"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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lunes, 24 de enero de 2011

Up



        La “guoooooooorquin classssss” está dividida, o sea, a ver si me comprendessssss, no sé, a ver, no me refiero a todo ese rollo del proletariado, o como se diga, unido, no no, me refiero a algo más simple, no sé, como más cotidiano... no sé si me entiendessssss.



        A ver, Carmen, déjame que lo explique yo: cuando tú o yo vamos a coger el ascensor y vemos dos botones, uno con una flecha hacia arriba y otro con una flecha hacia abajo, ya sabemos para que sirve cada botón, pero si el que  se dispone a coger el ascensor fuera un extraterrestre no sabría si esos símbolos indican lo que quieren que haga el ascensor o lo que quieres hacer tú. Si el extraterrestre fuera inteligente (es decir, distinto de tí, Carmen) pensaría que esa segunda opción es la única posible porque, en la mayoría de los ascensores (los que no tienen un indicador de la planta en que está detenido, o está tan alto que no se llega a ver bien), no sabemos dónde se encuentra en esos momentos la caja.

           El extraterrestre ignora que la “psique social” cree siempre que el ascensor “está arriba” y baja para recogernos, de ahí que se llame “ascensor”, “elevator”, “lift” y no “descensor” o su equivalente en las lenguas bárbaras, lo que supondría que habría que pulsar la tecla con la flecha hacia abajo si estamos en el portal, la de arriba si estamos en la azotea y, un botón al azar si estamos en un punto intermedio.



          Y aquí entra en juego tu “working class”: Los anglosajones con su “fala” dividen la “working class” en dos grupos: los “blue collars” y los “white collars”, precisamente por el atuendo que llevamos los trabajadores. Puesto que para los parásitos capitalistas y sus lacayos (como tú), no somos más que ganado, de ahí el apropiado nombre de “collar”: es lo que tienen los anglosajones, que son muy sinceros.



          Los “blue collars” no son, como tu crees, los chóferes, sino aquellos que trabajan con lo que nosotros llamamos “mono” y ellos llaman “buzo”, es decir los “obreros industriales”. Los “white collars” no son tampoco los mayordomos, sino los que trabajan enseñando lo que nosotros llamamos “cuello de la camisa” y ellos llaman “oxford”, es decir el “obrero oficinista”(*): pues bien, los primeros sólo ven ascensores de este tipo cuando van al hospital mientras que los segundos están acostumbrados a zascandilear en ellos todo el santo día. Como resultado unos tocan un botón y los otros el otro, y, al final, los dos botones suelen estar encendidos a la vez.



       Y, esto lo añado yo, si en una cosa tan simple ya tenemos perfectamente domada a la masa, ¿como estará de amaestrada en cosas más importantes?








(*) Éste es algo más gilipollas porque no se cree obrero, sino otra cosa: debe ser que la corbata (o la bata o la toga) obstruye el riego sanguíneo del cerebro.

viernes, 22 de octubre de 2010

Perro flaco

          Hoy un “post” no culterano, para contentar a la afición.

          En estos días en que la meteorología nos brinda cambios de temperatura de más de veinte grados en un solo día, las clases trabajadoras, que van temprano a trabajar, se debaten entre el dilema de salir abrigados de casa y volver achicharrados, o salir a “cuerpo gentil” para volver a casa confortablemente.

           Y en esto, los trabajadores se dividen en dos grupos: los “ahorradores” que afrontan un sacrificio presente (pasar frío por la mañana) a cambio de un beneficio futuro (volver cómodamente a casa) y los “derrochadores”, que prefieren un beneficio inmediato (no pasar frío de momento) a costa de un mal futuro (asfixiarse de calor a partir de media mañana). Lo que sí parece claro es que estar a gusto en todo momento es imposible.


            Tenemos así un sencillo ejemplo de toma de decisión “económica” con todos los factores esenciales de este tipo de decisiones: imposibilidad de tenerlo todo, análisis coste-beneficio y, finalmente, elección entre una serie de opciones posibles.


           Hablo de los trabajadores porque, desde luego, este problema no afecta ni al señorito que sale de casa a la una de la tarde a tomar el “vermú”, ni al que pasa del coche oficial / coche de empresa a la moqueta del Ministerio / sede del Consejo de Administración. Este último sólo conoce una temperatura, lo que le permite zascandilear de un lado a otro sin andar pendiente de las prendas de abrigo (como no sea para una inauguración).

            Y así, el trabajador, a cuenta de tanta subida y bajada de temperaturas, tanto abrigarse y desabrigarse, agarra toda clase de catarros, constipados y gripes, que suponen pérdida de días de trabajo, lo que, tras la reforma laboral, se convierte en causa de despido. No, si ya lo cantaban los clásicos: “Pobrecito 'del' obrero. / Que no tiene ni p'al sombrero”.