“¿Qué culpa tiene el tomate?,
que está tranquilo en su mata,
y viene un hijo de puta,
y lo mete en una lata,
y lo manda pa’ Caracas...”
Pues el tomate, o el pepino, ninguna. Y da igual que sea español o chechenio... El que tiene la culpa es nuestro sistema insostenible de producción y distribución alimentaria. Lo que se echa al “ganao” (de dos patas) es fruto de una serie de industrias (la agroalimentaria, la logística...) en la que no sólo se produce mierda, sino que además la mierda es paseada por medio mundo. Pero es la única alternativa conocida para evitar que el hambre alcance también al primer mundo o que, alternativamente, nuestra comida de todos los días sea el cocido. Hay que elegir entre lo malo y lo peor.
Comemos lo que se ha producido en la otra punta del mapa, porque allí es más barato (Almería), o se produce con mano de obra esclava (Almería again), bebemos leche que se ordeñó de las tetas de una vaca hace dos o tres meses y que luego ha sido comprimida, deshidratada, vuelta a hidratar... Como anécdota personal recuerdo la disputa que teníamos hace años con el tipo de tributación en IVA de las ventas de talco que las canteras de aquí suministraban a las empresas aceiteras (de reconocido prestigio) para producir aceite de oliva (¿cómo coños combina el talco con el aceite?): ¿debía el talco de tributar como un producto alimentario?... Y, si es imposible que una camisa en una maleta que soporta un viaje de cuatro horas llegue a su destino sin arrugarse, más tarde o más temprano esto peta... en forma de crisis sanitaria.
E interviene aquí la segunda parte de nuestro brillante sistema: el político. Que, de nuevo, da igual que sea alemán, español o neozelandés. Tiene que hacer ver que se está trabajando en ello. Y la mejor manera de parecer activo es darle a la lengua, crear alarmas, gritar, agitarse como un pollo sin cabeza... Si la mierda cae al partido vecino o simplemente al vecino, da igual... de lo que se trata es de asegurar su poltrona el mayor tiempo posible sea en la CDU, el PSD o en Independientes por San Andrés del Rabanedo. Miente quién cree que eso en este país no lo hacemos: no sólo voy a pensar en un supuesto hipotético de unos tomates marroquíes sospechosos de algo, porque no hace falta: ya tenemos casos reales: el aceite de orujo de oliva de no sé que país del tercer mundo, el aceite de girasol ucraniano, las “T-bones” británicas y por extensión de toda la Europa del Norte en el asunto de las vacas locas (aunque luego en España se sacrificaran más reses que en Irlanda, por ejemplo), la peste porcina en Alemania (ya contraatacan ellos con la peste porcina africana)... Y en esto no se repara en acusar a Estados fuertes o débiles: nos hemos metido hasta con los chinos en diversas ocasiones, a veces, hasta con productos de chascarrillo, como aquellos famosos zapatos venenosos...
Pero todo es flor de un día, el sistema no se cambia, las crisis se superan y los muertos se entierran: y a seguir comiendo variedad, y a ser posible que no sea de producción local: ya sabemos que las peras o manzanas “del país”(*) son, en la plaza, las más arrugadas y cutres que existen... nada que ver con las voluptuosas redondeces de lo que se ve en el “carrefur”.
Lo que ya no todo el mundo sabe es por qué le ha tocado la china de la primera opción a desacreditar a las hortalizas españolas: no es casual. Se lleva años en tareas de zapa, lo que pasa es que, pendientes de la salud del Rey, de Bildu, del Barça o de la Campanario, dependiendo de la rama intelectual a la que pertenezcamos, se nos ha pasado la noticia de que el modo de producción “almeriense” ha sido objeto de análisis en los medios especializados extranjeros. No uno, sino dos botones, sirven de muestra:
1.- El excelente documental austriaco, y por lo tanto hablado en alemán (¡ejem!), “Nosotros alimentamos el mundo”, pone como ejemplo del sistema de producción agroalimentario insostenible el caso de los invernaderos de Almería. Este documental aquí (si se estrenó, que lo dudo) pasó desapercibido, pero en el área de los “kartoffensalat”, por su mayor conciencia ecológica, tuvo un éxito arrollador. Por cierto el documental es de 2.005, casi imposible de ver subtitulado en el idioma del imperio ni legal ni ilegalmente... ¡Total! Si aquí ya tenemos a Torrente.
2.- El más reciente artículo de “The Guardian” sobre nuestros “invernaderos de sangre” el 7 de febrero de 2.011, artículo del que creo haber hablado algo en otro post. El problema es que “The Guardian” in Spain sólo lo leemos tres o cuatro gilis (cuando lo pillamos a tres euros, edición internacional, en el VIPS), y su traducción sólo la leemos los tres o cuatro radicales antisistema asiduos a rebelión.org, por lo que para contentar a todos, pongo el enlace en inglés y en castellano. El problema mayor es que, precisamente “The Guardian” es el diario más influyente entre las élites de la Europa civilizada, es decir, la que empieza más arriba de los Pirineos.
Con estas papeletas, con esta leyenda negra pero real, era evidente que, a la primera rifa, era probable que nos cayera el premio. Si a esto le añadimos nuestro actual papel entre saco de arena y felpudo de la Unión Europea, las ganas de bajarnos los humos a los chulillos de la “championsligui”, la inoperancia de una gobierno “lost in traslation”, tenemos los factores de la tormenta, o crisis alimentaria perfecta.
En resumidas cuentas, que durante una temporada no quieren pepinos españoles... No hay problema. Se cambia la etiqueta y a correr. Si quieren saber de dónde es ¡qué le pregunten al pepino! Desafío a mis lectores a que vayan al “super” y miren de dónde vienen los espárragos: todos de China, da igual que sean de la carretilla, o de la marca blanca de turno... Si acaso se envasan en Navarra pero eso es para pagar menos impuestos...
(*) Tenéis que ver cómo son de grandes las sandías de secano de mi pueblo.