"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Solón


               A los griegos se les empiezan a hinchar las narices. Se atisba un cambio de rumbo, en la misma línea que Islandia: parece que han leído el post en el que les animaba a que encontraran una Kirchner y la pusieran al mando del gobierno de su país.

             Ya veremos en qué acaba la idea del referéndum, pero, por primera vez, se empieza a pedir opinión a la gente: un rayo de sol. Y esto, a los políticos de los Estados Europeos, les sienta de bien como al mismísimo conde Drácula.

               En cuánto se ha sabido la idea, la mafia del capitalismo financiero ha lanzado una doble amenaza: por un lado a los propios griegos: no pondremos ya el dinero del rescate. Y, de momento, para que se vea que van en serio, la “cabeza del caballo” en la cama: bloqueo de los 8.000 millones previstos “para ya”, para poder pagar sus gastos corrientes.

              Por el otro lado, no se olvide, amenazan a los demás por si se nos ocurre seguir sus pasos: esto será el “acabose”, fin del euro, hundimiento de Europa, recesión... “O yo, o el caos” dice el pensamiento neoliberal único: debería decir “Yo, el caos”; el caos y la destrucción a la que nos conducen con sus políticas.

                 Ya veremos si Papandreu no se arruga; o si va a más: en Islandia, recordemos, el gobierno perdió dos “referendums”, dos, (“referenda” que dirían los latinos clásicos) y con ellos, ya se sabe, se dejó de pagar a los acreedores, se reformó la constitución, se sentó en el banquillo a los gobernantes... sin que hasta ahora, que yo sepa, el país se haya hundido, o haya sido invadido por los “marines”: es lo que tiene ser alto, rubio y de ojos azules o, alternativamente, no estar en el euro y, a cambio, tenerlos bien puestos.
Por cierto, por mero entretenimiento, con las opiniones de nuestros políticos patrios he elaborado el “test de Solón” (*): sirve para medir el grado de aprecio a la democracia real y el respeto por la opinión del pueblo. Basta con preguntar su opinión por el “referéndum griego”: su grado de rechazo es inversamente proporcional a sus valores democráticos, pues no existe otra manera de interpretar el hecho de que antepongan la economía, el euro, la unión europea, la estabilidad, los mercados... a la opinión del pueblo (del “soberano” que diría Anguita) manifestada en una consulta. 

           En el test están empatados los dos candidatos oficiales: Rajoy y Rubalcaba. Fuera de concurso queda Elenita, con sus declaraciones, ayer, en la Ser. ¡Ánimo! Ya te queda menos: dentro de un mes, consejera en cualquier banco.


(*) Acepto otras denominaciones, pero antes, echad un ojo a la wikipedia: ¡Qué curioso!: “Gobernó en una época de graves conflictos sociales producto de una extrema concentración de la riqueza y poder político”, “En su legislación, Solón derogaba la ley vigente en ese entonces según la cual era posible cobrar deudas mediante la esclavitud del deudor y sus familiares”...

miércoles, 26 de octubre de 2011

Trilogía: Luna Nueva


            Y dale con la puta resistencia a aflojar la "mosca": pero si no son más que unos papelines de colores. Hoy precisamente es miércoles, y ¡qué miércoles!... El día “D”: la página web de RTVE ya lo advertía el fin de semana: “dos días vitales para el futuro de la Unión Europea y el euro”. Así visto acojona, aunque luego se veía que no tanto porque la noticia iba por detrás de la "toña" de Simoncelli... Luego, la verdad, no será nada... se habrá llegado al enésismo acuerdo para “arrancar de cuajo los problemas de credibilidad de la deuda pública europea” y así hasta el porrazo definitivo. "Elenita calamidad" seguirá haciendo declaraciones con esa chulería y suficiencia que la caracteriza y que es directamente proporcional a su ignorancia e incapacidad, digna también de figurar en el libro Guinness de los records, del que hablábamos ayer.

              En estos momentos, el socio lúcido es el que ve ya sus barbas, no las del vecino, pelar. Recién estrenada su paternidad, agraviados los gabachos con la humillación de que la hija del "Napoleón del siglo XXI" tenga nombre italiano, Francia empieza a atisbar por dónde podría ir la solución: convertir el fondo de “rescate” en una entidad de crédito que pide prestado al BCE y que luego “represta” al sector bancario: vamos, que ha descubierto la banca pública: el BCE emite billetes se los presta a este fondo (ya veremos si los devuelve y a qué tipo) y con esos billetitos se tapan los agujeritos de la banca: y ya puestos... ¿por qué no se emiten los billetes y se “regalan” a Grecia para que pague sus deudas? Pero, nada no hay manera, Merkel, de momento y hasta que no se vea con el agua al cuello, no cede.

              Y con los pobres griegos ¿qué hacer? Yo creo que habría que fichar a la Kirchner para dirigir el país heleno. Seguro que plantearía un plan A y un plan B: el  plan A consiste en salirse del euro y convertir la deuda al tipo de cambio que les venga bien para poder ir tirando, sin destruir el país. El plan B es convertir toda la deuda en “perpetua”, pagar los intereses y, ya veremos, si, en el futuro, por sorteo vamos amortizando el capital. Y, así, poniendo los cojones encima de la mesa, como suele hacer Cristina, ver cómo se arrugan los funcionarios de Bruselas y sus adláteres, los politiquillos de esta funesta Europa.

lunes, 24 de octubre de 2011

Trilogía: crepúsculo

            Los tres posts que siguen, son, efectivamente, una trilogía, para los tres días más complicados para el euro  la Unión europea. Éste es el primero:


                 Bond, mi nombre es Bond, Euro-Bond. Aparentemente soy la solución a todos los problemas de la Unión Europea y de la Moneda Única. Políticos de todos los Estados abogan por mi creación... ¡ignorantes!, no saben que en realidad ya hace casi una década de mi existencia.

              Efectivamente, los eurobonos, para sorpresa de todos ya existen. Yo, por ejemplo, en mi cartera siempre llevo algunos: azules la mayoría, alguno amarillo... pero creo que los hay de otros colores y denominaciones más altas: de 100, de 200, de 500...

                No cabe duda, los billetes, nuestros euros, son en realidad auténticos eurobonos. Al menos eso es lo que se decía, en los buenos tiempos, para justificar la existencia de dinero negro: los billetes de 500 euros que se guardan en las cajas fuertes de los chalets de los “Morenos y Touses” de turno, son deuda pública a interés cero, nos decían los Guindos y compañía: encima había que dar las gracias a los defraudadores, por apoyar, de forma tan desinteresada, la economía de este país.

                Pues eso, el “eurobono” ya está creado: sólo falta ponerlo a trabajar. El problema es que el BCE se niega, parapetado en su pretendida finalidad de servir como instrumento de estabilidad de precios “manque” se muera el enfermo, a utilizarlos. Y es una pena porque la Reserva Federal, muy a su pesar, lleva emitiendo dólares a todo trapo desde hace una temporada, impasible ante la bandada de agoreros neoliberales (alguno lector de este blog) que amenazaban día sí día también con la temida “hiperinflación”. Es lo que hace tener un jefe único, aunque sea negro y de derechas, en lugar de una orquesta desafinada de  jefecillos “rostrospálidos” europeos.

              Queda alguna esperanza, ahora que el nefasto Trichet se retira: es de prever que, con un italiano al frente, y, cuando no quede más remedio, por fin, decidamos poner en marcha la máquina de hacer dinero. ¡Qué gran paso habremos dado cuándo se ponga en funcionamiento! Tendremos resueltos todos nuestros males financieros (de los otros igual no hay cura).

           Si no, me temo que tendremos que recurrir a otro agente secreto: Blond, mi nombre es Blond, Juan Carlos Blond... (la rubia de toda la vida, vamos).

lunes, 3 de mayo de 2010

El señor de los anillos

          Conviene reparar la atención en un aspecto que Miguel Boyer destaca en su excelente (por desacostumbrado) artículo publicado el pasado viernes en el Diario El País (Ganar dinero apostando por el desastre). ¿A quién beneficia realmente el euro?

          Una moneda para someterlos a todos: con la moneda única Alemania elimina a todos los competidores de la eurozona. Si antes, para competir con los germanos a los demás países (especialmente los sureños) sólo nos quedaba el recurso de devaluar nuestra moneda, ahora ni eso. Simplemente no podemos competir con ellos, y se acabó. En segundo lugar un euro concebido como un “marco solidario” (es la terminología que emplea Boyer en ese artículo), tampoco convenía a Alemania, pues era moneda demasiado fuerte. En su lugar, prefiere una moneda relativamente más débil, el euro actual, que le permita competir contra Estados Unidos, una moneda, en definitiva, algo más débil que el dólar. De nuevo la impostura del fuerte: niega a los países menos avanzados la misma medicina con la que él se fortaleza.
              El colmo de la hipocresía germana se advierte en su trato a los griegos, humillándolos y haciéndoles mendigar una ayuda por el excesivo déficit de su balanza fiscal, a sabiendas que el deterioro de Grecia supone el debilitamiento del euro, lo que les permitirá vender sus coches y lavadoras más baratas en el resto del mundo. Y esta vez sin miedo a que nadie les bombardee Berlín.

domingo, 2 de mayo de 2010

Griego. Completo. También domicilios y IV.

         En este lado del “ring” están los personajes descritos en los posts anteriores: el apestoso jugador del casino del primer post, el acreedor del segundo post, y el economista-ideólogo del tercero. En el otro lado del cuadrilátero el resto de los mortales, poderes públicos incluidos, aunque a éstos conviene no darles la espalda porque no está muy claro el bando al que sirven.

         Cada uno de los tres mosqueteros del capitalismo tienen, además, superpoderes. El jugador de fortuna, como hemos visto, es capaz de movilizar gran cantidad de recursos con muy poco dinero en mano, mediante el truco llamado “apalancamiento financiero”: con 100 puede hacer que parezca que va a mover 100.000 o 100 millones y con poco más puede aparentar mover una cantidad superior a varias veces el PIB mundial, por lo que el tamaño de la presa no importa: podría tragarse a los Estados Unidos sin pestañear. Vamos, que despliega una fuerza irresistible. Hasta ahora había practicado en el gimnasio en operaciones contra “monedas” (contra la libra, contra el peso mejicano, contra las monedas asiáticas) y siempre le ha salido bien. Ahora prueba con deuda pública, aprovechando la falta de solidaridad entre Estados de la Unión Europea, que hace que la moneda sea única pero los instrumentos de financiación pública sean tantos como Estados miembros y que unos Estados -Dios nos libre- NO garanticen las emisiones de otros (o todos a todos, de forma solidaria) de la misma manera que el padre avala el préstamo que el banco hace a su hijo (esta solidaridad familiar jamás la veremos en la Unión Europea). Sabe que si hace una apuesta, por ejemplo, por la caída del valor de la deuda de un país, o por la subida, o por la bajada de tipos, o por la subida, o por el riesgo de solvencia o del de insolvencia, o por el color de ojos de las nuevas emisiones... por lo que sea siempre habrá un juego de azar disponible, lo que se llama un “instrumento de cobertura”, que le permitirá ganar si acierta en su apuesta. Que la apuesta sea por una predicción “buena” o “mala” al jugador le da igual, no es obligatorio jugar a rojo, se puede jugar a negro, o a par, o a impar, pasa, queda... eso da lo mismo. Jugará a lo que sea más rentable y, como es jugador de ventaja, apostará con cartas marcadas, o en la ruleta donde ha puesto un freno en la rueda. Para ello será capaz de corromper agencias de valoración, gobiernos, entidades de crédito, jugará con dinero propio o ajeno... Hará lo que sea con tal de ganar.
           El acreedor insaciable viene de lamerse sus heridas. Sabe, porque lo sufrió, que pese a tener todo el derecho a su favor, ha perdido batallas con los deudores debido a un factor que al principio despreció: la inflación. Comprobó que gracias a ella su dinero cada vez valía menos y que el deudor, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo, podía devolver más fácilmente el préstamo porque la misma cantidad en términos absolutos, significaba para él menos, dado que, incluso, le habían subido el sueldo en la misma o parecida proporción en la que los precios habían subido. No ganaba poder adquisitivo, pero sí veía que el importe del préstamo que debía se iba haciendo “algo chiquitito, algo pequeñito” frente al resto de sus ingresos y gastos, y eso, de alguna manera, le regocijaba, con la misma rabia con la que el acreedor veía que entre sus activos, el préstamo que había otorgado a ese degenerado también se hacía más chiquitito (sobretodo si lo comparaba con sus activos inmuebles).
             Como esto no podía ser, compró a las autoridades monetarias de todos los países que, de plano, se comprometieron a cumplir un primer mandamiento que, a la postre, sería, el único mandamiento de los bancos centrales: controlar la inflación. Pero como nada es gratis en esta vida, los acreedores tuvieron que tragar con una política de tipos más bajos, así que “lo servido por lo comido” (casi).
            Se presentan ahora a la batalla con ganas de revancha y tienen dos razones para ello. Por un lado ven al alcance de la mano su “paraíso de la deflación”, un escenario en el que el dinero cada día que pasa vale más, porque se pueden comprar más cosas con él y, paralelamente, las deudas se hacen mayores: con cada pago que en el futuro me haga el deudor -piensa- podré comprar más cosas. Ya no es sólo el interés lo que enriquece a este parásito, ahora viene también en su ayuda, la tasa de deflación.
              Pero como es hombre de natural desconfiado, sigue añorando la época del “crowding out” financiero en la que los deudores venían corriendo a la puerta de su mansión, se peleaban unos con otros (demandantes públicos contra privados) y, al final, concedía el préstamo al que ofrecía un tipo más alto. Ahora tiene que ir a buscarlos casa por casa, intentando colocar su dinero: éste no puede porque no tiene necesidad de ampliar el negocio, ése está con el agua al cuello, de aquél no se fía porque cree que no se lo va a devolver... Un calvario. Quizá sólo le quede la opción de prestar a los Estados, pero para hacerlo a un buen tipo necesita que estén verdaderamente necesitados: en principio el mejor cliente es el que ya está casi ahogado y necesita el crédito para salir un poco a flote, al menos poder sacar la nariz del agua. Hay países, como el Reino Unido tremendamente endeudados, pero no son buenos clientes porque su deuda tiene un vencimiento a muy largo plazo. Son mejores los países con vencimientos a corto, no porque estén muy o poco endeudados, sino porque necesitan el dinero ahora: solo es cuestión de agobiarlos hasta que firmen al tipo que sea.
           El tercer superhéroe, el economista-ideólogo, es el más peligroso, pues de los clásicos sabemos que el peor enemigo, por imprevisible, es el más tonto. Actúa “en representación de”, es decir “en nombre y por cuenta de otro”, del capitalista, sin apellidos. Es monotemático: su única obsesión es recortar el tamaño del Estado y, en concreto, por lo que vimos en el post anterior, el Estado de Bienestar. Busca un equilibrio a la baja, aspira a jibarizar la economía: prefiere un motor pequeño, el de una vespino, que gaste poco, aún a costa de que sólo pueda llevar a una persona y una pizza, frente a un motor más grande, como el de un camión, que pueda cargar con toneladas de mercancías, aún cuando hoy, todavía no haya pedidos tan grandes. Ignora, o maliciosamente oculta, que con eso lastra la economía “para siempre jamás, amén” pues cercenando prestaciones sociales, sanidad y escuela, conseguiremos una masa de trabajadores degradados física y moralmente, ignorantes y enfermos que serán la mano de obra de lo que queramos hacer en el futuro. Pero a él esto le da igual, pues sus amos (y él, si le hacen el favor) estudian en el “Icade” y se curan en la “Ruber”; y no necesitan policía porque a la puerta de su urbanización hay un “segurata” con una metralleta. La calle luce muy bonita en Navidad en el barrio de Salamanca, sobretodo si la miras a través de los cristales tintados del Porsche Cayenne. Y esta es la gente que susurran a nuestros gobernantes lo que tienen que hacer, o directamente se lo ponen por escrito (Salir del Estupor) para que no se equivoquen en los deberes. Y los gobernantes, a los que nosotros hemos votado, les escuchan, les hacen caso, porque, de no hacérselo, de seguir los dictados de la voluntad popular, continuará el bombardeo financiero hasta exterminar gobierno, partido y país.
             En la otra esquina del “ring”, decía al principio, están los demás mortales. Esperando a recibir el siguiente palo, entretenidos, mientras tanto entre la Esteban, de Juana Chaos, el velo, el estatut... o sus equivalentes griegos, europeos o mundiales. No sé lo que pasará en los próximos meses, pero temo que el caso griego se contagie a otros países, porque, como he explicado, es una estrategia global de supervivencia del capitalismo financiero desquiciado. Si tuviera que hacer de pitoniso, diría que “me huele” a que se está preparando una burbuja con la deuda pública, (burbuja en la deuda pública) algo que niegan importantes economistas, quizá con razón. Pero creo que la deuda pública y sus derivados se están colocando, o se colocarán en los próximos meses, a unos tipos interesantes (sobretodo la de ciertos países y más todavía si se entra en deflación, algo que evitan, de momento los productos energéticos), lo que derivará en una vorágine de productos financieros exóticos que se venderán y revenderán mil veces por todo el planeta, hasta que el globo vuelva a pincharse, dentro de unos años.
            Es sólo una impresión. De momento mi asesor personal de Banif todavía no me ha llamado para ofrecerme un estructurado referenciado a la deuda griega, a la portuguesa o a la española. Cuando me llame ya os lo contaré. ¡ring, ring, ring! Perdonad, me llaman al móvil. Es del banco. Lo siento, tengo que dejaros.

sábado, 1 de mayo de 2010

Griego. Completo. También domicilios III

         Falta criminalizar al deudor, y de eso se encarga la superestructura ideológica. El capitalismo predica austeridad, ahorro, esfuerzo. Bajo ese principio sólo está justificado el endeudamiento por un “buen fin”: ampliar el negocio. En el ámbito público es el principio presupuestario económico clásico conocido como “principio de autoliquidación de la deuda” (que, por cierto, cayó en el test del segundo parcial de la asignatura): el Estado sólo debe endeudarse para financiar inversiones que le sean rentables en el futuro. En el ámbito particular nos tragamos, a regañadientes, el endeudamiento para la compra de bienes de consumo duradero y sólo admitimos bastante convencidos la adquisición de vivienda con hipoteca, entre otras cosas porque estamos pensando que un inmueble, con el tiempo, aumenta de valor, con lo que endeudarse por una vivienda es, en el fondo, una operación de ahorro (me endeudo hoy por 100, para tener el día de mañana un bien libre de cargas que valdrá 200).

          Fuera de esto, el recurso al endeudamiento es algo de depravados: de gente que no sabe ajustar sus gastos a sus ingresos, que dilapida sus rentas (probablemente asociado a una debilidad o “pecado” como la adicción a las drogas, la ludopatía o el alcoholismo) o que vive por encima de sus posibilidades (incumpliendo así el dicho castellano de “así es la cuerda, así se estira”). El aparato ideológico afirma que mientras que el prestamista es un honrado profesional, laborioso, que se gana la vida mediante una hábil combinación de audacia (es un emprendedor) e inteligencia (domina la matemática financiera) el prestatario (o deudor) es un ser vicioso y consentido, que necesita de ese dinero para seguir manteniendo su desordenada vida. Si se ocupara de ordenar su casa y reducir gastos no tendría que verse obligado a ir mendigando un dinero que sabe que no es suyo y que tendrá que devolver en el futuro, y si no tiene para ello, deberá hacerlo incluso con una libra de su carne (*), se desangre o no con ello. Y, sin embargo, ¡que ironía!: no pueden existir el uno sin el otro, ni el otro sin el uno y sólo habrá solución cuando se superen prestamista y prestatario, mediante la abolición de los préstamos.. Pura dialéctica hegeliano-marxista.
            El aparato ideológico dominante se olvida, por supuesto, que parte de ese endeudamiento de la clase trabajadora procede de la necesidad de mantener un determinado nivel de vida que no puede ser alcanzado por un aumento real de sus rentas del trabajo, porque, precisamente al capitalista no le ha dado la gana de mejorar el nivel de las rentas salariales (a costa de sus beneficios) en el último siglo, ni los poderes públicos han estado interesados en redistribuir la riqueza compensando la molicie del capitalista. Pero eso sí, con dinero propio o de prestado hemos seguido consumiendo sus productos: ¡qué conste!
            No hay diferencias ideológicas entre el maltrato y la vejación al deudor sea público o privado. Si es público habrá que examinar por qué ha sido tan derrochador que ahora se ve sin un duro, teniendo que vivir  de prestado. La causa la aprecia hasta un niño de primaria, pero no un economista "al uso": si la economía doméstica se descompensa porque han despedido a su padre,  el niño sabe que la causa del desequilibrio entre ingresos y gastos no es porque en su familia se derroche sino porque ha dejado de entrar un sueldo en casa. Si hay crisis, el déficit fiscal se produce en su mayor parte por la caída de ingresos y, en mucha menor medida por el aumento de gastos (que, no obstante, algo aumentarán por el pago de prestaciones como la del desempleo): el caso de España es paradigmático en este sentido. El niño se preocuparía si, en el futuro estos ingresos no se recuperaran, si su padre no volviera a encontrar trabajo; el economista, sin embargo, aprovecha el “momentum” y plantea una reforma del Estado basada en el recorte de gastos, pero un recorte selectivo, que evita tocar aquellos gastos que son ingresos para sus representados: básicamente los bienes y servicios que venden sus clientes a las Administraciones Públicas, las inversiones que realizan para el Estado y las subvenciones percibidas por sus representados con cargo a fondos públicos. Todo lo demás es negociable y ¡ay! recortable: prestaciones a familias, sueldos de funcionarios, educación y sanidad producida directamente por el Estado...
          Y, a partir de aquí empieza la batalla.

          (*) Ese hubiera sido hoy el fallo del Tribunal de Venecia.

viernes, 30 de abril de 2010

Griego. Completo. También domicilios II

         Visto el post anterior, como resultado del “juego de mesa” (Disidencia, letra de "Pasen y vean") llamado capitalismo financiero, el mundo se divide en acreedores y deudores. Mientras que el bando de los acreedores es más o menos homogéneo (son los que tienen el capital financiero y lo han “invertido”) el grupo de los deudores es heterogéneo: aquí tenemos a los endeudados por el juego, a los que han tenido que pedir prestado para poder vivir, a los que han comprado un piso con hipoteca, y también, como no, a los gobiernos que hoy tienen más gastos que ingresos y que no les alcanza, con esos ingresos, para cubrir sus compromisos. Une al grupo de los deudores el haber tenido en su momento una necesidad (más o menos censurable) que no han podido atender con sus propios recursos y que, consciente o inconscientemente, han tenido que endeudarse.

           Endeudarse no es gratis. Históricamente, en teoría lo era, porque las religiones cristiana y musulmana prohibían lucrarse prestando dinero y consideraban indigna la profesión de prestamista, que entonces se llamaba usurero, con independencia del interés al que prestara el dinero. En la práctica, como sucedía con la prostitución, la usura existía, sólo que estaba confinada a un sector religiosa, étnica y socialmente apartado de la sociedad: los judíos.
          La reforma religiosa europea introduce un cambio de planteamiento que era necesario para poder entrar, de pleno en el capitalismo: la admisión del préstamo con interés. En realidad las cosas suceden al revés, al igual que por el calor y la presión el agua brota con fuerza de los geissers, la fuerzas económicas en desarrollo, encorsetadas por el modelo religioso, acaban rompiendo ese corsé y exigiendo otro más cómodo. En poco tiempo a la Iglesia Católica, tan puntillosa con la reforma en el mantenimiento del rito, no le hace, en cambio, ascos al nuevo culto al interés, y también se sube al carro, eso sí, al igual que todos, recomendando moderación en el tipo y magnanimidad en el prestamista.
          La traslación jurídica de esta realidad tardará tiempo todavía en producirse. Se requiere reconocer el contrato de préstamo y establecer los derechos y obligaciones de cada parte. Todavía el código civil napoleónico es tibio en estos aspectos, lo que hace que nuestro actual Código Civil, que es ya bastante más que centenario, no atienda prácticamente a este tipo de negocios: se habla de cesión de bienes “fungibles”, de los que se debe devolver igual cantidad, una teoría general sobre a quién pertenecen los “frutos”, pero no se sabe muy bien si se está hablando de dinero, de peras o de aceite. Estas cosas se reservan a la legislación mercantil, una legislación “más sucia” destinada a comerciantes, ladrones y gente poca fe. Hoy en día, resulta curioso explicar, en una Facultad de Derecho cómo los economistas y banqueros calculan el interés (y el descuento) mediante la fórmula del interés compuesto, mientras que, en el mundo jurídico (civil, pero también administrativo y tributario), el único interés previsto es el interés simple, y más divertido es saber que el palabro con el que en Derecho se llama al interés compuesto es “anatocismo”. Todo lo demás, cae en la categoría de los “contratos innominados”.
          Más interesante es saber cómo ha evolucionado la superestructura jurídica en materia de derechos y obligaciones para adaptarse al capitalismo financiero. Atrás quedan los tiempos en los que, como en “el Mercader de Venecia” el prestamista profesional es caneado en los Tribunales de Justicia con razón o sin ella. El modelo económico actual requiere una escrupulosa delimitación de derechos y obligaciones de las partes y sobretodo tiene que definir quién manda en la relación. Y como no podría ser de otra manera, “the winner is”... el acreedor.
             Los primeros tiempos siempre son tiempos de excesos: la prisión por deudas, todavía benévola frente al romano descuartizamiento o esclavización “trans tiberim” del deudor incumplidor. Una vez que la cosa se asienta, el acreedor, la parte fuerte, se consolida en la garantía de sus derechos (empezando por el más controvertido, el del cobro del interés) protegiéndose frente al moroso mediante exigencias de pago puntual, acciones ante los Tribunales, reintegros de gastos y costas, vencimiento anticipado del resto de sus obligaciones, rescisión de determinadas ventas hechas... Y otorgando al deudor un único derecho: el de resignarse. Ni siquiera los procesos concursales (en los que el deudor pide “tiempo muerto”, o un perdón parcial) están pensados en beneficio del que debe y no puede pagar, sino en el principio histórico de no matar la gallina de los huevos de oro o, por lo menos, no hacerlo hasta que no entre en la menopausia(*).
              Este es el escenario jurídico económico en el que nos movemos: un acreedor poderoso, con todos los medios de su parte y un deudor sumiso, al que sólo queda aceptar la que se le viene encima. El acreedor puede decidir no sólo si quiere o no prestar su dinero, sino también a quién quiere prestárselo y a qué tipo. Y una vez firmado el contrato sabe que todo el Derecho le ampara(**). Y como quiera que la gente se endeuda por necesidad y no por vicio (todo lo más por estupidez), los deudores tendrán que aguantarse y pasar por el aro, sean individuos que quieran tener una vivienda, sean Estados que necesiten mantener sus estructuras. Por si fuera poco y al igual que sucede entre la dialéctica capital-trabajo, mientras que un capitalista puede vivir un tiempo sin necesidad del obrero (viviendo de lo que tiene acumulado), un obrero no puede vivir sin “su” capitalista, porque se muere de hambre; al igual, digo, mientras que el poseedor de un capital financiero puede sobrevivir sin prestárselo a nadie, el necesitado de un préstamo que precisa para vivir, no podrá permanecer mucho tiempo sin que alguien se lo conceda, sea en las condiciones que sea.



         (*) En mi opinión las leyes concursales están inspiradas en las conductas antiguas de los salteadores de caminos: mataban a los viajeros para luego robarles, de forma que no pudieran delatarlos. Se dieron cuenta que la clientela bajaba (básicamente porque no repetían), por lo que decidieron simplemente robar y dejarlos con vida, sabiendo que así tendrían ocasión de desplumarlos más veces. Las leyes concursales tratan también de salvaguardar la vida del concursado, para poder seguir disfutando de su zumo más veces.



        (**) La consideración de un contrato como “leonino” por los tribunales de justicia es de una rareza estadística similar a la de encontrarse un billete de 500 euros en el suelo, en medio de la Gran Vía.

jueves, 29 de abril de 2010

Griego. Completo. También domicilios I

          Una aproximación a las causas y consecuencias futuras de la convulsión en los mercados de deuda puede explicarse, de forma irónica, como hice en el post huevos de oro , pero también puede hacerse de una forma más técnica (y más pesada), como me propongo realizar ahora, aunque ello suponga utilizar más de un post, con el objeto de no aturdir al personal. Análisis más ligeros, desacreditaciones o alabanzas a Zapatero, a Merkel, a S&P, a Grecia, a la UE... podéis encontrarlos fácilmente en otros blogs. En idioma gili-bursátil, diré que les dejo a ellos el “análisis técnico” y yo voy por el “análisis fundamental”.

          El primero de la serie, éste, se centra en las causas originarias de todos estos problemas: el análisis de la infraestructura económica. Los siguientes se centrarán en dos superestructuras relevantes al caso: la jurídica y la ideológica. Por último veremos las consecuencias que tales estructuras y relaciones producen. Prometo ser lo más ameno posible, pero no garantizo nada.
            En época precapitalista, el dinero servía como instrumento para facilitar el intercambio de bienes. El fabricante de levitas (*) acudía al mercado, vendía una levita y con el importe obtenido compraba una biblia. El vendedor de biblias vendía un ejemplar al sastre y con el dinero obtenido compraba una botella de aguardiente. La ventaja de utilizar el dinero en lugar del trueque es obvia: facilita los intercambios exactos de bienes que no tienen el mismo precio (restando o suplementando la cantidad de dinero correspondiente) y además permite diferir compras y ventas al momento preciso, sin tener que cargar con las mercancías a todas partes y sin miedo a perder las perecederas. Es la conocida ecuación M-D-M en la que el dinero (una clase especial de mercancía) es un “puente de paso” entre una mercancía (la que produzco) y otra mercancía (la que necesito): en el ejemplo, la mercancía que produzco es la levita y la que necesito es la biblia para calmar mi sed espiritual. A su vez el vendedor de biblias vende lo que produce (biblias) y compra lo que necesita para calmar su sed espiritual (el aguardiente). El incipiente capital de entonces buscaba producir bienes para venderlos en los mercados y obtener así los beneficios. Parte de esa producción era agrícola en cuyo caso el capital empleado eran las tierras.
          El capitalismo supone un paso cualitativo: el dinero y su dueño acuden al mercado para incrementar su cantidad, para reproducirse y tener crías: el capitalista compra mercancías, por ejemplo levitas, esperando venderlas, posteriormente a un precio mayor, cuando llegue el invierno. Igualmente otro capitalista acude al mercado para comprar biblias, esperando venderlas a mejor precio, cuando llegue el momento vaticinado por mi hermano en su blog (colapso). La ecuación es ahora D-M-D, o como dice una estrofa de una canción del grupo radical “Disidencia”: “lo que ahora se compra/ para más tarde vender”. Tampoco tuvieron que descabezarse mucho los capitalistas porque esta es la base del comercio desde tiempo de los fenicios, por lo menos en lo que se refiere a vender mercancías “en otros sitios”. El proceso de acumularlas para venderlas más tarde, cuando haya escasez de ellas, es también antiguo, y, obviamente, es la génesis de la especulación.
           Pero el capital, siempre pendiente de obtener su máxima rentabilidad, considera que lo de ir al mercado a comprar es bastante sucio, lento y enojoso, por lo que desarrolla fórmulas alternativas para conseguir los mismos efectos sin “mancharse”. A su alcance tiene la tradicional “industria de la usura” (el préstamo con interés), estigmatizada en tiempos precapitalistas, ahora sacramentada con tres o cuatro hisopazos de todas las iglesias cristianas. De esta manera se presta a alguien un capital (normalmente numerario) y se espera sentado a que te lo devuelva con el correspondiente añadido derivado del interés pactado: limpio y cómodo.
          En un estadio más evolucionado el capitalismo descubre también las bondades de las compras y ventas a futuro, con las que ya no se hace preciso tener que comprar o vender físicamente las mercancías: basta con decir que las vas a comprar dentro de tres meses a un precio determinado (100) y decir que las vas a vender a otro precio superior (110) ese mismo día o poco despues. Siempre debes encontrar a otra persona que coincida contigo a la inversa (que quiera vender dentro de tres meses esas mercancías a 100 y comprarlas a 110). Como no hay nadie tan tonto para ello (aunque se me ocurren varios candidatos a la vista del ebay) lo normal será acudir a personas distintas que sí tengan interés en hacer, cada una, una parte del trato (posiblemente porque, a su vez, esperan obtener beneficios con otras contrapartes) De esta manera consigo el D-M-D sin tener que andar moviendo carros y carretas, tranquilamente desde casa. Sigue estando el fastidioso problema de tener que “soltar la pasta” aunque, enseguida me doy cuenta de que realmente no me hace falta tener todo el precio de las mercancías. De hecho no tengo porque tener dinero: llegado el momento basta con llegar al vendedor, decir “dame las mercancías, espera un momento, te dejo a mi hijo en prenda, es sólo un momento”, salir zumbando hasta el puesto del comprador, venderle las mercancías, cobrar, volver a la primera tienda, pagar la cuenta, recuperar al hijo, subirnos a la “fregoneta” y asunto concluido. En el bolso los 10 (millones de) euros de beneficios.
          El problema es que, de camino para hacer el “bisnes” el crío repara en que esa misma mercancía con la que voy a jugar, se vende en plaza por 80. De saber eso no hubiera firmado una obligación de compra a 100, hubiera esperado al día, hubiera comprado la mercancía a 80, hubiera ido al comprador con esa mercancía, y se la hubiera colocado a 110 quiera que no (ese pacto sí lo habría firmado). Otro día me pasará que esa mercancía, llegado el momento, tiene compradores a 150, pero que yo, por haber firmado la obligación de vendérsela a ese “pájaro” a 110, me veo imposibilitado de venderla a otro cliente, que me la hubiera pagado a un precio mayor.
          Como perdiendo se va aprendiendo en los siguientes contratos pondré una claúsula que diga “las compraré (o las venderé), si me da la gana”, es decir, me reservo la opción de hacerlo o no, en función de como vea el mercado ese día. Asistimos al nacimiento de las opciones. Esta claúsula añadida no es gratis, tiene un pequeño coste. Con el tiempo me daré cuenta de que mejor que andar con la furgoneta y con mi hijo en prenda de acá para allá, es mejor endosar los contratos al vendedor y al comprador y que entre ellos se apañen, previo pago, eso sí, de mi margen correspondiente.
           La ventaja de estos dos sistemas (futuros y opciones) solos o combinados es que, aparte de no requerir almacenes ni camionetas, tampoco requiere dinero, o al menos, grandes cantidades (recuerdo la existencia de la prima de las opciones y futuros), con lo que yo puedo apostar “a lo grande” con tal de cubrir las primas o dicho de otro modo puedo “traficar con talegos, pagando sólo el precio de las posturas” (y me autocensuro la explicación de la frase, cada uno que entienda lo que quiera). Tampoco es nuevo el producto: futuros y opciones tuvieron su origen como forma de asegurar la venta y compra de las cosechas, permitiendo, incluso anticipar el importe de las mismas para que el agricultor pudiera comprar semillas, abonos, aperos... que sólo podría pagar cuando recogiera los frutos. La habilidad del capitalismo no está en la invención, sino en la perversión: es capaz de “reciclar” cualquier instrumento y convertirlo en la antítesis de lo que debería ser: probad a darles la batería de un coche y te devolverán una picana (esta vez casi me autocensuro).
          ¡Bienvenidos al capitalismo financiero!

          Como el capital, igual que la grasa en los michelines, tiende a acumularse de forma indeseada y como la avidez del capitalista no tiene límites, cada vez se apuestan cantidades mayores, se utilizan como “subyacente” cualquier clase de mercancía (incluso acciones, bonos, deuda pública...) y se amplía el número de juegos disponibles, con sus correspondientes reglas y premios, todo ello encaminado a tratar de obtener una mayor tasa de rentabilidad. Y todo ello en este casino global, pomposamente llamado “mercados financieros”. Y al igual que en los otros casinos, los personajes que por allí pululan habitualmente, corresponden a lo menos recomendable de la sociedad. Eso sí, tienen dinero y, lo que es peor, capacidad de influencia sobre nuestras vidas.
           Mientras apuran en un último trago su vaso de whisky, babeando la punta de sus pestilentes habanos, bien sea en asépticas salas decoradas con suelos de marmol, fuentecillas y jardines zen, bien sea en sucios tugurios de densa atmósfera formada a partes iguales por tabaco, sobaquina y olor a pies (estos tipos frecuentan tanto unos garitos como otros), deciden qué país debe caer y cuántos tienen que morir, pasar hambre, quedarse sin pensiones, sin sanidad o sin escuela, para llevarse el bote con su póquer de damas, o su escalera de color (negro).



          (*) Con esta explicación ahorro a los lectores acudir a El Capital, al que alguno de ellos jamás se acercará, debido a nosequé prejuicios. El ejemplo (levitas, biblias, aguardiente) es el mismo para que sirva de barniz cultural, (cultura “trivial pursuit”) a ese tipo de lectores.

lunes, 12 de abril de 2010

Huevos de oro

Como no sabía dónde invertir mi enorme fortuna, tuve que recurrir, una vez más, a mi asesor personal.
- Lo que ahora se lleva es invertir en granjas.
- ¿En granjas?- pregunté yo, con gran incredulidad.
- Sí, en granjas. De cerdos, concretamente. Pero no en cerdos con jamones. No, en esos no. Se lleva invertir en esos países que los anglosajones llaman, con su fino humor, P.I.G.S: Portugal, Italy, Greece and, finally, Spain.
- ¡Ah! ya. Lo que antes era el Club Med.
- Sí. Pero es que ese apodo era poco insultante. Les sienta mejor el de cerdos: después de todo son pueblos que, aparte de haber creado la civilización occidental, no han hecho nada de provecho.
- ¿Y en que consiste ese negocio?
- Te explico. Son países donde la crisis ha diezmado los ingresos de sus presupuestos. Se encuentran, de repente, con un desequilibrio fiscal, un déficit: siguen teniendo gastos, pero dejan de tener ingresos. ¿Me sigues?
- Sigue, sigue...
- Vamos, que les hace falta dinero. Tienen dos opciones para conseguirlo: o se lo cogen al contribuyente que lo tiene, subiendo los impuestos a los más ricos, o lo piden prestado. Lo primero está descartado: de Berlusconi no te digo nada... De los demás, aunque se llaman “socialistas”, ya sabes, en confianza, a tí te lo puedo decir...Son... de los nuestros...
- Vale. Entonces sólo les queda pedir prestado, ¿y?.
- Pues ahí es dónde puedes invertir...
- ¿Renta fija? No sé, los tipos están muy bajos... Poca rentabilidad.
- ¡Ahí está el truco, hombre! Ten en cuenta que el dinero lo tenemos nosotros, y no se lo vamos a prestar a cualquier precio, ¡no, hombre, no! Primero tenemos que hacerles creer que son pura basura, que no valen para nada, que no son de fiar. Así, cuando luego se lo prestemos, será como haciéndoles un favor, y al tipo que nos dé la gana. Es como cuando llegas a casa y le das una hostia a tu mujer... Al cuarto o quinto día ya la está esperando, se cree que se la merece... ¡jo!, ¡si es que lo que no inventemos los capitalistas!
- ¿y si es verdad que no son de fiar y no nos lo devuelven?
- ¡Tonterías! Eso no pasa nunca. ¡Ni Chávez tiene güevos para dejar de pagar la deuda pública! Nadie les volvería a prestar ni un euro... Los gobernantes antes dejan morir a sus ciudadanos que dejar de pagar la deuda. Además, estos países están en el euro y la Unión Europea no puede dejarlos tirados... Y, si todo falla, hay esta el “efeemeiiii”, para prestar en último recurso, para que puedan pagar nuestras inversiones... Lo que te digo: ¡Seguro al cien por cien! Lo de Federico, Recarte, Estapé, Montoro y todos esos es para montar bulla, es lo de la hostia a la parienta que te decía antes...
- pero...
- ¡Déjame, déjame, que ahora viene lo bueno! Como se lo prestamos a altos tipos de interés, la carga financiera de la deuda aumenta, y eso va haciendo aumentar sus gastos de forma que no se van a poder recuperar ni hoy ni nunca, porque no van a poder generar ingresos suficientes que equilibren la balanza de nuevo: recortarán gastos sociales, desmantelarán hospitales y bajarán las pensiones... pero da igual, porque lo que ahorren de allí lo tendrán que pagar de más en intereses y así estarán entrampados eternamente, tendrán que pedir más préstamos y pagar más intereses... ¡Ja, ja, ja!¡Es como un mileurista con una hipoteca a cincuenta años!¡Para troncharse!...
- Entonces... ¡Habéis inventado la gallina de los huevos de oro!.
- Efectivamente. Por eso te decía que el “bisssnessss” que se lleva ahora es el de las granjas: de cerdos y de gallinas. ¿Y sabes que es lo primero que se necesita para tener una gallina de los huevos de oro? Pues eso, tener una gallina ¿y como se hace una gallina? Pues a base de estar asustando todo el día al personal: que si el país se va al carajo, que si con más déficit nos hundimos, que si no hay marcha atrás... así se hace una gallina ¡sí, señor!.
- Vale. Me has convencido: ¡compra deuda pública!: doscientos millones de euros en Portugal y otros doscientos en Grecia... ¡Pero para Zapatero ni un puto euro, que me he enterado que quiere quitarle el emule al crío!