El pensamiento lineal del capitalismo ha impuesto una forma de pensar entre el “ganao”, que, aparte de curiosa, es divertida: si cambiamos una cosa por otra, la segunda tiene que ser mejor (obviamente) y mejor “en todo” (¡ja, ja, ja!).
En los anuncios se nos mete por los ojos este “conceto” a todas horas, que choca una y otra vez con la realidad: en el mundo “de verdad” una cosa es mejor que otra en algunos aspectos, igual en otros y peor en otros más, pero lo que cuenta en un cambio es que “en conjunto” la cosa nueva “es mejor” que la anterior, aunque en algunos aspectos hayamos perdido respecto a lo que teníamos.
El asunto no es baladí pues no sólo implica una mentalidad “multidimensional”, más rica de la que el actual “sistema económico-político-militar” se puede permitir, sino que, de hecho, supone un factor de inmovilismo que si bien en todas partes es malo, en nuestro país es, además, de “juzgado de guardia”: ante cualquier cambio, el conservador/inmovilista disecciona lo nuevo hasta encontrar un aspecto en el que lo antiguo era mejor y, a partir de su descubrimiento desacredita “en globo” la mejora. Y así seguimos aquí como en tiempos de la Reconquista.
Algún lector, de la rama “buenista”, “bambi” o “disney”, sea progresista o conservador, me contestará diciendo que se coja lo mejor de lo antiguo y de lo nuevo: el problema es que el “pack”, como el “güindos siete”, es indivisible...
¡Pobres conservadores! En sus vidas privadas no actúan igual: “los más ligeros de cascos” cambian una por otra continuamente: siempre buscando la que está más buena, aunque la anterior sabía cocinar, la otra fregar y la de más allá lavar y planchar y “la de ahora” no sabe hacer “la o con un canuto”... En fin, ¡miserias de la burguesía! Y, mientras tanto, ¡A abrir los regalos!