"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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domingo, 30 de mayo de 2010

Citizen K. y la competencia imperfecta. Episodio 8

         Ciudadano K. está delante de la pantalla de su ordenador con un “mandado” de su cuñada: “búscame unas vacaciones baratitas para este verano, tú que sabes tanto de internet y encuentras tantos chollos en la red”. Y ahí está K. buscando ofertas en un mercado de competencia, según él, perfecta.

           Al principio, entraba en Google y tecleaba “ofertas vacaciones” o cosas así; pero, enseguida se dio cuenta de que eso era perder el tiempo: parecía que había muchas ofertas pero todo se reducía a tres o cuatro agencias de viajes “on line” dónde merecía la pena mirar: atrapalo, rumbo, logitravel, lastminute, hotels... y para de contar. Para su cuñadita, que además le cae gorda, con mirar en las dos primeras, asunto liquidado.
           Ciudadano K. recibe, con la nómina, ofertas de tres o cuatro entidades bancarias, que le tientan con visas gratis o peesespes, por domiciliar su sueldo. Son tres o cuatro, quizá alguna más si contamos alguna caja de ahorros, donde, dios nos libre, K. jamás meterá un duro (es idiota pero no tanto).
           Ya hemos acompañado a K. a su compra semanal (para comer fresco y sano todos los días) en una gran superficie, pero una rápida visita no nos vendría mal: los famosos yogures a elegir: la lechera, puleva, pascual o danone; mermeladas: helios, hero o la vieja fábrica; galletas: fontaneda, siro o gullón... La verdad es que es realmente difícil encontrar siquiera una docena de proveedores de muchos de estos productos: sin embargo, ciudadano K. cada vez que atraviesa la puerta automática que da acceso a su gran superficie favorita (que antes de la absorción era Pryca), se siente el “amo de la pista” y, orgulloso dice a su hijo pequeño (el que le acompaña en la compra, porque la mayor ya “passsa, o sea que no, que qué rollo, que no, o sea”): “hijo mío, esto es el cénit de la economía de mercado: miles, millones de oferentes ponen a nuestra disposición montones de productos para que nosotros, consumidores soberanos, decidamos qué comprar, cuánto y a qué precio”. No sabe que en realidad sólo hay unos trescientos proveedores para todos los productos y que la media de proveedores por producto apenas alcanza la media docena, y eso cuando no se disfrazan bajo marcas aparentemente distintas.

          - “La verdad es que no puedo entenderlo”, le dijo una noche a su economista de cabecera, “llenar el carro de la compra me cuesta cada día más dinero. Y da igual la marca que elija, me da la sensación de que todas suben a la vez, y prácticamente en la misma proporción sus precios”.

           - “O rebajan el tamaño de sus envases”, contestó el economista. “Pero, tontín, resulta que lo que tienes ante tí no es un conjunto infinito de proveedores (que por otro lado, si los hubiera, no cabrían ni en el Carrefour ni en el Alcampo), sino unos pocos y además “conchavados”: es lo que se llama un oligopolio; y en un oligopolio de oferta, como es el caso, los oligopolistas se alían como lo haría un monopolista para que, incautos como tú, paguéis mucho más de lo que corresponde por sus productos”

          - “Pues tendré que ir a comprar a otro sitio”

          - “Vete donde quieras; siempre te encontrarás lo mismo. El mercado donde más oferentes encuentro es el rastro, para los productos tipo bragas, calzoncillos y calcetines. Y aún ahí, creo que todos son primos o parentela, por cómo les oigo hablar unos a otros. ¡Ah! Y también está la plaza de los sábados. ¡Pero no sólo de lechugas y bragas vive el hombre!”

           Al final K. compró por internet las vacaciones de su cuñada, y como es normal en Celtiberia, también las suyas, para poder ir los dos matrimonios juntos y tener con quién hablar, que la parienta esta muy vista. El camino hasta Benidorm es muy largo y los críos no dejaban de pelearse: “hagamos un trato: estaos quietos hasta que veáis diez gasolineras de distintas marcas. Luego podéis pegaros todo lo que queráis”. Y así los tuvo tranquilos todo el viaje.