El triunfo futbolístico en el Mundial debe verse como un suceso estrictamente deportivo. El que quiera extenderlo más allá de sus límites se equivoca y cualquier intento por hacerlo, fracasará. Después de todo, el fútbol es el “mayor fenómeno de cultura popular del siglo XX” (E. Hobsbawm).
Dice un compañero mío que la mayor parte del estallido de banderas rojas y amarillas (¿rojigualdas? ¡Si Cela levantara la cabeza!) en las calles españolas es gracias “a los chinos”: por un par de euros cualquiera puede engalanar sus balcones y por poco más en el “pack” se lleva una camiseta roja y una vuvucela. Ante esos precios ¿quién va a resistirse a poner un poco de color en su vida?
Se equivoca quién vea en esto un renacimiento del sentido patrio (español), tan añorado por algunos. Independientemente del “jingoismo” que siempre generan las victorias en las masas, el lucimiento a todas horas de la bandera del Estado del 39, amejorado en el 78, no representa ningún motivo político, ni nacionalista: para los eventos deportivos se ha convertido en el logotipo de la selección, al igual que la denominación de “la roja” tampoco representa ninguna tentación revolucionaria por parte de quienes la llaman así. Para muestra un botón: hasta algún etarra ha lucido su palmito envuelto en la bandera amarilla y roja en el “feisbuk”, en plena jarana de celebración de la eurocopa.
En el fondo, todo esto se ha convertido en una seña de identidad más de un producto, “selección española”, producto, por cierto, de una calidad excepcional, a diferencia de otros productos que también se identifican con la misma marca.
P.D. Desde mis Palacios de Verano el acceso a internet es casi imposible. Por contra hay bar, piscina y se duerme fresquito. Como pueda intentaré seguir manteniendo actualizado el blog.
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