"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

Mostrando entradas con la etiqueta hiperinflación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hiperinflación. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Amenaza Fantasma: epílogo



Epílogo: Efectos:

          La hiperinflación, a mi entender, como todo fenómeno crítico, se produce de forma intempestiva (como una tormenta o un cabreo) y ahí es dónde radica su poder destructivo: un crecimiento de los precios de las cosas de un 1000% diario, durante una década, supone una adaptación de la economía a ese hecho sin consecuencias traumáticas: simplemente se indexarían todas las remuneraciones de los factores a esos precios diariamente (con claúsulas de compensación) y, a efectos nominales todo seguiría igual.

          Imaginemos que nuestro gobierno nos obligara, cada mañana, antes de salir de casa, a añadir tres ceros a cada billete que tengamos en la cartera, mientras los bancos hacen lo mismo con los saldos de nuestras cuentas (deudores y acreedores), los deudores y acreedores, hacen lo mismo, los comercios igual...

         Lo verdaderamente doloroso en este caso es que la “indexación” no sea perfecta (y nunca lo es porque mientras los productos del supermercado se pueden reetiquetar cada hora, las pensiones no se van a revisar cada minuto) con lo que unos ganan y otros pierden: y pierden siempre los “pobres”: los que en su bolso tienen dinero y no bienes y los que fundan su sustento (y el de sus familias) en una retribución monetaria periódica (salario). De ahí que muchos economistas consideren la inflación como un impuesto sobre el dinero en efectivo, y un impuesto, por cierto, regresivo, pues son los más pobres los que, lo poco que tienen, normalmente es lo que llevan en la cartera (o en la cartilla de ahorros)(*).

           Es posible que una acción concertada, como la que cada día se produce por parte de los poderosos a través de los Bancos Centrales tratando de controlar la inflación para evitar que sus activos patrimoniales (dinero que otros les deben) se deterioren indirectamente suponga un beneficio para el “paria de la tierra”. No debe sorprendernos: ya Marx dijo que pobre era el sino del obrero: cuando la economía crece ( y el capitalista se enriquece) al obrero le va mal, pero cuando la economía se desmorona al obrero le va bastante peor.

(*) No siempre: ahí está el caso de las ancianitas con su piso en propiedad, o su casa en el pueblo, cobrando la pensión mínima.

martes, 30 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma IX

IX.- Bisolgrip

        ¿Y si todo esto falla? Todavía contamos con Superman. Como saben bien mis lectores, sostengo que el mundo se divide en dos tipos de gente: los que “tienen” dinero (en el bolso o lo han prestado) y los que “deben” dinero: los primeros son los que, actualmente, dominan el mundo.

        Los que tienen dinero controlan los poderes políticos y también los económicos, entre ellos los bancos centrales y no van a permitir que el dinero pierda valor de ninguna de las maneras. Por ello mismo, actualmente, todas la políticas giran en torno a evitar el peligro de un “repunte inflacionista” aunque no se vea ninguno por el horizonte: aparentemente nos dirán que sus políticas económicas van encaminadas a la recuperación, pero realmente están “a lo otro”.
          Entonces, si no hay riesgo de hiperinflación: ¿por qué nos asustan?,¿quién lo hace?
          Qui prodest? es la pregunta que nos deberíamos plantear para contestar a esas otras preguntas: ¿a quién beneficia meter miedo?¿a quién beneficia asustar a la gente con una gripe? A los que venden vacunas contra la gripe.
          Pues sí: al igual que sucedió con la “fiebre del pollo” o con la “gripe del gocho” (hábilmente mutada en este país, y sólo en este país, para proteger esa rama de la industria alimentaria, de la que somos punteros) el asustador nos quiere vender algo: en este caso lo que se nos quiere vender son más medidas neoliberales: reducción del tamaño del Sector Público hasta poderlo ahogar en una bañera.
             Lo hacen por dos razones: en primer lugar porque quieren quedarse con la parte del negocio “de lo público” y, al igual que la mafia, actúa “limpiando” barrios de competidores, antes de que caigan bajo su influencia. En segundo lugar, como he advertido en otros posts, porque son “los amos del dinero”, los que en estos momentos tienen los bolsos llenos, sin saber que hacer con esa pasta o, ¡ay! Lo tienen prestado: en cualquier caso lo que menos desean en este mundo es que el dinero empiece a perder valor, por lo menos hasta que no hayan encontrado una “mercancía alternativa” en la que colocarlo o hasta que los deudores se lo hayan devuelto.
          La vacuna son los “recetazos” que nos aplican para la zona euro desde la Unión Europea, y en concreto, desde el Banco Central (repasad la mención que se hizo al principio de la serie sobre su “independencia” y “a qué intereses sirven” los bancos centrales): políticas fiscales(*) restricitivas y políticas monetarias “teóricamente” expansivas (tipos de interés “aparentemente” bajos) pero, en la práctica también restrictivas porque no se crea dinero “ni a tiros”, porque, como hemos vistos en la serie, no se presta, no se compra, no se vende, “no se mueve una hoja”.
          Y en los “iuesei”: ¡misterio a la orden! En aparencia sus políticas fiscales son más expansivas que las de la vieja Europa, sin pasarse demasiado, o, por lo menos lo fueron hasta las legislativas de noviembre. Su política monetaria estos días parece convulsionada por la decisión de cambiar billetes por bonos ("monetarizar la deuda"),  sobre cuyos efectos nadie se pone de acuerdo, y sobre lo que habrá que escribir una secuela...(**)
           Pero, en cualquier caso, el enfermo parece lo bastante muerto como para no sufrir fiebres inflacionistas. El tiempo me dirá si tengo o no razón, pero como veremos en el epílogo (siguiente y último capítulo de este post), lo mejor que nos puede pasar es que la tenga. Por si acaso llevo esperando varios domingos a ver si “Nostrapacus” anuncia el inicio de un proceso hiperinflacionista para poder quedar tranquilo.

           (*) Política fiscal no tiene que ver directamente con los impuestos, tiene que ver con el ingreso y gasto público. Quizá sería más apropiado hablar de “política presupuestaria” y no “política fiscal”, pero el anglosajón manda. Una política fiscal restrictiva quiere decir contraer el tamaño del presupuesto (ingresos y gastos), no bajar los impuestos: ¿queda claro, Soraya?

          (**) Mientras el ala dura de los republicanos reclama un dólar fuerte: ¿quién ganará en la lucha?

martes, 23 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma VIII

VIII.- Cosas de casa.

          Los chinos, como todo bicho viviente en este sistema capitalista, colocan su dinero donde les reporte mayor beneficio: parece claro que en primer lugar ese sitio son sus propias empresas, visto como vemos su despegue económico. Pero cuando ya no hay sitio para colocarlo allí, el segundo mejor lugar parece ser en papeles que te devuelven lo puesto más un interés dentro de un tiempo. Esto es ideal porque no habiendo ahora “hueco” en el mejor destino, en el futuro puede haberlo, aporta seguridad y además retribución. 

          La deuda pública norteamericana es el mejor destino porque, denominada en dólares, evita los costes de transacción ya que, si recordamos, lo que tienen los chinos entre manos son dólares. Si todo va como hasta ahora (crecimiento de la economía china) cuando esta deuda vence, ese dinero “no se necesita” en el sentido de que los “huecos” que se han abierto en el mejor lugar para colocar el capital ya han sido, de nuevo, cubiertos con el propio capital acumulado desde que se compró la deuda. Como no se necesita, se vuelve a comprar deuda para esperar “a que ese dinero haga falta” ¿Hará falta alguna vez?.

           El caso recuerda el de las ancianitas, jubilados, funcionarios... que invirtieron sus ahorros en el negocio filatélico: lo que invertían (a altas pero no excesivas rentabilidades) era su “sobrante”, algo que no necesitaban hoy pero que algún día “por si acaso” convenía tener. Ese “por si acaso” nunca llegaba por lo que eran fáciles de convencer para que renovaran el dinero depositado en esas entidades e, incluso lo aumentaran con nuevas aportaciones. Lo que es claro es que ese dinero “no lo necesitaban”, es decir “no sabían darle mejor empleo” y, en este caso lo confiaron a una panda de sinvergüenzas, exactamente igual que los chinos, con la diferencia de que estos “otros” sinvergüenzas tienen portaaviones(*). Conviene también recordar que el “crack” de Fórum/Afinsa, no se debió a que, de repente, la gente necesitara el dinero (sería curioso ver lo que hubiera sucedido ahora, en épocas de crisis) sino a la intervención preventiva (“ma non troppo”) del Estado.


           Si los escenarios económicos sitúan el crecimiento de la economía china durante al menos hasta la mitad de este siglo, está claro que el problema no es tan inminente.


          El segundo miedo, el de una acción maquiavélica (no económica) para soltar deuda o dinero americano y hundir el mundo tampoco parece posible. Estamos acostumbrados a ver en las películas gente que comprando y vendiendo manipula los precios y consigue un beneficio. Si damos por sentado que Fumanchú actuando así debería obtener un beneficio(**) deberíamos repasar las diferencias entre el especulador (el de las películas) y el acaparador (más real).


La base para obtener beneficios en un proceso especulativo consiste en colocarse siempre en la posición adecuada en “la fila de la caja del Carrefour”: si jugamos a que los bienes (por ejemplo acciones) suban de valor, nos ponemos los primeros y compramos cuando todavía no han subido; y vendemos también los primeros, cuando todavía no se han caído. Si jugamos a que bajan, nos ponemos los primeros a la hora de vender (cuando todavía no han caído de precio) y los primeros a la hora de comprar, cuando todavía no han subido.


          Lo que interesa destacar es que un especulador necesita a otras personas en la cola, pues sus beneficios están fraguados con las pérdidas de los demás sujetos de la fila que o bien vendieron tarde o compraron pronto, o vendieron pronto o compraron tarde...


          Pero un acaparador no funciona así: un acaparador compra todo el producto (o su mayor parte) y genera una situación de escasez, para ir dando salida al producto “poco a poco” porque si no lo hiciera así no obtendría beneficios. Esa es precisamente la posición de China, la de acaparador (no especulador) de billetes y bonos de los “yuesei” y por eso mismo no puede soltar ahora de golpe toda su mercancía (como si lo haría el especulador) porque se arruinaría.


           Realmente no hay que dar tantas vueltas para darse cuenta de que China no puede ser un causante “financiero” (recalco, otra cosa es su hambre de recursos) de una hiperinflación jugando con sus bonos y billetes de dólar: puesto que en otros posts hemos visto que la inflación perjudica al acreedor y beneficia al deudor: pues gracias a ella al primero se le debe menos dinero, o se le debe un dinero que vale menos, mientras que el segundo tiene que pagar con un dinero que también vale menos y siendo China el primer acreedor de los Estados Unidos, es suicida que juegue una baza que le perjudica.

         De hecho esa es la tesis del artículo de Dean Baker (economista y codirector del Center for Economic and Policy Research de Washington) publicado por “Le Monde Diplomatic” en su número del pasado mayo: “¿Y si China deja de comprar dólares?", único artículo sobre el “tema chino” citado en este post, para no aburrir al personal.



(**) Pero estos sinvergüenzas sí que saben gastar ese dinero: el problema es que ese dinero ya lo gastaron hace tiempo, por ejemplo en la Guerra de Iraq (vid. Stiglitz, J. La Guerra de los tres billones de dólares. Taurus. 2.008)

(*) Al igual que el personaje de Talleyrand en la obra teatral “La cena” le dice a su antaño enemigo, Fouchè: “Ganemos batallas, perdamos batallas, pero ganemos siempre dinero”.

lunes, 15 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma VII


VII.- Las novias de Fumanchú

          Si los “chinos” compran deuda, con lo cual están financiando los déficits (públicos y privados) de los demás: ¿Quién no te dice que mañana dejen de hacerlo (o amenacen con ello) y hundan nuestro sistema económico?

          Si los “chinos” tienen “mogollón” de dólares acumulados en los sótanos de su Banco Estatal: ¿Quién les quita para que mañana suelten todos esos dólares, inunden el mercado de dinero con ellos y generen un proceso inflacionista de “cágate lorito”?
          Estos son nuestros dos grandes miedos. Para explicar por qué no pasará ninguna de estas dos cosas recurriré a dos figuras comprensibles para cualquiera: el caso “afinsa/fórum filatélico” por un lado y el caso “de las colas del carrefour” por el otro. Con tan peregrinas herramientas vamos a analizar estos dos miedos.
          Miedo a dejar de comprar deuda: la deuda que compran los chinos es básicamente deuda pública norteamericana, porque es la que les resulta más interesante no sólo en cuanto a tipos de interés sino también por la moneda empleada. Esta compra es la que preocupa a los autores del “sindrome de china” en términos de inflación, asociados a “movimientos” monetarios (*). Esta preocupación es doble: por un lado si dejan de comprar deuda pública “yanki”, al Tesoro de Estados Unidos no le quedará más remedio que o reducir sus necesidades de endeudamiento, o, lo que es más probable, buscarse otros compradores de deuda, para lo que tendrá que “mejorar las condiciones de su deuda”, algo que se consigue aumentando su interés. Con esto “robará” clientes a otros títulos de deuda (privados pero también públicos de otros Estados), lo que obligará a estos últimos a “mejorar” a su vez sus condiciones en una espiral de subida de los tipos de interés de consecuencias imprevisibles. En ese escenario el malévolo chino con una sonrisa, retuerce su bigote con sus largas uñas.
          Miedo a vender la deuda que tienen en sus manos: La primera consecuencia deriva de que bien he dicho “vender”, no regalar, lo que implica recibir algo a cambio: si lo que se recibe son bienes (**), esta deuda se ha convertido en “dinero financiero” y como resultado, al menos durante un tiempo convivirán en la masa monetaria los dólares que los chinos pagaron para comprar la deuda y esos mismos títulos de deuda que se utilizaron como medio de pago de los bienes que se recibieron a cambio de la deuda. Si lo que se recibe a cambio son “billetes verdes” y éstos se almacenan en las catacumbas del Banco Central Chino, la masa monetaria se mantiene aún cuando en el mercado los billetes escasearán (“dinero legal” o “dinero monetario” como lo hemos llamado) y los títulos de Deuda Pública abundarán (“dinero financiero”) lo que es un problema porque para las transacciones comerciales éste no es un sustitutivo perfecto de aquél.

          Finalmente hay que recordar que lo primero que pasa cuando al mercado llegan muchas fresas es que el precio de las fresas baja (hace unos cuatro años incluso te las regalaban a la salida del supermercado): cuando de pronto llega mucha deuda pública norteamericana al mercado, éste se inunda de esos papeles y bajan de precio. Para conseguir que vuelva a subir se necesita que alguien la “elimine” del mercado: que la compre y la destruya: ¿quién va a hacer esto? La Reserva Federal; ¿cómo lo va a hacer? Cambiando sus dólares por deuda. ¿Y si no tiene dólares? Tendrá que darle a la máquina de hacer billetes. ¿Qué pasará entonces? Que nos inundaremos de dólares con los efectos inflacionistas fáciles de advertir, mientras el perverso chino sonríe, echando volutas de humo mientras fuma un cigarrillo enganchado a una larga, larga pitillera.

          El segundo miedo es que “abran las compuertas” donde almacenan sus dólares e inunden el mercado. Los efectos son parecidos a los del caso anterior con algún atajo: si con ese dinero (que no regalan, repito) compran cosas, habrá más dinero y menos cosas (inflación); si compran deuda habrá menos deuda en el mercado y más dinero, y, en cualquier caso mucho billete por el mundo y pérdida de capacidad de compra de ese billete, que es la otra cara que siempre hemos visto de la inflación. En todos estos casos no hace falta que la Reserva Federal saque sus dólares de sus cajas fuertes o le de a la máquina de imprimir dinero porque ya lo han hecho los chinos por ellos.
          Dicho esto ¿el miedo es real? Lo veremos después de la publicidad.



          (*) Los otros, el que compren el local de la esquina o la fábrica de quesos del pueblo no les preocupa.

         (**) Aunque no se intercambien inmediatamente los unos por los otros Habrá un proceso Deuda-billetes-bienes, aunque esos billetes no se lleguen a ver físicamente (se compensen mediante anotaciones en cuenta)

martes, 9 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma VI

VI.- Una china en el zapato.

          Lo primero que hay que resaltar es que China no es más que otra “economía de mercado”: no es un Doctor No (en este caso Fumanchú) ni una única empresa estatal dirigida por una especie de Mao: su tejido económico es un conjunto de empresas, en un régimen parecido a la propiedad privada, por lo que “China” no actúa de forma distinta a cualquier agente económico del sistema capitalista: no tiene ningún interés en destruir el mundo, ni la raza blanca, ni imponer un régimen político... Trata de “vivir del chollo” igual que todos sus “compis” del mangoneo económico mundial.

          Dicho esto conviene destacar que sus empresas (más o menos privadas) están sometidas a un “dirigismo” estatal desconocido en occidente, por lo que, sin olvidar la esencia antes comentada, actúan de una forma mucho más uniforme y, si se quiere, más al dictado de Pekín, que sus homólogas en otros Estados (*), por lo que concebir esta pluralidad de sujetos como uno solo no es tanto disparate.
          Como bien sabemos, las empresas chinas venden más de lo que compran (¡vaya descubrimiento! esto lo hacen todas) y venden al exterior en su conjunto más de lo que compran (esto ya no lo podemos predicar de todo el mundo), bien sea porque tienen un mercado interior subdesarrollado o porque a los demás “nos ha hecho la boca un fraile”: el caso final es que, como resultado de su actividad comercial, obtienen un beneficio en forma de papel moneda, que de momento, como en las recetas vamos a reservar (sabiendo que está ahí).
            En sus compras y sus ventas las empresas chinas utilizan la moneda del imperio: el dólar. Algunos dicen que porque les da la gana: les conviene puesto que su mercado interior no es en dólares sino en su moneda local, lo que supone que los inputs que se localizan dentro del país y, en concreto, la mano de obra, se “compren” mucho más baratos y eso “mejore” el precio de venta del producto. Otros autores indican que “no les queda más remedio” toda vez que todas las transacciones internacionales deben realizarse en esa moneda, que es la única respaldada por la “sexta flota” (y por la cuarta y por la quinta...): esto por cierto sucede “aquí y en la China Popular” (**), aquí un poco menos gracias al euro, pero poco menos.
           Luego independientemente del resultado de su balanza comercial China necesita un “stock” de dólares para que su máquina de producción funcione: a medida que su máquina crezca este “stock” de dólares debe ser mayor de la misma forma que al aumentar el número de máquinas de una fábrica, aumenta la cantidad de aceite necesario para su engrase. Este creciente “stock” de dólares juega un papel “antiinflacionista” (es un dinero que desaparece del mercado por lo que el precio del dinero sube y el de las demás mercancías baja) relevante.

            En el otro platillo de la balanza deberíamos poner, claro está que una economía como la China en crecimiento, pelea por los recursos y los encarece, lo que supone un proceso inflacionista. De los dos efectos este último es, con seguridad mayor, pero nos remite a la causa de la inflación reseñada en los primeros capítulos (escasez de materias) que ya discutimos.
             Comprando y vendiendo en dólares el beneficio obtenido, que antes reservamos, lo es también en dólares. ¿qué hacen los chinos con esa acumulación de dólares? Pues lo mismo que los demás:
           Una parte de ellos se utilizan para remunerar factores: los factores internos se remuneran en la moneda local, por lo que antes hay que pasar por el Estado para convertir los dólares en yuangs. A partir de ahí los dólares quedan en manos del Gobierno Chino y empiezan las películas tipo James Bond que más adelante analizaremos.
            Otra parte se utiliza para aumentar la capacidad productiva, con las mismas consecuencias que en al caso anterior: si la máquina se compra al exterior se paga en dólares y punto. Si se adquieren terrenos o se encarga la construcción de una nave se paga en moneda local, previo paso por el Banco Estatal y listo.
             Y, finalmente, al resto se le busca algún otro tipo de “utilidad”: se puede salir a comprar empresas fuera de China, locales, terrenos... Pero, para lo que nos preocupa, lo más interesante es lo que sucede cuando chinos y Gobierno Chino mantienen lo que tienen en “dolares” o lo cambian por “dinero financiero” (deuda).
             ¿Por qué nos preocupa? Porque como pensamos en los chinos en términos de Fumanchú sospechamos que con estas dos armas pueden destruir la civilización occidental: ¿Cómo?. Lo veremos en el siguiente post.





          (*) Que también lo hacen, en una extraña simbiosis Gobiernos-Empresas, que como en la Santísima Trinidad (en este caso "Binidad") son dos personas distintas y, a la vez, una. De ahí que muchos autores no les guste el término “multinacional” sino que prefieren el de “transnacional”: estas empresas tienen un “homeland” y luego están extendidas por el resto del mundo, pero, resulta claro, tienen “patria” y todos los defectos que esto conlleva (bandera, fanatismo...)

            (**) Conviene acabar con la “pamema” de ciertos libros de texto, sobretodo en el ámbito contable, que dicen que al vender al exterior se cobra en la moneda del cliente y al comprar al exterior en la moneda propia o viceversa: al comprar y vender en el interior se usa nuestra moneda y al comprar o vender al exterior, se usa la moneda “universal”: el billete verde y, un poco el euro, cuyo éxito no viene como moneda de intercambio universal sino como moneda única de un mercado interior muy grande.
 

lunes, 8 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma V

V.- A empujones:

         Dos razones mueven los agitadores del fantasma de la hiperinflación, por lo que leo de sus artículos: las políticas expansivas de los gobiernos y el “síndrome de China”. Vamos con ellas:

        Políticas expansivas de los gobiernos: creen estos autores que en la situación actual las políticas expansivas de gasto público degenerarán en un aumento de la inflación. Por un lado piensan que, si Obama quiere pagar las obras y gastos que encargue, incluyendo su Sistema de Sanidad, tendrá que recurrir o a la máquina de hacer billetes (“dinero oficial” ) o al endeudamiento (“dinero comercial” o incluso “financiero”). Creen, además, que si el Estado compite con el sector privado por los recursos, estos saldrán a subasta y se los adjudicará el mejor postor, que, como no me canso de repetir, en la economía de mercado es el que más paga por ellos: por tanto subirán los precios de esos recursos y, por ende subirán los precios de todas las cosas, hasta la estratosfera.
           Con esas ideas (más o menos encubiertas) ya se ve lo bien que enseñan la “patita”. En el fondo les molesta la acción expansiva del estado que, más tarde o más temprano implicará una variación en la correlación de fuerzas, en favor de lo público. Parece difícil compensar, dando a la manivela de la máquina de hacer billetes tanto “dinero oficial”, como “dinero comercial o financiero” se ha destruido. Lo del efecto expulsión (“crowding out”) que se nos vende bajo una competencia entre lo público y lo privado por los recursos tampoco parece corresponder con el escenario económico que presenciamos, en el que vemos, como en las películas de un futuro apocalíptico, unos enormes desiertos donde la iniciativa privada ya desertó (nunca mejor dicho) y donde si tampoco llega la iniciativa pública, aquello no será más que arena, maleza y espinos.

          Hablar de expulsión de lo privado por lo público en los tiempos actuales es una ridiculez, máxime cuando existe un termómetro que mide, como la fiebre, un síntoma para saber si eso se produce: examinando los tipos de interés lo vemos claro: si realmente lo público y lo privado estuvieran compitiendo hoy por los recursos económicos, entre ellos el dinero, los tipos no estarían casi al 0%. Al cero están, porque, ni aún así se logra adivinar en qué se puede colocar el dinero, una vez cerradas las timbas, en plena “Ley seca” y a la espera de que se abran nuevos garitos. Si los tipos están al cero, es que el dinero sobra, pero que no se preocupe el lector porque no se lo van a regalar: antes de eso, harán como con las prendas de H&M: lo destruirán. Por eso no hay que preocuparse: jamás darán dinero a quién lo necesita, ahora ni siquiera lo prestan.
          Los del “síndrome de China”: estos ignoran muchas cosas sobre China, Estados Unidos, el papel del dólar como moneda de intercambio comercial y de refugio universal... Tantas cosas que habrá que realizar digresiones a mansalva. Vamos por ellas, no en vano, como Dickens, cobro por cuartillas escritas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Amenaza Fantasma IV

IV.- Dinero, dinero, dinero... y créditos.

           Las tres clases de dinero (oficial, comercial y financiero) cumplen el mismo papel y, desde ese punto de vista, son indistinguibles. Pero mientras el dinero legal se crea a través de la máquina de hacer billetes y se destruye mediante la trituradora, (en cualquier caso mediante un proceso perfectamente planificado de quién debería saber lo que se trae entre manos), los otros dos tipos de dinero se crean y destruyen mediante el complejo e ineficiente mecanismo de la dichosa mano invisible, que, al menos en el caso del dinero financiero aparece visible e identificada.

          El dinero comercial es o debería ser el reflejo de las operaciones comerciales que se llevan a cabo, porque no ha perdido el subyacente: si se compra algo y se deja a deber, para lo que se libra una letra de cambio que después acaba circulando, de acá para allá, hasta el momento del vencimiento, como si fuera dinero, parece claro que de no haberse producido la primera operación comercial ese dinero no habría nacido(*).

           Por esa misma regla hay que pensar que a medida que la actividad comercial es mayor se creará mayor cantidad de este tipo de dinero y que si las transacciones se contraen, este tipo de dinero se destruirá: va acompasado con la actividad económica y por ello no debería preocupar; incluso en el caso de que el deudor no pueda hacer frente al pago de la deuda llegado el vencimiento (cuando se declara insolvente ese tío que me debía dinero porque le vendí una partida de ladrillos) ese dinero “desaparece” con el impago, sin más efectos sobre la masa monetaria, aunque con efectos devastadores sobre la economía real y sobre el sistema financiero edificado sobre este tipo de dinero.
          Ahora bien, el dinero financiero, al viajar libre de su subyacente, puede aumentar o menguar sin más límite que la existencia de demandantes de prestamos (prestatarios), con independencia de a qué destinaran esos préstamos. Cuando estos prestatarios pidieron dinero para comprar cosas la situación de ese dinero se asemeja al “dinero comercial”, con el agravante de que ahora, si no se paga, el perjudicado es el “banco” y no el “comerciante”. Y esto es peor porque el “banco” cumple un papel “social” que no tiene ningún otro agente: hacer fluir la sangre de la liquidez que alimenta a toda la economía real y, además, concentra buena parte de los riesgos de impago, lo que sucede, por ejemplo en el caso de las hipotecas “subprime” concedidas para comprar una casa a quién no puede pagarla: los afectados son los bancos pero no las inmobiliarias, que, en su día, cobraron con el dinero prestado por el banco a los “negritos de alabama”. Pero ese dinero bancario también se destruye con la insolvencia del prestatario y arrastra, en su caída al banco que insensatamente lo prestó.
            Pero parte del “dinero financiero” no se ha empleado para la compra de bienes y servicios “a crédito”: se ha empleado, como nunca en la historia, como “dinero de casino” y ahí, en ese “intercambio de cromos” tipo Madoff se ha producido la hecatombe. El “dinero financiero” ha crecido hasta generar una “burbuja financiera” en la que se pedían préstamos para financiar a su vez nuevos préstamos o productos derivados de estos préstamos, que a su vez servían para garantizar o financiar paquetes de inversiones cuyo contenido se desconocía... todo ello para generar unos beneficios inexistentes pero que se hacían efectivos a medida que el papel cambiaba de manos. La burbuja financiera que hemos padecido no era más que un esquema de estafa piramidal (tipo Ponzi) que, a diferencia de otras burbujas, (en la inmobiliaria había inmuebles, en la de los tulipanes(**) había bulbos) en esta debajo no había nada.
            El casino era la única salida que le quedaba a una sociedad en la que las desigualdades se habían extendido hasta el infinito y en la que unas pocas manos controlaban tanta cantidad de dinero (de todos los tipos) como les era posible. Y todavía querían más; y como la economía real no provee las tasas de rendimiento a las que ellos aspiraban, en su proceso D-M-D' (dinero, mercancías, más dinero) eliminaron la M que les estorbaba y les constreñía al mundo real y pasaron a un modelo D-D' en el que, entre medias, había una ruleta, en la que por arte de birbibirloque (sólo al alcance de unos pocas mentes privilegiadas) la bola siempre caía en el número de la apuesta que habían realizado. Así hasta que la realidad, siempre tan terca, se impuso.
          Pero, por lo que nos interesa a efectos de “hiperinflación”, que de esto iba el post, lo cierto, lo cierto es que “desmantelada la timba” y “declaradas las insolvencias” lo único que realmente ha podido pasar es un hundimiento del “dinero comercial” y del “dinero financiero”. ¿Entonces por qué auguran una era de “hiperinflación”? A esperar al siguiente capítulo.




(*) A salvo los procedimientos de “picaresca” como el “peloteo de letras” que ya se conocía en la Inglaterra siglo XVII.
(**) Puesta de moda por la película “Wall Street”

jueves, 28 de octubre de 2010

La Amenaza Fantasma III

III 

¿Quién crea el dinero?

          Cómo y quién produce el dinero es algo que se utiliza en los documentales “de terror” (tipo “dinero es deuda”) como “gancho” para captar la atención de los televidentes porque tiene la ventaja de que une algo casi “esotérico” con las clásicas “teorías de la conspiración” que aquejan al noventa por ciento de este tipo de documentales, así como la falta de rigor histórico aquejan, paradójicamente, a la mayoría de la novela histórica... En fin, ¡qué se le va a hacer!

             El primer “productor de dinero” como hasta un niño sabe es la fábrica de hacer billetes (y monedas). Esa fábrica tradicionalmente estaba en manos del Rey, luego en manos del ejecutivo y, relativamente reciente, en manos de un poder “independiente” del ejecutivo (los bancos centrales, llamense así, o reservas federales o como se quiera). Esta separación, por cierto, no es baladí, como veremos, si llegamos algún día, a leer el final de esta serie de posts.

           Este productor mete papel y tinta en la máquina y salen billetes. Si se pusieran a hacer billetes a troche y moche y luego los lanzaran desde aviones sobre pueblos y ciudades, la abundancia de dinero estaría garantizada y la hiperinflación también aunque sólo perjudicaría a los que no han podido salir a la calle el día de tan magno acontecimiento. Si se repartieran en proporción a lo que cada uno tiene en la cartera o en el banco habría hiperinflación pero como la del caso primero (primera repetición avisada). Si por el contrario una vez emitidos, los billetes se arrojan al fuego, nos quedaríamos como estábamos (aunque habría que cesar a alguien). Si en la imprenta de la esquina se dedicaran a emitir billetes y los hicieran iguales que los de la fábrica “oficial” serían encarcelados (y los billetes destruidos) y si los hicieran con otras denominaciones (“bricoeuros”, “copaeuros”, “churros”...) y luego los repartieran, no afectarían para nada a la producción, abundancia o escasez del dinero. ¿En nada? Ya veremos...
           Luego el primer tipo de dinero, el billete sólo lo fabrica alguien “revestido de poder para ello”, tiene poder para ahogar en la escasez o en la abundancia a todo el producto y además, según se reparta puede jeringar a algunos y beneficiar a otros. La cuestión del reparto es importante porque según se emiten no se regalan, se entregan cuidadosamente a quién los necesita o mejor dicho, se “prestan” a quién los necesita, a cambio de una promesa de devolución y, naturalmente, un tipo de interés. De ahí el “tándem” “fábrica-banco central” que se utiliza en todos los Estados modernos. Esto se puede decir hoy pero no se podía decir hace tiempo cuando el Rey o el ejecutivo ordenaba imprimir los billetes que le daba la gana para pagar sus vicios y si no se habían inventado los billetes, ordenaba acuñar nueva moneda rebajando la cantidad de metal precioso que contenía.
          El segundo tipo de dinero, por origen histórico no es el dinero bancario, del que luego nos ocuparemos, sino el “dinero comercial”. Cuando alguien vende un producto y no consigue un cobro inmediato es fácil que sea porque el comprador se lo deja “a deber”. Poco falta para que esa deuda se ponga en una tablilla de arcilla (los economistas de hoy dirán que se ha “titulizado”) y se convierta en una “pistola” que puesta en su día delante de la cara del deudor, sea quién sea el que la empuñe, obligue al deudor a hacer frente al pago de los que debía, sin que la policía ni nadie pudiera objetar nada, salvo que el deudor no quisiera pagar, en cuyo caso, se le descuartizaba, para que escarmentara y no se le volviera a ocurrir comprar algo si no tenía dinero para ello. Estas tablillas proliferaban por aquí y por allá y se podían intercambiar como si fueran dinero, porque de hecho representaban un derecho de crédito frente a alguien. Además eran más cómodas de transportar que el dinero en efectivo, sobretodo porque los primitivos tenían la mala costumbre de utilizar como unidad monetaria básica aquella del metal más cutre que encontraban, que valía poco y encima pesaba mucho. Para viajar y eso, era más cómodo llevar la tablilla del deudor que residía en el pueblo que se pensaba visitar y una vez allí realizar el cobro... En fin, todo esto se fue profesionalizando y se creó una especie de “corresponsalías”, como una especie de “banca comercial” que, casaba las operaciones de aquí y de allá, pero que todavía no cobraba intereses, aunque sí seguramente comisiones.
          Estos efectos comerciales son también dinero, o sucedáneo del dinero, en cuanto que se aceptan como instrumento en lugar de aquél. Pero a diferencia del billete (o la moneda) no son creados por el “estado”, sino por los particulares. Y por cierto, no por la banca, sino por Pepito Pérez: Si Pepito Pérez va al ikea a comprarse un sofá que vale 300 euros y no le da la gana sacarlos de la cartera (pero los tiene) y consigue en el ikea que no los tenga que pagar hasta dentro de tres meses, firmará un “papelín” diciendo lo que debe: se irá a casa con el sofá y los 300 euros en el bolsillo y mientras ikea (o “muebles emporio”, me da igual) andará por ahí con el papelín como si fuera dinero: lo usará para pagar parte de sus compras, o para hacer nuevas compras, lo llevará al banco a descontar para pagar las nóminas... Durante esos tres meses la economía (si no existiera más) “circulará” con 600 euros: los 300 oficiales en forma de billete y los 300 del papelín con la firma de Pepito Pérez. La masa monetaria se habrá doblado sorpresivamente, para después del trimestre, cuando “nosesabequién” enseñe el “papelín” a Pepito, éste abra la cartera y de ahí saque los 300 euros, otros trescientos euros, los de la nómina del mes (trabaja para Diaz Ferrán), los otros ya los gastó en bares. Conviene reparar que si, cuando Pepito fue al Ikea hubiera llevado la cartera vacía y por eso tuvo que comprar a plazos, el dinero comercial se hubiera creado igualmente.
         Finalmente llegamos al dinero “bancario”, el que asombra a los documentalistas conspiranoicos. Dinero presta el que lo tiene (sea suyo o de otro): el prestamista (de dinero, de carros, de almazaras, de aperos...) ha existido siempre, lo que se ha discutido a lo largo de la historia es sobre la legitimidad (sobretodo moral) de, prestando dinero, exigir a cambio más dinero (intereses). En cualquier caso esto es una discusión que ahora no nos atañe: lo cierto es que dinero presta el que lo tiene y presta hasta el límite de lo que tiene. Esto es rigurosamente cierto si estamos hablando sólo de billetes y monedas, pues a medida que se va vaciando el saco (o la caja fuerte) llegará un momento en que no haya ni billetes ni monedas y, en consecuencia nada que prestar. Pero como vimos anteriormente ya hemos descubierto el instrumento para que los particulares puedan crear dinero: las obligaciones de pago futuras. Siendo así, nada impide al prestamista, en vez de físicamente entregar la cantidad de billetes y monedas que el prestatario demanda, entregarle un papel en el que él mismo (el dueño del dinero) se reconoce obligado a pagar una determinada cantidad a la vista al portador del papel en cuestión, a cambio, es de suponer, de otro papel, “en el sentido contrario” en el que el prestatario se obliga a pagar a un determinado vencimiento una cantidad aún mayor, o al menos la misma, si andamos con prejuicios morales. Como además es gente de solvencia (tienen dinero y por eso lo prestan) ese papel será aceptado casi en cualquier sitio, sin olvidar que es más ligero y se transporta mejor y no se deteriora tanto como el metal acarreado de un lugar a otro. Nace así el dinero bancario, que realmente es lo mismo que el dinero comercial excepto porque ha desaparecido el “subyacente” (“la pérdida del subyacente” en todo el capitalismo financiero será nuestra ruina), es decir, la operación comercial que le dio sentido. A partir de aquí sí, ya podemos aceptar que el prestamista, al ver que no todos los receptores de los papelitos en los que él aparece obligado al pago, y obligado “a la vista” acuden “a por el dinero” y, lo que es más, aquellos papeles circulan de unas manos a otras sin que se ejecute la obligación, es normal que “se crezca” y empiece a emitir una cantidad de papeles superior al numerario que, efectivamente, guarda en sus arcas, y que, con la experiencia, calcule cuál es la cantidad de billetes y monedas que realmente le vienen a pedir, y “ajuste” el importe de sus préstamos a esa cantidad. Esto, inevitablemente conlleva que el prestamista haya prestado una cantidad muy superior a la que tenía y que el dinero creado y circulando sea muy superior a la que correspondería si hubiera apartado en su caja fuerte la parte de dinero que había ido prestando vía papelitos, en cuyo caso la masa monetaria no hubiera aumentado: se habrían cambiado monedas y billetes por papelitos, nada más.
          Todo este negocio se basa en la confianza que la sociedad tiene en que el prestamista (al que todavía no hemos llamado banquero), pague “a la vista” sus deudas(*). De hecho lo que vende es “confianza”, una variante del “humo” menos tóxica para los pulmones pero más para el bolsillo. Con el nacimiento de la banca “moderna” esta confianza se refuerza, no se sabe muy bien por qué, toda vez que las quiebras bancarias has sido reiteradas y desastrosas a lo largo de toda la historia del capitalismo; pero lo cierto es que se refuerza, quizá con la idea de que puesto que recogen depósitos y a la vez prestan, la solvencia de unos garantiza el cobro de los otros. Y por supuesto, al recibir dinero, la capacidad para prestar, que ya estaba sobredimensionada en el prestamista como vimos hace un momento, todavía aumenta más.
        A estas alturas podemos distinguir, en todo el dinero creado, dos tipos según su creador: el dinero “público” y el dinero “privado” y éste último puede tener un origen comercial o financiero. La denominación “pública y privada” no nos sirve porque cuando el Estado compra gasolina para los vehículos del desfile del Día de la Raza y lo deja a deber, previa firma de un “papelín” ese papelito es dinero (dinero comercial) pero ha sido creado por el Estado. Podríamos por tanto llamar a los tipos de dinero: “oficial” (monedas y billetes) y “resto” y en ese “resto” distinguir entre “dinero comercial” y “dinero financiero”, que junto con la primera categoría “dinero oficial” forman un lenguaje que yo, más chulo que un ocho, me acabo de inventar para tratar de explicar, no el origen (que ya lo hemos hecho) sino la abundancia, escasez o equilibrio del dinero “versus” las demás clases de mercancías. Pero eso no será hoy, sino ¡mañaaaaaana! (o más bien después de este puente).

(*) Sobre los subterfugios para no hacerlo, conviene leer a A. Smith: el más empleado en aquellos tiempos consistía en obligar al que quería cobrar del banco a aceptar moneda pequeña como pago, de forma tal que se eternizaba la transacción, se hacía difícil de contar y exigía la tenencia de un carro de al menos dos bueyes para poder retirar el dinero “del cajero automático” de entonces. De ahí que una Ley inglesa prohibiera a los bancos pagar cantidades por encima de un determinado importe con moneda pequeña.
 

miércoles, 27 de octubre de 2010

La Amenaza Fantasma II

II
Causas de la (hiper)inflación:

         Primera.- La causa más trivial por la que se puede producir la hiperinflación es porque, de golpe nuestro gobierno nos obligara, cada mañana, antes de salir de casa, a añadir tres ceros a cada billete que tengamos en la cartera, mientras los bancos hacen lo mismo con los saldos de nuestras cuentas (deudores y acreedores), los deudores y acreedores, hacen lo mismo con sus derechos y deudas, los comercios igual... Nada habría cambiado pero los precios de las cosas estarían mil veces más caros que ayer en términos monetarios: eso sí tendríamos mil veces más cantidad de unidad de cuenta en forma de billetes para comprarlo. Se demuestra así de forma evidente que lo importante del dinero no es su denominación, sino el poder de compra que representa. Pero esta causa de hiperinflación no se plantea más que en los tebeos explicativos de cómo funciona el sistema económico. Este caso primero, con ser tan tonto, va a ser repetido otras veces en la serie, lo que demuestra que a veces las simplezas son muy útiles para entender las cosas y que este post ya está escrito en su totalidad y que si lo fracciono es para no aburrir hasta a las ovejas. Pero, de momento, vamos a otras causas más serias.

          Segunda.- La escasez de productos: es la causa que se alega para justificar un futuro espectro de hiperinflación por una parte de la comunidad científica no económica: si los recursos son cada vez más escasos, la gente se peleará por ellos, y la forma de pelearse por ellos en el mercado, no es otra que ofrecer más dinero a cambio de ellos (*). El razonamiento es impecable y, desde luego, la escasez explica el comportamiento de los precios de determinados productos en todos los tratados de economía política desde hace siglos (el clásico caso de los diamantes, que en la naturaleza son escasos**) y, probablemente, si algún día el agua, la arena o el aire fueran escasos, sus precios subirían notablemente: así es de esperar que suceda con el petroleo.
           Pero esta explicación es solamente parcial para determinados productos y no parece que pueda explicar un proceso hiperinflacionista global en todos los productos y en el mismo momento: se irá trasladando gradualmente a los precios a medida que esos productos más escasos se vayan incorporando al proceso productivo (y en tanto en cuanto no existan productos sustitutivos). En el caso del petroleo es indudable que su escasez (y finitud) supondrá un encarecimiento de los productos que son transportados hacia el consumidor, de los transportes de mercancías y personas, de los productos agrícolas que se abonan o tratan con derivados de esa materia... Pero será, insisto un proceso gradual, no por ello menos doloroso, ni ¡ojo! exento de sobresaltos.
          Entre estos sobresaltos está siempre presente, la especulación, que ésta sí, puede generar procesos similares a la hiperinflación: una escasez artificialmente creada de productos (mediante el acaparamiento) para conseguir una subida artificial de precios (el efecto del acaparamiento del dinero lo veremos más tarde). De hecho, la especulación, históricamente, ha servido para crear procesos inflacionistas y aún hoy, los países que concentran la distribución en pocas manos y privadas (como es el caso de España) se encuentran entre los más inflacionistas de su entorno. Un movimiento especulativo de este tipo sí puede abarcar una gran cantidad de productos y hacerlo, además, a la vez, por lo que el efecto hiperinflacionista parece asegurado.
           Tercera.- Abundancia de dinero: es el escenario simétrico al anterior. Puesto que el dinero sólo es una mercancía más (que sirve para facilitar la circulación de bienes y servicios), para que un proceso hiperinflacionista se produzca sólo es cuestión de tocar alguno de los dos platillos de la balanza: o que aumente el precio de las cosas o que baje el precio del dinero. En la causa anterior vimos si era posible generar hiperinflación mediante el aumento “natural” del precio de las cosas (creo que no) o mediante el aumento “artificial” del precio de las cosas (creo que sí). Ahora le toca al otro platillo: generar un proceso inflacionista mediante una bajada del precio del dinero. Si seguimos considerando que un elemento sustancial en el precio de las cosas es su escasez, y creemos que el dinero es una “cosa más” entonces si es escaso su precio subirá (y en proporción a él bajará el precio de las demás cosas) y si es abundante su precio bajará, y en proporción a él aumentará el precio de las demás cosas, con lo que llegamos al punto central de esta causa de hiperinflación: la abundancia de dinero. Resulta además que esta causa, hasta el momento, ha sido el origen de todos los procesos de hiperinflación que en el mundo han sido, con lo cuál es la que deberíamos tener en cuenta más en serio para certificar si la profecía de la hiperinflación en el horizonte resulta cierta.
           ¿Y cómo se consigue que haya abundancia o escasez de dinero? El dinero es como cualquier otra mercancía, por ejemplo, el carbón, la diferencia es que “sí sabemos” claramente como se produce el carbón (arrancándolo de las entrañas de la tierra) y también sabemos “cuando hay abundancia” de carbón (cuando hemos extraído más del que se necesita) y “cuando hay escasez” de carbón (cuando hemos obtenido menos del que hace falta) y cómo se solucionan estos “desequilibrios” (produciendo más o menos). Pero, con el dinero, “ese gran desconocido”, no tenemos por lo regular, ni pajolera idea de cómo se produce (los economistas sí), ni cuando es abundante o escaso (esto no lo saben ni los economistas), ni, por supuesto, cómo se consigue el equilibrio (esto no lo saben ni los premios Nobel). Si a esto unimos que el dinero, para ciertas corrientes económicas, tiene poderes mágicos sobre el comportamiento de la sociedad, o simplemente es un fetiche al que adorar como solución de todos nuestros males, el “cacao maravillao” está asegurado. Pero para que se enfríe un poco habrá que esperar a otro post.



(*) Si se quiere apostar por el sentido común y la supervivencia de la raza humana es evidente que un recurso no suntuario tremendamente escaso debería ser nacionalizado. Con eso no se evita su agotamiento, pero sí el uso racional hasta su liquidación.
(**) También, como descubrieron los utilitarias, un bien es caro si, además de escaso debe ser útil. Un meteorito es algo escaso pero también es de poca utilidad, por lo que no es caro: otro clásico de la economía: el caso del meteorito.

martes, 26 de octubre de 2010

La Amenaza Fantasma I


Prólogo

            Cuando para contentar de nuevo a la aficción y hacer el blog un “poquito” más serio empecé a poner en limpio las ideas sobre la amenaza de una inminente hiperinflación, no me imaginaba que me iba a enrollar hasta el extremo de unas veinte páginas. Sí tenía claro que quería ser lo más ameno posible (para no perder a todos mis lectores) y que precisamente por  esto no debía ser un trabajo de investigación sino de divulgación. 

         Para ello hay que renunciar a los tecnicismos en primer lugar y en segundo lugar, a las citas (en ese sentido el manual del sector público de Stiglitz es magistral: no hay bibliografía al final de cada tema y las citas se suceden de treinta en treinta páginas) y, lo que es más doloroso, también hay que simplificar conceptos, lo que implica, necesariamente, aumentar la imprecisión. A diferencia de los trabajos de investigación en el que se lee, se aprende y se anota dónde se ha leído; los trabajos de divulgación exponen un conocimiento (una forma de ver las cosas) aprehendidas acá y allá, que ahora sería muy farragoso volver a rebuscar(*). Por último, no hay que olvidar que mi idea de un blog es el de una herramienta de propaganda, por lo que (casi) todo debe sacrificarse en torno a este objetivo... Bueno, y ¡al tema! Que diría Aragonés:

I

             Un fantasma recorre el mundo: el de la escasez del dinero: o no lo hay, o no se presta; los tipos de interés de los Bancos Centrales al 0% son demasiado altos. Sólo queda regalar el dinero, o pagar a la gente porque se lo lleve.
           Y mientras tanto otros tantos agoreros llevan años proclamando un nuevo fantasma: el de la hiperinflación, apoyándose siempre en argumentos que son parcialmente (pero sólo parcialmente) ciertos: que si la escasez de materias primas, que si los bajos tipos de interés aumentan la cantidad de dinero en circulación, que si en Estados Unidos se está dando a la máquina de hacer billetes para pagar los planes de estímulo de Obama... Pero, mientras tanto, el fantasma de la hiperinflación se resiste a manifestarse entre nosotros.
          Aunque el concepto de inflación (y de hiperinflación) está claro (“una subida continuada de los precios de las cosas” y “una subida continuada y exagerada de los precios de las cosas” en el segundo caso), las causas que la originan no siempre están claras, ni tampoco cuándo se desata, ni cuáles son las medidas al uso para combatirlas. De hecho, no debe ser muy fácil conocer todo esto cuando el mundo occidental estuvo sumido durante más de dos décadas en lo que se llamó la “stagflation” (estancamiento + inflación) sin saber cómo salir del atolladero. No pretendamos por tanto, que aquí, el listillo que garabatea en este blog (yo mismo) vaya a dar la solución al problema. Pero podemos ver algunas cosillas (lo que inevitablemente, ¡horror! Implica un nuevo post “por capítulos”: ¡cómo los odio!).
            Lo primero que tiene que quedar claro es que se considera que una situación de moderada inflación es positiva para la economía, como lo es la brisa que empuja a los veleros de los ociosos que en este momento están navegando por la mar, mientras tú estás leyendo este blog (a lo mejor en el trabajo). Peor sería que las cosas mantuvieran eternamente sus precio y mucho peor que, encima bajaran ¿por qué?


          Como explico en clase cuando llega el tema en cuestión, un escenario en el que yo sé que las cosas van a bajar de precio, mañana, pasado o al otro, supone que yo espere a esos días para realizar la compra, viendo como, cada día que pasa, mi poder de compra aumenta. Para qué voy a comprar un coche, una lavadora, o un piso hoy, si dentro de un mes estará más barato (¿os suena?): de esta forma la economía se atasca y las únicas compras que se realizan son las estrictamente necesarias (si, por ejemplo, se me ha estropeado la lavadora). 

         En ese estado “permanente” (“día de la marmota”) de “día previo al inicio de las rebajas” , nadie se acerca a los comercios y todo el mundo prefiere tener entre sus posesiones el dinero antes que los bienes. No hay economía que pueda soportar esto: las fábricas y los comercios cierran, el desempleo aumenta... Por eso aunque las "marujas", los "abueletes" y el resto de los mortales se quejan de lo que suben las cosas y les gustaría mantener los precios de “amar en tiempos revueltos”, lo mejor que pueden hacer los economistas, es no hacerles caso.

           El escenario inflacionista, por simetría con el anterior, cualquier lector podría dibujarlo: si las cosas valen más cada cierto tiempo, no se puede retrasar la compra, porque, con el mismo dinero en la mano podremos comprar menos cosas, o cosas de menor valor: el dinero en las manos y no las cosas es lo que “quema” y todo el mundo tratará de tener en su patrimonio, la menor cantidad de dinero posible y el mayor número de cosas posibles, incluso, si el escenario es muy inflacionista, para ir vendiéndolas a medida que se necesite. Esta situación inflacionista, si es moderada, “espolea” al comprador para que realice sus compras con celeridad y ayuda a la producción de bienes y servicios porque, normalmente, van a encontrar demanda. De ahí las predicadas bondades de una inflación, repito, moderada.

          Pero el tema que nos ocupa no es la “inflación moderada” o “brisa”, sino la inflación descontrolada, hiperinflación o “huracán kondor de las inflaciones”. Tendremos que esperar al próximo post para ver sus causas.
 


(*) Pero sí hay un artículo que me interesa citar: a su debido tiempo.