"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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miércoles, 18 de abril de 2012

Don't cry for me, Argentina!


      Respecto del “tema”, es decir, de la nacionalización parcial de la empresa REPSOL, por lo que respecta a su filial argentina, YPF, lo primero que me viene a la cabeza, en un blog tan pedante como éste es el término “jingoismo”, que ya he comentado en otros posts: viejo vicio inglés que los españoles hemos copiado porque ya sabemos que un rasgo diferencial de la idiosincrasia de este país es copiar todo lo malo que viene del exterior, y renegar de todos los avances extranjeros. ¡Qué bonito hubiera sido ver el mismo empeño del gobierno español en defensa de los intereses de justicia que exige la familia de Couso que en los intereses económicos de la empresa privada Repsol! Pero se conoce que esa familia no tiene pozos de petroleo.

       Dicho esto, conviene analizar con calma algunas circunstancias que, difícilmente vais a encontrar en otros blogs:

           En primer lugar tenemos las circunstancias jurídicas. La Constitución Española de 1.978, en su artículo 132.2 dice que “son bienes de dominio público estatal los que determine la ley, y, en todo caso, la zona marítima-terrestre, las playas, el mar territorial y los recursos naturales de la zona económica y la plataforma continental”. En esa misma línea el Código Civil indica que es de dominio público tanto el vuelo como el subsuelo de los predios. Así, por ejemplo, cuando un propietario excava un pozo en su finca y obtiene agua, ese agua y ese pozo NO son de su propiedad, sino del Estado. Si quiere aprovecharse de ese agua tendrá que solicitar una autorización para su uso, que se le podrá o no conceder. Otro tanto sucede con las minas, que son también bienes de dominio público que se explotan, en régimen de concesión, por empresas privadas. Es frecuente que la gente de la calle, el común ignore estas cosas y crea que todo lo que está “debajo” de su propiedad, es suyo (por encima tiene más dudas, aunque podría reclamar la propiedad de alguna estrella (aunque sea en multipropiedad), pero lo ve más lejano (y sin beneficio económico de momento).

          Más cosas jurídicas: la constitución también indica, en su artículo 45.2 dice que “Los poderes públicos velarán por la utilización racional de todos los recursos naturales, con el fin de proteger y mejorar la calidad de vida y defender y restaurar el medio ambiente, apoyándose en la indispensable solidaridad colectiva”. Respecto de las expropiaciones el artículo 33 somete el derecho a la propiedad privada a la función social (33.2) y, en el artículo 33.3 dice que “nadie podrá ser privado de sus bienes y derechos sino por causa justificada de utilidad pública o interés social, mediante la correspondiente indemnización y de conformidad con lo dispuesto por las leyes”.

       En definitiva, nuestra Constitución y todas las constituciones de nuestro entorno contienen clausulas que garantizan el poder del Estado sobre los recursos naturales del país y la posibilidad de expropiaciones por utilidad pública o interés social (conceptos jurídicos indeterminados muy amplios). Lo que sucede en el presente caso es que lo que queremos para nosotros no queremos que lo quieran para ellos los países menos desarrollados: es decir, la ley del embudo. Mientras Noruega o el Reino Unido explotan de esta forma los recursos petrolíferos del Mar del Norte sin que nadie diga nada, si los Estados latinoamericanos quisieran aplicar ese modelo jurídico les declararíamos la guerra. Sólo nuestras leyes son las buenas (las de los otros deben ser una especie de “mandados tribales”) y nosotros decretamos lo que es de utilidad pública e interés social para los argentinos. Es una bonita forma de confirmar el punto de vista de los que creemos que el colonialismo no ha terminado.

Atendamos también a los factores económicos. La extracción de petroleo, corresponde a una actividad económica que, en toda tierra universitaria de garbanzos, se denomina “monopolio natural”, concepto del que ya hemos hablado en otros posts. Este tipo de actividades tienen el “pequeño” problema de que requieren tal cantidad de costes fijos (inversiones de mucha cuantía) que no están al alcance de cualquiera, por lo que el mercado no garantiza la competencia perfecta. De hecho el caso de los monopolios naturales es objeto de estudio en cualquier asignatura que trate de la Economía del Sector Público, pues es un caso de fallo de mercado conocido desde Adam Smith (el mismo lo analiza en su libro “La Riqueza de las Naciones”) y que resulta incuestionable para todos, excepto para imbécil de Rallo. Pero, como aquí no estamos para enseñar a imbéciles sino para ilustrar al público en general, baste citar al conservador Rosen, que, en su Manual de Hacienda Pública califica al monopolio natural como la “situación en la que los factores inherentes al proceso productivo conducen a que sea una única empresa la que suministre toda la producción de la industria”. Este autor y todos (salvo el grupito ultramontano de irreductibles antisistema(*)) exponen las soluciones a este problema que van desde las subvenciones, los gravámenes, la regulación hasta la nacionalización. Esta última solución ha desaparecido de los manuales modernos (y del pensamiento único): por ejemplo, el manual de Stiglitz lo comenta, como de pasada, al decir, “Cuando hay un monopolio natural con costes enterrados, existe el riesgo de que el monopolista se aproveche de su posición y cobre un precio elevado. Una manera de resolver este problema es, como hemos visto, la producción estatal”. Enseguida recula, para no salirse (por lo menos en la fecha en la que escribió esto) de la línea ortodoxa de pensamiento, de los que curiosamente dicen no tener línea ortodoxa, por lo que añade “pero cada vez preocupa más que el Estado no gestione bien la producción. En lugar de intentar producir el bien directamente, puede dejar la producción al sector privado, pero regulando los precios para asegurarse de que la empresa no se aprovecha de sus posición monopolística. También puede recurrir a subvenciones para animarla a suministrar servicios que no le resultaría rentable suministrar pero que se consideran socialmente deseables, como los servicios de correos en las zonas rurales”. Hoy día, sin duda, lo más preocupante es cómo gestiona el sector privado estos servicios públicos, pero cuando el autor escribió esto todavía no se había caído del caballo.

            Pues bien, lo que está haciendo Argentina (y Bolivia y Venezuela...) es aplicar una de las posibles soluciones para evitar que el monopolista se “aproveche” de su posición, como dice Stiglitz. En ese sentido económico su actuación es irreprochable. Aún más, lo que están haciendo estos Estados Latinoamericanos es deshacer el erróneo camino de las privatizaciones de los servicios públicos. No hay que olvidar que durante siglos, las empresas de servicios públicos y las de monopolios naturales eran empresas públicas y, todo funcionaba con solvencia y estabilidad. Fue precisamente el proceso privatizador de los ochenta y noventa el que nos arrojó al turbulento mar en el que ahora estamos sumidos. Enhorabuena a los argentinos por reconocer el error y dar marcha atrás. ¡Ojalá pudiéramos seguirlo y volver a tener el control público de Telefónica, Iberia, Enagás, BBVA, Repsol... y tantas y tantas empresas públicas que, en la vorágine del neoliberalismo, regalamos a amigos y compañeros de pupitre!

            Otro factor a considerar es el laboral y tributario. Repsol, como la mayoría de nuestra “multinacionales” dan la espalda a la creación de empleo en el país en el que tienen su sede, o su centro gestor de negocios. Por eso no es sorprendente que cuándo se realizan los análisis de los empleos directos e indirectos (los más importantes) que estas empresas generan en España, el resultado es nimio respecto del que crean fuera de nuestro territorio. En suelo patrio únicamente se emplea a un puñado (apenas dos o tres mil) lacayos de cuello blanco que vivaquean en lo que hoy modernamente se conoce como los “headquarters” de estas compañías destinando la mitad del tiempo al apoyo en la toma de decisiones por las que se aniquilan pueblos enteros “allá en el tercer mundo” y la otra mitad dando por saco en internet, defendiendo a su amo por la cantidad de puestos de trabajo cualificados (debe ser por el uso de corbata) que aquí se crean, como truco para justificar el ser ellos unos de los pocos privilegiados que todavía trabajan en esas compañías.

           Respecto de lo tributario, el excelente artículo de Alberto Garzón describe la cantidad de impuestos que Repsol paga en España. En realidad, estas empresas no pagan impuestos ni aquí, ni allí, ni en ningún sitio: en parte porque aprovechan todos los agujeros habidos y por haber en la red de Convenios internacionales para arrastrar la rentas al territorio de más baja tributación posible, en parte y por lo que se refiere al Impuesto sobre Sociedades Español, por lo que comenté en otro foro: Repsol es una de las empresas que más se aprovechan de la regla “un euro ingresado y un céntimo pagado en impuestos” explicada en dicho artículo.

       “Last, but not least” están los factores productivos y tecnológicos. Para estos recomiendo leer el post de mi hermano sobre el tema. Es indudable que la industria del petroleo está en decadencia y que, como tal decadencia, nadie está dispuesto a soltar un duro si no va a obtener rentabilidad por ello. Es una prueba evidente de lo que Antonio lleva diciendo años: la falta de inversiones, de mejoras, en un sector que ya está muerto. Es normal en el sistema capitalista, donde todo está guiado por su valor económico y por la tasa de retorno económico (TAE) en lugar de, por ejemplo, la de Retorno Energético (TRE)(**), eso sea lo habitual y que Repsol, conociendo lo ruinoso que sería seguir invirtiendo capital en pozos cada vez más secos, prefiera arreglar las máquinas ya existentes con esparadrapo y papel de cello, antes que comprar otras, que es de lo que, inicialmente, le acusaba el Gobierno de Argentina. Es posible, incluso, que Repsol haya preferido librarse de un negocio que lleva camino de ser ruinoso, de la misma forma que intentamos vender el coche en cuanto empieza a dar problemas. En este caso todo sería un montaje, un tongo de plató de Telecinco, para, por un lado, demonizar al enemigo extranjero (al “progre latinoamericano”) y por el otro distraernos de nuestros problemas diarios y de los políticos que los agravan. Es curioso porque eso es, precisamente, de lo que acusamos al gobierno argentino, de desviar la atención de sus problemas.

          En cualquier caso, dicho lo dicho y volviendo a la idea del nacionalismo exacerbado del Señor Holyoake, para el caso de Argentina la solución de nuestro gobierno es clara: “send a gunboat”

(*) Demsetz y Stigler.
(**) y, desde luego, para nada con la tasa de retorno social (TRS) que desde aquí reivindico.