Binidad") son dos personas distintas y, a la vez, una. De ahí que muchos autores no les guste el término “multinacional” sino que prefieren el de “transnacional”: estas empresas tienen un “homeland” y luego están extendidas por el resto del mundo, pero, resulta claro, tienen “patria” y todos los defectos que esto conlleva (bandera, fanatismo...)

            (**) Conviene acabar con la “pamema” de ciertos libros de texto, sobretodo en el ámbito contable, que dicen que al vender al exterior se cobra en la moneda del cliente y al comprar al exterior en la moneda propia o viceversa: al comprar y vender en el interior se usa nuestra moneda y al comprar o vender al exterior, se usa la moneda “universal”: el billete verde y, un poco el euro, cuyo éxito no viene como moneda de intercambio universal sino como moneda única de un mercado interior muy grande.
 

lunes, 8 de noviembre de 2010

State of Play




         Siempre que leo o veo las entrevistas que le hacen a este tipo, tengo la sensación de que lo que tengo delante del papel o de la pantalla es, sin duda un “Hombre de Estado”, pero tengo mis serias dudas de que también tenga delante a un “Buen Hombre” y mucho menos a un “Demócrata”. Después de todo no es mal resultado: al menos González saca un uno de tres; sus sucesores ni eso...

          Se dice que el sueño de la razón engendra monstruos, por lo que seguramente el sueño de la razón de estado engendrará criminales...

La Amenaza Fantasma V

V.- A empujones:

         Dos razones mueven los agitadores del fantasma de la hiperinflación, por lo que leo de sus artículos: las políticas expansivas de los gobiernos y el “síndrome de China”. Vamos con ellas:

        Políticas expansivas de los gobiernos: creen estos autores que en la situación actual las políticas expansivas de gasto público degenerarán en un aumento de la inflación. Por un lado piensan que, si Obama quiere pagar las obras y gastos que encargue, incluyendo su Sistema de Sanidad, tendrá que recurrir o a la máquina de hacer billetes (“dinero oficial” ) o al endeudamiento (“dinero comercial” o incluso “financiero”). Creen, además, que si el Estado compite con el sector privado por los recursos, estos saldrán a subasta y se los adjudicará el mejor postor, que, como no me canso de repetir, en la economía de mercado es el que más paga por ellos: por tanto subirán los precios de esos recursos y, por ende subirán los precios de todas las cosas, hasta la estratosfera.
           Con esas ideas (más o menos encubiertas) ya se ve lo bien que enseñan la “patita”. En el fondo les molesta la acción expansiva del estado que, más tarde o más temprano implicará una variación en la correlación de fuerzas, en favor de lo público. Parece difícil compensar, dando a la manivela de la máquina de hacer billetes tanto “dinero oficial”, como “dinero comercial o financiero” se ha destruido. Lo del efecto expulsión (“crowding out”) que se nos vende bajo una competencia entre lo público y lo privado por los recursos tampoco parece corresponder con el escenario económico que presenciamos, en el que vemos, como en las películas de un futuro apocalíptico, unos enormes desiertos donde la iniciativa privada ya desertó (nunca mejor dicho) y donde si tampoco llega la iniciativa pública, aquello no será más que arena, maleza y espinos.

          Hablar de expulsión de lo privado por lo público en los tiempos actuales es una ridiculez, máxime cuando existe un termómetro que mide, como la fiebre, un síntoma para saber si eso se produce: examinando los tipos de interés lo vemos claro: si realmente lo público y lo privado estuvieran compitiendo hoy por los recursos económicos, entre ellos el dinero, los tipos no estarían casi al 0%. Al cero están, porque, ni aún así se logra adivinar en qué se puede colocar el dinero, una vez cerradas las timbas, en plena “Ley seca” y a la espera de que se abran nuevos garitos. Si los tipos están al cero, es que el dinero sobra, pero que no se preocupe el lector porque no se lo van a regalar: antes de eso, harán como con las prendas de H&M: lo destruirán. Por eso no hay que preocuparse: jamás darán dinero a quién lo necesita, ahora ni siquiera lo prestan.
          Los del “síndrome de China”: estos ignoran muchas cosas sobre China, Estados Unidos, el papel del dólar como moneda de intercambio comercial y de refugio universal... Tantas cosas que habrá que realizar digresiones a mansalva. Vamos por ellas, no en vano, como Dickens, cobro por cuartillas escritas.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Heavy rain

         Apenas dos semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno "neocon” ya empezamos a ver sus frutos. En los noticieros públicos de ayer, tanto en el "blanco" como en el "bueno", en lo que con Franco se llamaba "una información de servicio público", se pedía la colaboración de los ciudadanos para identificar al vándalo que, el pasado fin de semana, en “nosequé” ciudad del País Vasco, había osado quemar un cajero automático. Para ello se mostraban las imágenes grabadas del “vil acto” y, repito, se pedía a los ciudadanos que echaran una mano a las Fuerzas de Seguridad del Estado.

          En el Estado Español se producen, cada año, más de 4.000 ataques racistas, algunos, muy recientes, con consecuencias graves: jamás he visto a Ana, a Pepa, a Lorenzo, a Juan Vicente... requerir la colaboración ciudadana para identificar a los culpables.
         La finalidad del Derecho es proteger la propiedad privada (Adam Smith, dixit): es de las primeras cosas que enseño en clase. Luego echamos un ojo al Código Penal vigente: salvo en los delitos más graves (hasta ahí podríamos llegar) los delitos contra la propiedad (privada): robos, hurtos, etc, están más penados que los delitos contra las personas: lesiones, palizas, golpes... La afirmación del “padre del liberalismo” resulta tristemente cierta.
         Y mientras tanto, desde su flamante Vicepresidencia, Rubalcaba-Fouché, mueve los hilos...

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma IV

IV.- Dinero, dinero, dinero... y créditos.

           Las tres clases de dinero (oficial, comercial y financiero) cumplen el mismo papel y, desde ese punto de vista, son indistinguibles. Pero mientras el dinero legal se crea a través de la máquina de hacer billetes y se destruye mediante la trituradora, (en cualquier caso mediante un proceso perfectamente planificado de quién debería saber lo que se trae entre manos), los otros dos tipos de dinero se crean y destruyen mediante el complejo e ineficiente mecanismo de la dichosa mano invisible, que, al menos en el caso del dinero financiero aparece visible e identificada.

          El dinero comercial es o debería ser el reflejo de las operaciones comerciales que se llevan a cabo, porque no ha perdido el subyacente: si se compra algo y se deja a deber, para lo que se libra una letra de cambio que después acaba circulando, de acá para allá, hasta el momento del vencimiento, como si fuera dinero, parece claro que de no haberse producido la primera operación comercial ese dinero no habría nacido(*).

           Por esa misma regla hay que pensar que a medida que la actividad comercial es mayor se creará mayor cantidad de este tipo de dinero y que si las transacciones se contraen, este tipo de dinero se destruirá: va acompasado con la actividad económica y por ello no debería preocupar; incluso en el caso de que el deudor no pueda hacer frente al pago de la deuda llegado el vencimiento (cuando se declara insolvente ese tío que me debía dinero porque le vendí una partida de ladrillos) ese dinero “desaparece” con el impago, sin más efectos sobre la masa monetaria, aunque con efectos devastadores sobre la economía real y sobre el sistema financiero edificado sobre este tipo de dinero.
          Ahora bien, el dinero financiero, al viajar libre de su subyacente, puede aumentar o menguar sin más límite que la existencia de demandantes de prestamos (prestatarios), con independencia de a qué destinaran esos préstamos. Cuando estos prestatarios pidieron dinero para comprar cosas la situación de ese dinero se asemeja al “dinero comercial”, con el agravante de que ahora, si no se paga, el perjudicado es el “banco” y no el “comerciante”. Y esto es peor porque el “banco” cumple un papel “social” que no tiene ningún otro agente: hacer fluir la sangre de la liquidez que alimenta a toda la economía real y, además, concentra buena parte de los riesgos de impago, lo que sucede, por ejemplo en el caso de las hipotecas “subprime” concedidas para comprar una casa a quién no puede pagarla: los afectados son los bancos pero no las inmobiliarias, que, en su día, cobraron con el dinero prestado por el banco a los “negritos de alabama”. Pero ese dinero bancario también se destruye con la insolvencia del prestatario y arrastra, en su caída al banco que insensatamente lo prestó.
            Pero parte del “dinero financiero” no se ha empleado para la compra de bienes y servicios “a crédito”: se ha empleado, como nunca en la historia, como “dinero de casino” y ahí, en ese “intercambio de cromos” tipo Madoff se ha producido la hecatombe. El “dinero financiero” ha crecido hasta generar una “burbuja financiera” en la que se pedían préstamos para financiar a su vez nuevos préstamos o productos derivados de estos préstamos, que a su vez servían para garantizar o financiar paquetes de inversiones cuyo contenido se desconocía... todo ello para generar unos beneficios inexistentes pero que se hacían efectivos a medida que el papel cambiaba de manos. La burbuja financiera que hemos padecido no era más que un esquema de estafa piramidal (tipo Ponzi) que, a diferencia de otras burbujas, (en la inmobiliaria había inmuebles, en la de los tulipanes(**) había bulbos) en esta debajo no había nada.
            El casino era la única salida que le quedaba a una sociedad en la que las desigualdades se habían extendido hasta el infinito y en la que unas pocas manos controlaban tanta cantidad de dinero (de todos los tipos) como les era posible. Y todavía querían más; y como la economía real no provee las tasas de rendimiento a las que ellos aspiraban, en su proceso D-M-D' (dinero, mercancías, más dinero) eliminaron la M que les estorbaba y les constreñía al mundo real y pasaron a un modelo D-D' en el que, entre medias, había una ruleta, en la que por arte de birbibirloque (sólo al alcance de unos pocas mentes privilegiadas) la bola siempre caía en el número de la apuesta que habían realizado. Así hasta que la realidad, siempre tan terca, se impuso.
          Pero, por lo que nos interesa a efectos de “hiperinflación”, que de esto iba el post, lo cierto, lo cierto es que “desmantelada la timba” y “declaradas las insolvencias” lo único que realmente ha podido pasar es un hundimiento del “dinero comercial” y del “dinero financiero”. ¿Entonces por qué auguran una era de “hiperinflación”? A esperar al siguiente capítulo.




(*) A salvo los procedimientos de “picaresca” como el “peloteo de letras” que ya se conocía en la Inglaterra siglo XVII.
(**) Puesta de moda por la película “Wall Street”

martes, 2 de noviembre de 2010

Hidden Agenda

          Por imperativo del Ministerio de Distracción Pública, tenemos que interrumpir la serie sobre la hiperinflación.

         Mucho se “runga” por las cloacas de la política (las tertulias y los medios) sobre los pactos secretos PSOE-PNV sobre ETA, cuando un mínimo esfuerzo de análisis los haría evidentes: ¡Claro que existe un pacto secreto entre los dos partidos! Es más, existe un pacto secreto entre los tres “reyes del mambo” del País Vasco: PSOE, PNV y también, como no, el PP.

           Cuando ZP compró al PNV sus “gastos pagos” hasta marzo de 2.012 y más allá (hasta el último día que constitucionalmente sea posible seguir chupando del Presupuesto, lo que incluye el periodo de traspaso de poderes), se pensaba que los de Urkullu tenían la sartén por el mango y que poco podían ofrecer los “socialistas”, digo los “zapateristas”, que no en vano, son de otro género y especie.
           Pero nos olvidábamos de un pequeño detalle: la capacidad del Gobierno y Parlamento de reformar la Ley Electoral antes de las elecciones locales y forales ("¡ahí está el detalle!" que diría Cantinflas(*): el dinero que manejan) de 2.011. Y ahí está la moneda de cambio que el Gobierno puede ofrecer al PNV: que la izquierda abertzale no se pueda presentar a los comicios, ni aunque, previamente, haya tenido que jurar bandera y cantar el “Cara al Sol”.
           La lógica es evidente: “el pastel es el que es y se toca a más tarta cuántos menos comensales se sean”. Arrojar fuera de la mesa a uno de ellos (que podría llevarse un diez o un quince por ciento de la tarta) supone acrecer la ración de los demás, amén de menos problemas a la hora de repartir, si hubiera que llegar a acuerdos y coaliciones de gobierno en cada uno de los Ayuntamientos o Diputaciones Forales. En este juego están interesados todos (PNV, PSOE y PP) y además tienen al árbitro comprado: No bastará, ya lo veréis, con condenar la violencia para ser legalizado, habrá que pedir además “limpieza de sangre de los candidatos”, avales, informes de buena conducta expedidos por la Guardia Civil y, finalmente, un arrepentimiento público en la plaza de cada pueblo, con “sambenito” incluido, para demostrar que son más españolistas que los más españolistas de los demás partidos: y luego, si quiere alguien, que los vote.
          ¡Cuánta miopía! Si lo que hay que hacer con los independentistas es sentarlos a la mesa, darles su ración y esperar a que se comporten exactamente igual que nosotros, imitando nuestros vicios y groserías en la mesa. Entonces ya quedan desacreditados ante su electorado y desaparecen o se reducen a la mínima expresión. Y eso sin contar con el placer en la conversación que supone tener un nuevo comensal sentado a la mesa...
          A estos lerdos les hace falta leer a los clásicos: pueden empezar con “Rebelión en la Granja”. Y si no les gusta leer, que, por lo menos, viajen, y no muy lejos: a Galicia (Bloque) o a Cataluña (Esquerra) mismo vale.


(*) Que gran Ministro de Zapatero sería el pobre.