Toma fuerza la idea de que el único fin de la socialdemocracia era evitar revoluciones sociales que “arrebataran” Estados Europeos al “mundo libre”: así que, muerto el perro, se acabó la rabia. Era de esperar que, tras la caída del “telón de acero”, los partidos socialdemócratas se disolverían, como un azucarillo, en la sucia palangana de la democracia parlamentaria, compartiendo vicios y vergüenzas con los partidos conservadores, de los que, en definitiva, sólo era una parte. Así ha sucedido.
Quizá esta interpretación sea un poco simple, aunque convincente: en realidad “sólo” describe una parte del discurrir de los partidos socialdemócratas. Al igual que Reginald Perrin, su caída y auge, atraviesa, al menos, por tres momentos distintos:
1.- En el origen los partidos socialdemócratas no aspiraban a un cambio gradual: El partido socialdemócrata alemán, albergó, una vez, a Rosa Luxemburgo; sin duda Pablo Iglesias era un revolucionario... Pero, gracias a la influencia de los fabianos (los creadores del laborismo británico) la secesión entre partidos reformistas (socialdemócratas) y revolucionarios (el resto, o sea, los partidos verdaderamente de izquierdas) estaba cantada. Los primeros además se reservarán la denominación de origen “rosa palo”: la socialdemocracia. Fuera por H (vía revolucionaria) sea por B (vía reformista) en sus orígenes ninguno se planteaba otra cosa que “liquidar” al capitalismo, para dar paso a una sociedad socialista.
2.- Es en la segunda etapa cuando el abandono del fin último (el socialismo) cobra fuerza en la socialdemocracia. Los primeros pasos de la Revolución Soviética separaron el oro de la paja: es significativo saber que los fundadores del Laborismo inglés (la parejita Webb) de jira por la Unión Soviética quedaron tan impactados, que, desde entonces se declararon firmes defensores de esa forma de hacer las cosas, lo que les valió el ostracismo político a su regreso al Reino Unido. El socialismo daba miedo, y mucha izquierda de salón quería una sociedad socialista, “but not today... tomoooooooorrow” (Joseph Mota dixit). Por si eso fuera poco la crisis del 29 y las propuestas de Keynes para apuntalar el capitalismo existente, brindó a estos nuevos socialdemócratas el aparato económico e idelógico necesario para romper amarras con sus antiguos compañeros de viaje: no se trataba ya de “alcanzar el socialismo” (aunque fuera por la vía democrática) sino de “socorrer al capitalismo” y, de paso, mejorar la vida de la mayoría de las gentes. Es en este papel de apuntaladores del capitalismo por la vía de su “humanización” (como si eso fuera posible) por el que resultan más conocidos como los “polis buenos” (o simples polizontes como diría Marx).
3.- Con tanto tiempo ejerciendo esta tarea, cuando colapsa el bloque soviético, “poli malo” y “poli bueno” creen que ya no necesitan hacer de polizontes, pues el delincuente ha muerto. La socialdemocracia se pasa a una nueva vía, llamada a ser una corriente más del neoliberalismo rampante: ¡Pobres cretinos! Se habían olvidado que el papel de “poli bueno” también servía para frenar al “poli malo” y que no se cargara la comisaría, y no sólo para acabar con el “delincuente”.
Y así estamos: reinventándonos cada día. Como el ya citado Perrin, después de fingir su muerte: ¿resurgirá la socialdemocracia para vendernos sus inventos inútiles?