Como una conjunción interestelar (o encuentro planerario, que diría Pajín) coincide en el tiempo la celebración del día de la mujer trabajadora (me resisto a calificarlo como "día de la mujer", a secas, para evitar felicitar a Carmen Lomana o a las infantas) con el polémico anuncio de la Unión Europea y el descubrimiento personal del gran filósofo Slavoj Zezic.
El anuncio tiene un mensaje demasiado obvio para ser considerado "subliminal": aparece un guerrero hindú, otro brasileño y un maestro de kung-fu: solo falta un cosaco para tener delante a los verdaderos enemigos de la Unión Europea: los BRIC; quizá por influencias de Schröder, quizá para evitar que Putin nos corte el gas, hemos reducido al enemigo a la condición de un bolígrafo (bic), pero ahí está, sigue presente.
Europa, representada como un conjunto de mujeres (blancas y rubias todas ellas, "estrellitas freixenet"), preocupadas por la lucha contra el machismo más allá de las fronteras europeas. Aquí, ya sabemos, no existe: no luchan contra las cofradías sevillanas de "solo hombres", ni contra los clubs ingleses sólo para "gentlemen", ni contra la Iglesia Católica, ni contra los del desfiles tradicionales de las fiestas de Irún... ¡No! ¡Todo eso ya está superado! Ahora toca meterse con el "extracomunitario", de color de piel distinto y ¡ay! bastante más pobre que nosotros.
Y, en medio de toda esta gilipollez que pretende disfrazar la lucha de clases, en luchas por la igualdad de sexos, razas o religiones, surge Zezic con su ensayo "En defensa de la intolerancia". Con su introducción sobran comentarios:
"La prensa liberal nos
bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra
época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso,
sexista...), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo
consistiría en asumir una posición multicultural.
Pero, ¿es realmente
así? ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia
multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se
nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la
despolitización de la economía?
Esta forma hegemónica
del multiculturalismo se basa en la tesis de que vivimos en un
universo post-ideológico, en el que habríamos superado esos viejos
conflictos entre izquierda y derecha, que tantos problemas causaron,
y en el que las batallas más importantes serían aquellas que se
libran por conseguir el reconocimiento de los diversos estilos de
vida. Pero, ¿y si este multiculturalismo despolitizado fuese
precisamente la ideología del actual capitalismo global?
De ahí que crea
necesario, en nuestros días, suministrar una buena dosis de
intolerancia, aunque sólo sea con el propósito de suscitar
esa pasión política que alimenta la discordia. Quizás ha llegado
el momento de criticar desde la
izquierda esa actitud dominante, ese multiculturalismo, y
apostar por la defensa de una renovada politización de la economía".
Por fin una voz para decir lo que la verdadera izquierda debería haber denunciado hace años: las luchas contra el machismo, el racismo, la religión... son batallas parciales de una lucha global: la lucha de clases; la lucha de los que no tienen nada ("los nada de hoy, todo han de ser") y los que lo tienen todo. Quizá sea tiempo de dejarse de "alianzas neoliberales de civilizaciones" y empezar a repartir hostias, bien dadas y a quién, de verdad, se las merece: que no son, indudablemente, ni los inmigrantes, ni las mujeres, ni los pobres, ni los obreros: son los banqueros, los politicos, los que nos gobiernan...