"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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jueves, 7 de junio de 2012

Duty Free IV


              España... El país del ladrillo, las autovías y el AVE... el gusto por el hormigón en posición horizontal y vertica... Vamos a analizar la cuestión de los caminos, senderos, carreteras, carreterillas, autovías y autopistas.

            Como ya he comentado en este post, la empanada que debajo de la boina llevamos los españoles nos hace creer que el progreso viene a causa de las infraestructuras en lugar de ver que primero es el progreso y luego las infraestructuras: plantando un aeropuerto en Villarriba o una estación de AVE en Villabajo habremos convertido estas dos villas en polos de desarrollo mundial; si no ponemos esas “cosillas” en estos pueblos ya sabemos cuál es la causa de su atraso: no es que estén todo el día de fiesta, haciendo paellas y jugando con las burbujas del “fairy": es que precisamente por no tener AVE y aeropuerto no pueden desarrollarse. ¿La culpa? De los políticos naturalmente, que no han traído inversiones para su pueblo.

             De esa época y forma de pensar viene la maraña de carreteras de doble vía que inundan nuestro país. El beneficio social de poder transitar en vehículos de transporte individuales a toda pastilla y de favorecer (subvencionar) el ineficiente transporte de mercancías por carretera, se compensa con el coste social que supone que, por donde pasa una autovía, se destruye un paisaje y se consigue que, lejos de atraer inversiones, los paisanos de los pueblos por dónde pasa huyan a toda velocidad de sus lugares de origen, bien para no volver, bien para volver sólo a dormir, convirtiendo lo que hasta entonces eran núcleos agradables para vivir (con su tienda, su farmacia, su plaza, bar...) en cárceles en régimen abierto.

           Pero, en fin, hecho el daño, vamos a ver cómo lo pagamos: identificamos beneficiarios en primer lugar. Aquí es difícil encontrar otros que no sean los usuarios, bien a título particular, bien bajo la forma de empresas que trasladan sus mercancías, sin olvidar la propias empresas de transporte de mercancías y de viajeros.

             Apartándome de la ortodoxia “progre” habitual, la verdad es que no veo problema para que sean los usuarios las que paguen su construcción y mantenimiento, bien vía peaje, bien vía impuesto especial (sobre hidrocarburos). Incluso se puede ir más lejos: imposición adicional sobre los vehículos de más cilindrada, o sobre los que más destrozan la infraestructura (camiones). Lo que no acabo de ver es por qué una autovía de Granada o una autopista de Cataluña la tiene que pagar una ancianita en una residencia de Lalín.

             Económicamente el precio del peaje, si el que lo soporta es un empresario, lo trasladará, vía precios en la venta de sus productos, que reflejarán, de mejor forma los costes que ha supuesto su movimiento, que no es sólo el combustible y la amortización de la caja y la cabeza tractora sino también el suelo que pisa el camión y el medio ambiente que destroza. Con un poco de suerte el consumidor se dará cuenta, por el bolsillo, de lo caro que resulta el tomate de Almería respecto del de Mansilla, viviendo como vive en León, algo de lo que hoy no se entera: el producto autóctono le parece caro respecto de un producto lejano, más barato porque entra con “dumping” derivado de que parte del coste de transporte lo pagamos entre todos.

            Respecto de los consumidores finales que transitan por esas vías y que pagan o pagarán peajes tampoco me parece que puedan alegar nada en su favor: después de todo conducen un medio de transporte individual (que, por cierto, contribuye como nada a crear una conciencia individualista), insolidario y agresivo (contra el medio ambiente y contra todo lo demás): tendrán que valorar lo que supone esa forma de moverse. 

           A estas alturas de la película, muchos de los lectores que todos los días, para ir a trabajar, pagan peajes sin cuento se habrán indignado: después de todo su posición varía algo respecto del “turista accidental”: se ven “obligados” a pagar para ir a trabajar, bien porque no podían vivir en otro lado, bien porque no podían vivir en régimen de propiedad (como buenos franquistas) en otro lado, bien porque no valoraron bien los costes de vivir en el saludable e individualista ambiente de una urbanización. Cada caso será un mundo pero, siendo coherente con lo que he indicado en capítulos anteriores, aparece aquí un nuevo beneficiario de que el factor trabajo se sitúe, el solito, a pie de fábrica: pues tendrá que contribuir también a costa de que el viajero-trabajador habitual obtenga una tarifa plana o que pague el peaje con reducción de precio, aunque siempre será mejor la de potenciar el transporte colectivo con exención, incluso, de peajes para los autobuses.

             Aunque claro, eso implica “bajarse de la burra” y empezar a compartir conversaciones y sudores con los demás: algo inaceptable, ¡hasta ahí podíamos llegar!