Siempre me ha llamado la atención ese defecto visual que tiene el paisano ibérico que le permite ver, con ojo de lince, las diferencias entre un madrileño y un catalán o entre un gallego y un murciano.
Y, sin embargo, cuando traspasa nuestras fronteras, todo se vuelve una mancha borrosa, mancha que se hace más borrosa cuánto más lejos está la sociedad que quiere examinar: le da igual un peruano que un colombiano, un uruguayo que un mejicano... todos son, simplemente, sudamericanos, hispanoamericanos, latinos, “sudacas”, dependiendo del número de neuronas vivas que le queden al que pronuncia esos epítetos (de más a menos como enseguida se ve).
De los chinos para qué hablar: cualquiera con los ojos rasgados (incluyendo a Beatriz Montañez) pasa a ocupar esa categoría, para a continuación decir que “a mí me parecen todos iguales”. Con todo, lo del “mundo árabe” es lo más espectacular: pues aquí se mezcla lo moro, lo árabe, lo islámico, lo suní y lo chii... en una amalgama que supone ver a unos tíos en camello, con turbante y casado con mil mujeres: árabe e islámico (incluso islamista) son sinónimos, y nos sirven para identificar desde los mauritanos hasta los indonesios, sin problema. Este caso, como digo, es más espectacular, porque, aparte de que son los que geográficamente tenemos más cerca, además somos familia, ¿lejana?, pero familia: vale, comemos cerdo y nuestras mujeres no llevan velo: pero cuando salimos en pandilla, ellas nos siguen unos pasos más atrás, hablando de sus cosas (colegios y niños), mientras nosotros vamos delante, hablando de las nuestras (fútbol, trabajo y tías).
En fin, todo esto es una variante de la miopía: lo cercano lo vemos bien, lo lejano difuso. Lo peor es cuando, en algunos ámbitos se produce presbicia: vamos, que vemos la paja en el ojo ajeno, pero no vemos la viga en el propio.
Ayer vi varios ejemplos en el mundo periodístico “serio”: con frecuencia critican a la “princesa del pueblo” y su corte por hablar de lo que no saben (el euribor, las pensiones, la legalización de sortu...) y se olvidan que ellos hacen otro tanto: daba gusto oír a los tertulianos hablar de placas tectónicas, movimientos telúricos... en vez de los recurrentes temas del “cretinismo parlamentario” a que nos tienen habituados: se conoce que aprendieron sismología en un par de tardes.