"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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domingo, 24 de junio de 2012

Crisis de la Deuda Pública (y III)


 

10.- La otra opción para restablecer el neto patrimonial es la generación de beneficios. En el sector bancario los beneficios se generan al prestar a un “tipo superior” al que captan el pasivo. Ese “tipo superior” podría ser incluso inferior en los casos en los que se crea “dinero bancario”. Como se indica en la pantalla el pasivo entra al banco por el BCE, por la recapitalización descrita anteriormente (que reviste forma de dinero), por fondos estatales (esta vez en forma de préstamos) y por otras fuentes “convencionales”. El activo se obtiene por los préstamos “convencionales” y por la compra de deuda pública. El pasivo captado y aplicado a la compra de deuda pública se ha convertido en el producto estrella: otorga rentabilidad (obtienen más que lo que van a pagar de intereses) y es más seguro. Entre sus inconvenientes está el daño a la sociedad que realizan por especular contra nosotros (prima de riesgo), obtener beneficios a nuestra costa y expulsar al sector privado como destinatario (en posición de prestatario) del dinero captado. Con estas operaciones tampoco se crea “dinero bancario” con lo que se genera iliquidez en el sistema financiero.




11.- Hay tres problemas especialmente graves en esta forma de ayudar a la recapitalización que conviene señalar en un aparte: por un lado la posible ventaja de una ayuda a más largo plazo (y por tanto menos gravosa que concederla “de golpe”) se contrarresta con el posible progresivo deterioro de sus activos que el propio mecanismo autoalimenta (al golpear contra la economía real, por ejemplo con la falta de financiación de inversiones productivas). En segundo lugar, al especular contra la deuda, agravan los problemas de financiación y déficit del Estado, abocándolo a la quiebra. Por último es dudoso que los beneficios obtenidos se destinen a restablecer el neto, pues la tradición bancaria los deriva hacia el pago de dividendos (un banco “vende credibilidad” y un banco que no da o reparte beneficios está muerto) y la exorbitante remuneración a los directivos.



12.- Falsas soluciones: estas soluciones están basadas en mantener el “statu quo” de acreedores y deudores, por lo que no solventarán el problema. Podemos citar las dos siguientes: los eurobonos y el rescate bancario.

Ésta última, que es la que se ha elegido (o impuesto), plantea exactamente los mismos problemas que la recapitalización con deuda pública ya expuesta: lo único que difiere es que el dinero nos lo prestan sin necesidad de ir al mercado a cambio de dos tipos de condiciones: financieras (interés) que pudieran ser más beneficiosas, y políticas (reformas, desmantelamiento del Estado de Bienestar...) que son mucho más onerosas. Aunque este segundo grupo de condiciones no estén explícitamente presentes, el hecho de que se trata de préstamos que hay que devolver, con intereses, implica, con independencia del carácter presupuestario o extrapresupuestario que se quiera dar a los flujos financieros de este rescate, que “habrá que quitar de otras cosas”, pues lo primero (actual mandato constitucional) es pagar nuestras deudas.

La otra falsa solución son los “eurobonos” en cualquiera de sus modalidades: en los casos más “tibios” lo que ocurre es que los países de la U.E. son responsables subsidiarios del pago de la deuda pública española, lo que no altera la naturaleza del problema ya planteado, aunque pueda relajar las consecuencias (prima de riesgo) derivadas del miedo a un posible “default”. El Eurobono más “fuerte”, es decir, aquél emitido por la U.E. Cuyo dinero luego se reparte a los países necesitados de financiación al mismo tipo e incluso se devuelve por la propia U.E. A partir de aportaciones de los países menos necesitados, en el mejor de los casos provocará transferencias de rentas de los países ricos a los pobres, lo que supone que serán todos los ciudadanos de la Unión los que paguen las pérdidas del sector privado bancario.



13.- La solución: la solución al problema bancario, de deuda o, en general, la salida de la crisis económica actual pasa, COMO ÚNICA ALTERNATIVA por una redistribución de rentas: se necesita un “new-new deal”, la transferencia de riqueza desde los más ricos a los más pobres. Con el problema de la deuda, la solución es fácil de aplicar: se trata de quitar renta a los acreedores y dársela a los deudores; se trata, en definitiva, de CONDONAR DEUDA: la condonación de todas las deudas existentes, supone de hecho, ver perder a los acreedores parte de su riqueza y ver recuperar a los deudores parte de la suya. En ese momento los segundos podrán empezar de nuevo a consumir y se recuperará la producción de bienes y servicios.

Los mecanismos para condonar las deudas son dos: por un lado el “mecanismo concursal”, que establece quitas (condonaciones parciales) y esperas (diferimientos en los pagos). Este mecanismo privado puede y DEBE aplicarse, por un lado a los bancos (dejarlos caer, que entren en concurso y sus acreedores cobren lo que puedan) pero también a los Estados.

El segundo mecanismo pasa por la emisión de moneda por parte del BCE y su distribución a los Estados miembros. Esto supone una erosión del valor real de las deudas que beneficia al deudor y perjudica al acreedor (aparte de otros beneficios derivados de la inflación como es el aumento del consumo y la huida de la liquidez...).

En definitiva y como conclusión, la ÚNICA salida de la crisis económica, financiera, de deuda... es un nuevo reparto de la riqueza y una CONDONACIÓN de las deudas públicas y privadas generadas (muchas veces de forma ilegítima) en la última época de crecimiento.



miércoles, 20 de junio de 2012

Crisis de la Deuda Pública II


 

5.- Soluciones mercantiles a la crisis del sector bancario: La solución a un problema de fondos propios negativos (“maxima insolvencia”) es, en el ámbito empresarial la misma: por un lado el concurso y por el otro lado o bien la ampliación de capital y, por el otro la generación de beneficios.

Esto en este sector y momento se ha definido como “recapitalización” la primera, y como “especulación con la deuda pública” la segunda. Ahora veremos cómo y por qué.



6.- Recapitalización: Consiste en aumentar el neto patrimonial participando en los fondos propios de la entidad. Cuando una empresa tiene este problema los propios accionistas desembolsan esa cantidad con el fin de que la empresa pueda continuar con la actividad una vez restablecido el equilibrio entre masas patrimoniales. Por supuesto de ese dinero que se inyecta no se puede garantizar en absoluto su recuperación: se han convertido en fondos propios de la entidad de los que el accionista no conserva ningún derecho de recuperación (“arriesga en la inversión). Cuando los accionistas no quieren o no pueden realizar esa aportación buscan otros inversores que lo hagan.

Esto es exactamente lo que ha sucedido con el sector bancario: se intentó en primer lugar la recapitalización entre los propios socios, o con otros socios privados (SIP, fusiones, salidas a bolsa...) con el desastroso resultado que se ve ahora, porque todos mintieron: mintieron al cuantificar la necesidad de recapitalización al mentir sobre lo dañados que estaban sus balances, y mintieron también buena parte de los nuevos “socios” (en las fusiones) que estaban tan mal como ellos pero que aparentaban buena salud.

Ahora sólo queda el sector público para recapitalizar. Lo hará a través de los fondos (FROB...) de la misma manera que hemos visto antes: dinero a cambio de participaciones/acciones (activos financieros), en algunos casos especialmente garantizadas (por insolventes reconocidos): es lo que se llama “nacionalización”: el Estado pasa a ser propietario de la mayoría de las acciones de un banco, pero, “pequeño truco”, no por su valor real (0 o negativo) sino por la cantidad que ha tenido que inyectar para que el banco se tenga en pié.



7.- ¿Pero de dónde saca el Estado el dinero?: No lo tiene, por lo que lo tiene que pedir prestado a los “mercados”. Pero, con la crisis actual el Estado también tiene que pedir prestado “para lo suyo”. Lo suyo es para cubrir el déficit que surge por la diferencia entre los gastos “propios” del Estado y los ingresos que obtiene. En el gráfico se ve perfectamente, a partir del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2.012, lo que la Administración Central del Estado necesita pedir prestado “para lo suyo”: la diferencia entre los ingresos y los gastos por operaciones no financieras: unos treinta mil millones de euros (a esto habría que añadir el déficit de las demás administraciones, autonómicas y locales) para llegar al déficit del conjunto del Estado).



8.- A ese dinero a pedir prestado hay que añadir lo que se pide prestado “para los bancos”. Si repasamos los ingresos y gastos presupuestados para 2.012 siguiendo la clasificación económica, nos encontramos con la “ausencia” de los llamados ingresos del capítulo 9 (pasivos financieros) que siempre se disimulan de forma que no podamos saber, hasta el final del ejercicio, en cuánto nos hemos endeudado, pues ese capítulo es el que indica la deuda pública que hay que emitir y colocar. Pero si “apilamos” los ingresos y gastos financieros y no financieros conocidos y sabemos que el presupuesto debería presentarse formalmente equilibrado, ya sabemos que no deberíamos endeudarnos en más de los ochenta y cinco mil millones de euros que se indican ahí, de los que, en mi opinión sólo son legítimos los indicados para cubrir el déficit no financiero del estado, y, como mucho, renovar la deuda pendiente (gasto capítulo 9), aun cuándo este capítulo ya llevará una parte de ilegitimidad. Si finalmente nos endeudamos, como me temo, en el entorno de los ciento cincuenta mil millones (ya el rescate nos va a acercar a los doscientos mil millones), nos encontraríamos con el caso que muestra la pantalla: otros sesenta y cinco mil millones de deuda ilegítima que habría que asumir.



9.- Endeudarse no es gratis. Al menos hay tres efectos que hay que denunciar: por un lado tenemos lo que se llama el “servicio de la deuda”, que consiste en pagar intereses y devolver el principal. El pago de intereses se contabiliza en el capítulo 3 del presupuesto de gastos y ese capítulo SÍ afecta al déficit del Estado, con las consecuencias conocidas (control de la U.E. Que obligará a reducir otros gastos como la Sanidad, la Educación...). La devolución del principal se articula a través del capítulo 9 del presupuesto de gastos que, como hemos visto, también precisa de financiación en un escenario como el actual: habrá pues que volver a pedir prestado para pagar los préstamos vencidos en un ciclo sin fin.

El segundo riesgo es de la desconfianza hacia el Estado, que aumenta a medida que pide más dinero porque, al igual que sucede en el mundo “micro”, cuánto más debes más riesgo hay de que acabes no pudiendo pagar tus deudas: esto es lo que hace aumentar la prima de riesgo, o, dicho de otra forma, es lo que hace que se nos pida un interés más alto porque existe un riesgo mayor de insolvencia. E incluso, llegará un momento en que no se nos preste a ningún tipo, por elevado que éste sea, porque se piense, a ciencia cierta, que lo prestado no va a ser devuelto.

El tercer riesgo es con la Unión Europea: lo que se se está haciendo, sustituir al sector privado (que no prestaría a ciertos bancos a ningún tipo) por el público al que prestan a regañadientes, es una AYUDA DE ESTADO, prohibida por la Unión Europea: si esto se acaba considerando así, el Reino de España debería asumir un expediente de infracción y pagar la sanción correspondiente. Esto tras el rescate parece que se abandona, o por lo menos convierte en cómplice a la Unión Europea de las ayudas de estado que a este sector se están concediendo.

(Continuará...)

martes, 19 de junio de 2012

Crisis de la Deuda Pública I


¿Cómo hacer frente a la deuda? Estrategias financieras frente a la crisis a nivel regional, estatal y europeo.


(Jornadas organizadas por FEANSAL y ATTAC Andalucía. Parlamento de Andalucía. 15 de Junio de 2.012)

 
1.- Crisis...¿Qué crisis?: Los expertos tratan de explicar el origen de la crisis actual a partir de distintos factores: psicológicos, financieros, de valores, de escasez de recursos... Probablemente todo esto haya influido pero, en mi opinión, nos encontramos ante la “típica” crisis económica que genera el capitalismo: exceso de producción, o más bien, desplome del consumo debida al deterioro de las rentas reales de la mayoría de la población sostenidas artificialmente por el crédito y por el abaratamiento de los productos derivado de la globalización.

Dos explicaciones “novedosas” de la crisis actual, aunque incorrectas en parte, me parecen especialmente interesantes: por un lado las que hablan de “crisis de deuda (pública)” porque describen el actual estado de cosas, olvidando que se trata de una nueva etapa de un proceso de traslación de pérdidas del sector privado al público. La otra interpretación es la de que “esto no es una crisis, es una estafa”... y tiene un punto de razón: la socialización de las pérdidas (y la privatización de los beneficios) del sistema económico en el que vivimos muestra los aspectos que coinciden con los del tipo legal de la estafa.




2.- La actual crisis de deuda en España: Las causas de lo que está pasando con bancos, créditos, deuda pública, prima de riesgo... en España tiene su origen en el endeudamiento de sector privado en este país en los años del “espejismo de la riqueza y el crecimiento”, originado, a su vez, por la liberalización del suelo, la entrada en el euro, el crédito barato y la falta de alternativas de inversión. La crisis económica (mundial y capitalista) convierte ese endeudamiento en insostenible y traslada sus costes al sector público. ¿Cómo lo hace? Mediante la concentración de las deudas en el sector financiero y la posterior intervención del Estado en su salvamento.



3.- ¿Cómo se realiza este proceso? La pantalla muestra el funcionamiento y tamaño de un banco que, es, en realidad, la suma de todos los activos, pasivos y netos que las entidades de crédito declararon en el Impuesto sobre Sociedades en 2.006. Es curioso, porque el conjunto de los activos bancarios declarados ese año se situaba en el entorno de los dos billones de euros, en 2.002 estaba en el billón de euros, mientras que en 2.009 (último dato disponible) rebasa los tres billones: esto supone que en ocho años el tamaño del sector bancario se ha triplicado, lo que da una idea de la hipertrofia que tiene nuestro sector financiero.

Del gráfico me interesa destacar dos aspectos clave: contra lo que la gente realmente cree un banco no está contablemente “en quiebra” por su actividad (aunque sí en peligro constante): se observa un neto patrimonial (la diferencia entre activos y pasivos exigibles), exiguo pero existente. Mucho más pequeño que en el sector no financiero porque no necesita “retener beneficios para realizar inversiones” con lo que su política es la del inmediato reparto del beneficio obtenido. Como tampoco pensaron que necesitarían retener beneficios pensando en insolvencias futuras, la ridícula franja de fondos propios que la gráfica muestra demostraba, ya entonces, su vulnerabilidad.

La otra idea en la que quería insistir es que los activos del sector financiero son especialmente volátiles a diferencia de los de otras empresas (almacenes, máquinas, instalaciones, explotaciones...): basta una mera insolvencia de los agentes que se muestran a la izquierda de la pantalla para que la situación cambie radicalmente.




4.- ¿Y como cambia?: Lo que se ve en esta pantalla es un simulacro (más bien realidad) de lo que en las masas patrimoniales de un banco sucede cuándo se deterioran los activos: éstos se “encojen” (disminuyen), mientras que los pasivos (los agentes a los que el banco debe dinero) siguen ahí: ahora el pasivo exigible supera a los activos, los fondos propios pasan a ser negativos y se produce el conocido “agujero” bancario que hay que tapar. El “agujero” será mayor cuánto mayor sea la caída de los activos. Pero como además los activos no se “caen” todos al mismo tiempo, ni sabemos siquiera cuántos lo harán (dependerá entre otras cosas de la gravedad y duración de la crisis), ni sabemos tampoco lo que realmente valen muchos de ellos, es por lo que es IMPOSIBLE saber las necesidades de refinanciación del sector bancario en España. Si fuéramos tan catastrofistas como para pensar que todo el sector se hundirá, entonces sí tendríamos la cifra de los tres billones de euros, y sabríamos también que no hay dinero en el mundo para solucionarlo.

(Continuará...)

jueves, 5 de abril de 2012

Un informe vale más que mil palabras

               Correo enviado esta tarde al foro JUFIGLO de  ATTAC:

              "Presentado el proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2.012, los medios han centrado su atención en analizar dónde se han producido los recortes (educación, i+d, cultura, cooperación...) Apenas se han detenido a detectar que no todos los gastos sufren recortes: hay uno que crece considerablemente: el pago de los intereses de la deuda pública (casi 30.000 millones de euros se van en ese capítulo).

                  Se pretende hacer creer que ese pago de intereses va a asociado a la Deuda Pública necesaria para financiar el déficit pero eso no es cierto. El Estado Español ha acudido (y lo sigue haciendo) a la captación de capitales ajenos para luego "prestarlos" a la banca privada: es decir, que pide prestado para luego prestar, ese segundo "prestar", es un eufemismo (FROB, Fondo de Activos financieros...) porque ni la banca lo va a devolver nunca, ni siquiera va a pagar los intereses.

               Todo esto lo anuncié en un artículo que, desgraciadamente y quizá porque era muy árido, sólo tuvo difusión en este foro (JUFIGLO). Tiempo después El País reconoció que la cantidad prestada a los bancos superaba los cien mil millones de euros como indicaba en mi informe... Ahora los PGE confirman que mi otra apuesta, la de que los intereses de esa Deuda Pública espuria (que no se genera para cubrir el déficit de los servicios públicos sino para captar dinero para la banca) acabarían ahogándonos.

                   Por si alguno se lo perdió, os reenvío el trabajo.
Saludos,"

               Lo dicho. Aquí está el informe

martes, 25 de octubre de 2011

Trilogía: eclipse


             El efecto dominó (que los cursis llaman “efecto mariposa”) al que nos tiene acostumbrados Marron en el Hormiguero, se va a desarrollar, en dimensiones dignas de figurar en el libro Guinness, en Europa, si dios (al que Rajoy ya ha pedido ayuda) no lo remedia.

             La primera pieza es Grecia. Con una quita del cincuenta o del sesenta por ciento, al fin, parece, que los ciudadanos de ese país van a empezar a respirar. Pero como en todos los concursos de acreedores, lo que el acreedor deja de pagar, lo soporta el deudor. Así llegamos a la segunda pieza: los bancos europeos. Estos, como en las bifurcaciones de las fichas de dominó, doblan el problema:

-         Por un lado tendrán que dar de baja estos créditos de su activo, o al menos reducirlos en el importe de la quita. Con sus activos menguados el problema inmediato, especialmente en una entidad de crédito, es conseguir otros, puesto que en estas entidades sus activos respaldan sus pasivos (entre otros el dinero que tenemos depositado los impositores y que ya ha sido “represtado” varias veces): a recapitalizar tocan, pero con la que está cayendo ¿quién va a ser el recapitalizador que las recapitalice? ¡qué pregunta!¡pues los de siempre! Con dinero público, claro está. Pero previamente, y por cortesía de insolventes como Salgado se intentará algo de "contabilidad creativa" para salir del paso, sin tener que recapitalizar de verdad: un poco de "polvos mágicos", que si los convertibles computan, que si también tienen que computar los clips y grapas de las sucursales, etc. Pero el conejo no saldrá de la chistera por arte de magia, ni es posible que gente como nuestra Ministra sean capaces de engañar a nadie, y menos a los mercados, durante largo tiempo

-         Por otro lado adiós a los beneficios en la cuenta de resultados: adiós al pago de dividendos y caída libre de la capitalización bursátil. El tenedor de las acciones de estos bancos verá como baja su cartera (que tendrá que provisionar), con el mismo problema ya visto, de forma recurrente, hasta alcanzar el confín de este mundo globalizado financiero.

           Esto en el mejor de los casos: lo cierto es que por el camino, como sucede en el programa de Motos, habrá fallos y algunos bancos se hundirán para siempre, serán irrescatables: esto acarreará una nueva contracción del crédito y problemas que se trasladarán a todas, sí  a todas, las economías reales de los Estados de la Unión Europea. Pero nada, nuestros líderes como la orquesta del Titanic... A tocar hasta que esto se hunda. Hasta el “neocon” Rubalcaba metido a “rojo” por exigencias del guión, se niega a hablar de Banca Publica: pues nada, a seguir regalando dinero a la banca privada para que tape, si es que puede, las vías de agua con un par de esparadrapos y un chicle.

            Al principio de la crisis, cuando se nos llenaba la boca con la pretendida solidez de la banca europea en general, y de la española en particular, nos reíamos de los pobres yanquis y de sus hipotecas “ninjas”, luego reempaquetadas en cdo’s, cso’s, csu’s y similares. ¡Zas en toda la boca! Ya tenemos nuestros guerreros japoneses en escena, sólo es cuestión de esperar a ver quién hace el papel de Lehmann Brothers... ¡Se admiten apuestas!

jueves, 6 de mayo de 2010

Cornudos y apaleados

            O “Humillados y ofendidos” en la versión "dostoyevskiana" del término. Es lo que se ve en la mayoría de los blogs y medios de comunicación y también aquí, en algunos comentarios. Que si el problema de España, Grecia, Portugal... es que somos todos unos vagos, que si tenemos malos gobiernos, que si estamos todo el día de juerga, que si nos creíamos ricos y ahora viene el castigo divino... Como diría Borja Pérez: “¡qué fácil es criticar!"(*)

             Atribuir el devenir de un país a la "banalidad” de sus habitantes, a un determinado rasgo de su conducta, de sus costumbres o de su folklore es de una simplicidad absoluta rayana en lo que hace tiempo oí a una señora: “los negros, no sé, tienen  algo en la cara, que te hace pensar que te van a comer vivo”. Seguramente estaría influenciada por los dibujos en los que se ve al explorador o al misionero dentro de una gran olla, con un corro de negritos bailando alrededor. Faltaría decirle a la señora que, para que la realidad coincidiera con su imaginación, faltaba que llevaran un moño sujeto con el hueso de algún hombre blanco.

         No voy a entrar a descalificar las opiniones sobre la sinvergonzonería y vagancia de los latinos con los mismos argumentos que emplean ellos, empezando por decir que unos suecos crearon el portal “piratebay” o que la Casa Real Británica provee una buena muestra de jetas, vagos y sinvergüenzas superior a la de cualquier hogar griego, italiano o español.

         La mejor o peor fortuna de los países (mejor dicho de las sociedades) depende esencialmente de las oportunidades de las que hayan dispuesto y hayan sabido aprovechar. 

           Este argumento es aplicable a todos los países subdesarrollados: todos los países africanos no han sabido aprovechar las suyas (por eso se dice que tienen dirigentes corruptos, incompetentes y sanguinarios), ni los de latinoamérica (mismos argumentos) ni los del este de europa (ídem), ni los de Asia Menor (otra vez lo mismo). En resumen es la traslación a los países del viejo principio liberal según el cual “el que es pobre es porque se lo merece”.

             Pero ¿de verdad muchos de estos países han tenido alguna oportunidad? Porque si no tienes oportunidades es muy difícil saberlas aprovechar (¿a alguien le ha tocado la lotería sin jugar?) Esos países, en lo económico, han pasado de ser explotados directamente por los países europeos, a ser explotados indirectamente por las multinacionales. En lo político han pasado de ser sojuzgados por una administración extranjera, a serlo por unos lacayos (indígenas eso sí) de las multinacionales que los explotan.

             Y en el “club med” ¿qué pasa? ¡Hombre! ¡oportunidades, oportunidades sí ha habido!. ¡Ahí está!, dirán muchos: los españoles no hemos sabido aprovechar nuestras oportunidades y así nos va. ¿Seguro? 

              En el fondo con las oportunidades pasa como con la lotería: cuántas más tienes, más fácil es aprovechar alguna. Si tu padre, con apuros, puede pagarte una carrera, si luego resulta que esos estudios no te gustan y la abandonas, habrás desaprovechado tu oportunidad, tu única oportunidad. Sin embargo, si eres hijo de un multimillonario no tienes ningún problema: podrás cambiarte de carrera cuántas veces quieras hasta encontrar la que te gusta o en la que destaques: habrás, al final, aprovechado tu oportunidad. No todos los países tienen iguales oportunidades: depende del momento y de la “potencia” de uno y otro:  dudo que al imperio romano se pudiera oponer con éxito una aldea gala, más allá de las historietas, y dudo que en la actualidad los países desarrollados tengan las mismas oportunidades que los demás. 

          El país que tiene más oportunidades a su alcance es Estados Unidos. Podrá desaprovechar las que quiera, porque siempre le quedará alguna: y tanto va el cántaro a la fuente... 

            En Europa sucede otro tanto: los países más desarrollados tienen más oportunidades que los demás y no son las mismas las oportunidades de Grecia o Portugal, que las de Francia y Alemania. De hecho, como indicaba en un post anterior, nuestras oportunidades para competir con ellos era tradicionalmente la devaluación de la moneda. Era nuestro único cartucho. Ahora, ni siquiera éste existe.

          La pregunta del millón es ¿por qué esos países han logrado acumular esa cantidad de capital, de “potencia” que les permite contar hoy con más oportunidades para capear el temporal que nosotros. La historia es un libro abierto: mientras en esas sociedades se potenciaba el comercio, la libertad de pensamiento, la ilustración y también se producían las primeras luchas entre una clase emergente, la burguesía y otra decadente, la feudal (o la lucha entre terratenientes e industriales y comerciantes en el Reino Unido), aquí seguíamos bajo las garras de la Iglesia y la opresión de las clases dominantes (dueñas de la tierra). Y cuando este país intentó salir de ese atraso, una Guerra Civil instigada por esos poderes la devolvió de nuevo a las cavernas. Sí, esos mismos que ahora nos llaman holgazanes y despilfarradores, son los mismos que llevan siglos robándonos oportunidades de progresar. ¡Qué cara más dura!


(*) Escribo esto desde Budapest, en una reunión de Administraciones Tributarias. Mis lectores más críticos pueden sentirse satisfechos al saber que la Agencia Tributaria, es, de lejos, la mejor Administración de Europa. Y si esto sucede en éste ámbito, qué tanto no sucederá en otros que no conozco. Y pese a todo nos auto-consideramos unos mierdas. A ver si al final nuestros problemas se solucionan yendo al psicólogo.

domingo, 2 de mayo de 2010

Griego. Completo. También domicilios y IV.

         En este lado del “ring” están los personajes descritos en los posts anteriores: el apestoso jugador del casino del primer post, el acreedor del segundo post, y el economista-ideólogo del tercero. En el otro lado del cuadrilátero el resto de los mortales, poderes públicos incluidos, aunque a éstos conviene no darles la espalda porque no está muy claro el bando al que sirven.

         Cada uno de los tres mosqueteros del capitalismo tienen, además, superpoderes. El jugador de fortuna, como hemos visto, es capaz de movilizar gran cantidad de recursos con muy poco dinero en mano, mediante el truco llamado “apalancamiento financiero”: con 100 puede hacer que parezca que va a mover 100.000 o 100 millones y con poco más puede aparentar mover una cantidad superior a varias veces el PIB mundial, por lo que el tamaño de la presa no importa: podría tragarse a los Estados Unidos sin pestañear. Vamos, que despliega una fuerza irresistible. Hasta ahora había practicado en el gimnasio en operaciones contra “monedas” (contra la libra, contra el peso mejicano, contra las monedas asiáticas) y siempre le ha salido bien. Ahora prueba con deuda pública, aprovechando la falta de solidaridad entre Estados de la Unión Europea, que hace que la moneda sea única pero los instrumentos de financiación pública sean tantos como Estados miembros y que unos Estados -Dios nos libre- NO garanticen las emisiones de otros (o todos a todos, de forma solidaria) de la misma manera que el padre avala el préstamo que el banco hace a su hijo (esta solidaridad familiar jamás la veremos en la Unión Europea). Sabe que si hace una apuesta, por ejemplo, por la caída del valor de la deuda de un país, o por la subida, o por la bajada de tipos, o por la subida, o por el riesgo de solvencia o del de insolvencia, o por el color de ojos de las nuevas emisiones... por lo que sea siempre habrá un juego de azar disponible, lo que se llama un “instrumento de cobertura”, que le permitirá ganar si acierta en su apuesta. Que la apuesta sea por una predicción “buena” o “mala” al jugador le da igual, no es obligatorio jugar a rojo, se puede jugar a negro, o a par, o a impar, pasa, queda... eso da lo mismo. Jugará a lo que sea más rentable y, como es jugador de ventaja, apostará con cartas marcadas, o en la ruleta donde ha puesto un freno en la rueda. Para ello será capaz de corromper agencias de valoración, gobiernos, entidades de crédito, jugará con dinero propio o ajeno... Hará lo que sea con tal de ganar.
           El acreedor insaciable viene de lamerse sus heridas. Sabe, porque lo sufrió, que pese a tener todo el derecho a su favor, ha perdido batallas con los deudores debido a un factor que al principio despreció: la inflación. Comprobó que gracias a ella su dinero cada vez valía menos y que el deudor, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo, podía devolver más fácilmente el préstamo porque la misma cantidad en términos absolutos, significaba para él menos, dado que, incluso, le habían subido el sueldo en la misma o parecida proporción en la que los precios habían subido. No ganaba poder adquisitivo, pero sí veía que el importe del préstamo que debía se iba haciendo “algo chiquitito, algo pequeñito” frente al resto de sus ingresos y gastos, y eso, de alguna manera, le regocijaba, con la misma rabia con la que el acreedor veía que entre sus activos, el préstamo que había otorgado a ese degenerado también se hacía más chiquitito (sobretodo si lo comparaba con sus activos inmuebles).
             Como esto no podía ser, compró a las autoridades monetarias de todos los países que, de plano, se comprometieron a cumplir un primer mandamiento que, a la postre, sería, el único mandamiento de los bancos centrales: controlar la inflación. Pero como nada es gratis en esta vida, los acreedores tuvieron que tragar con una política de tipos más bajos, así que “lo servido por lo comido” (casi).
            Se presentan ahora a la batalla con ganas de revancha y tienen dos razones para ello. Por un lado ven al alcance de la mano su “paraíso de la deflación”, un escenario en el que el dinero cada día que pasa vale más, porque se pueden comprar más cosas con él y, paralelamente, las deudas se hacen mayores: con cada pago que en el futuro me haga el deudor -piensa- podré comprar más cosas. Ya no es sólo el interés lo que enriquece a este parásito, ahora viene también en su ayuda, la tasa de deflación.
              Pero como es hombre de natural desconfiado, sigue añorando la época del “crowding out” financiero en la que los deudores venían corriendo a la puerta de su mansión, se peleaban unos con otros (demandantes públicos contra privados) y, al final, concedía el préstamo al que ofrecía un tipo más alto. Ahora tiene que ir a buscarlos casa por casa, intentando colocar su dinero: éste no puede porque no tiene necesidad de ampliar el negocio, ése está con el agua al cuello, de aquél no se fía porque cree que no se lo va a devolver... Un calvario. Quizá sólo le quede la opción de prestar a los Estados, pero para hacerlo a un buen tipo necesita que estén verdaderamente necesitados: en principio el mejor cliente es el que ya está casi ahogado y necesita el crédito para salir un poco a flote, al menos poder sacar la nariz del agua. Hay países, como el Reino Unido tremendamente endeudados, pero no son buenos clientes porque su deuda tiene un vencimiento a muy largo plazo. Son mejores los países con vencimientos a corto, no porque estén muy o poco endeudados, sino porque necesitan el dinero ahora: solo es cuestión de agobiarlos hasta que firmen al tipo que sea.
           El tercer superhéroe, el economista-ideólogo, es el más peligroso, pues de los clásicos sabemos que el peor enemigo, por imprevisible, es el más tonto. Actúa “en representación de”, es decir “en nombre y por cuenta de otro”, del capitalista, sin apellidos. Es monotemático: su única obsesión es recortar el tamaño del Estado y, en concreto, por lo que vimos en el post anterior, el Estado de Bienestar. Busca un equilibrio a la baja, aspira a jibarizar la economía: prefiere un motor pequeño, el de una vespino, que gaste poco, aún a costa de que sólo pueda llevar a una persona y una pizza, frente a un motor más grande, como el de un camión, que pueda cargar con toneladas de mercancías, aún cuando hoy, todavía no haya pedidos tan grandes. Ignora, o maliciosamente oculta, que con eso lastra la economía “para siempre jamás, amén” pues cercenando prestaciones sociales, sanidad y escuela, conseguiremos una masa de trabajadores degradados física y moralmente, ignorantes y enfermos que serán la mano de obra de lo que queramos hacer en el futuro. Pero a él esto le da igual, pues sus amos (y él, si le hacen el favor) estudian en el “Icade” y se curan en la “Ruber”; y no necesitan policía porque a la puerta de su urbanización hay un “segurata” con una metralleta. La calle luce muy bonita en Navidad en el barrio de Salamanca, sobretodo si la miras a través de los cristales tintados del Porsche Cayenne. Y esta es la gente que susurran a nuestros gobernantes lo que tienen que hacer, o directamente se lo ponen por escrito (Salir del Estupor) para que no se equivoquen en los deberes. Y los gobernantes, a los que nosotros hemos votado, les escuchan, les hacen caso, porque, de no hacérselo, de seguir los dictados de la voluntad popular, continuará el bombardeo financiero hasta exterminar gobierno, partido y país.
             En la otra esquina del “ring”, decía al principio, están los demás mortales. Esperando a recibir el siguiente palo, entretenidos, mientras tanto entre la Esteban, de Juana Chaos, el velo, el estatut... o sus equivalentes griegos, europeos o mundiales. No sé lo que pasará en los próximos meses, pero temo que el caso griego se contagie a otros países, porque, como he explicado, es una estrategia global de supervivencia del capitalismo financiero desquiciado. Si tuviera que hacer de pitoniso, diría que “me huele” a que se está preparando una burbuja con la deuda pública, (burbuja en la deuda pública) algo que niegan importantes economistas, quizá con razón. Pero creo que la deuda pública y sus derivados se están colocando, o se colocarán en los próximos meses, a unos tipos interesantes (sobretodo la de ciertos países y más todavía si se entra en deflación, algo que evitan, de momento los productos energéticos), lo que derivará en una vorágine de productos financieros exóticos que se venderán y revenderán mil veces por todo el planeta, hasta que el globo vuelva a pincharse, dentro de unos años.
            Es sólo una impresión. De momento mi asesor personal de Banif todavía no me ha llamado para ofrecerme un estructurado referenciado a la deuda griega, a la portuguesa o a la española. Cuando me llame ya os lo contaré. ¡ring, ring, ring! Perdonad, me llaman al móvil. Es del banco. Lo siento, tengo que dejaros.

sábado, 1 de mayo de 2010

Griego. Completo. También domicilios III

         Falta criminalizar al deudor, y de eso se encarga la superestructura ideológica. El capitalismo predica austeridad, ahorro, esfuerzo. Bajo ese principio sólo está justificado el endeudamiento por un “buen fin”: ampliar el negocio. En el ámbito público es el principio presupuestario económico clásico conocido como “principio de autoliquidación de la deuda” (que, por cierto, cayó en el test del segundo parcial de la asignatura): el Estado sólo debe endeudarse para financiar inversiones que le sean rentables en el futuro. En el ámbito particular nos tragamos, a regañadientes, el endeudamiento para la compra de bienes de consumo duradero y sólo admitimos bastante convencidos la adquisición de vivienda con hipoteca, entre otras cosas porque estamos pensando que un inmueble, con el tiempo, aumenta de valor, con lo que endeudarse por una vivienda es, en el fondo, una operación de ahorro (me endeudo hoy por 100, para tener el día de mañana un bien libre de cargas que valdrá 200).

          Fuera de esto, el recurso al endeudamiento es algo de depravados: de gente que no sabe ajustar sus gastos a sus ingresos, que dilapida sus rentas (probablemente asociado a una debilidad o “pecado” como la adicción a las drogas, la ludopatía o el alcoholismo) o que vive por encima de sus posibilidades (incumpliendo así el dicho castellano de “así es la cuerda, así se estira”). El aparato ideológico afirma que mientras que el prestamista es un honrado profesional, laborioso, que se gana la vida mediante una hábil combinación de audacia (es un emprendedor) e inteligencia (domina la matemática financiera) el prestatario (o deudor) es un ser vicioso y consentido, que necesita de ese dinero para seguir manteniendo su desordenada vida. Si se ocupara de ordenar su casa y reducir gastos no tendría que verse obligado a ir mendigando un dinero que sabe que no es suyo y que tendrá que devolver en el futuro, y si no tiene para ello, deberá hacerlo incluso con una libra de su carne (*), se desangre o no con ello. Y, sin embargo, ¡que ironía!: no pueden existir el uno sin el otro, ni el otro sin el uno y sólo habrá solución cuando se superen prestamista y prestatario, mediante la abolición de los préstamos.. Pura dialéctica hegeliano-marxista.
            El aparato ideológico dominante se olvida, por supuesto, que parte de ese endeudamiento de la clase trabajadora procede de la necesidad de mantener un determinado nivel de vida que no puede ser alcanzado por un aumento real de sus rentas del trabajo, porque, precisamente al capitalista no le ha dado la gana de mejorar el nivel de las rentas salariales (a costa de sus beneficios) en el último siglo, ni los poderes públicos han estado interesados en redistribuir la riqueza compensando la molicie del capitalista. Pero eso sí, con dinero propio o de prestado hemos seguido consumiendo sus productos: ¡qué conste!
            No hay diferencias ideológicas entre el maltrato y la vejación al deudor sea público o privado. Si es público habrá que examinar por qué ha sido tan derrochador que ahora se ve sin un duro, teniendo que vivir  de prestado. La causa la aprecia hasta un niño de primaria, pero no un economista "al uso": si la economía doméstica se descompensa porque han despedido a su padre,  el niño sabe que la causa del desequilibrio entre ingresos y gastos no es porque en su familia se derroche sino porque ha dejado de entrar un sueldo en casa. Si hay crisis, el déficit fiscal se produce en su mayor parte por la caída de ingresos y, en mucha menor medida por el aumento de gastos (que, no obstante, algo aumentarán por el pago de prestaciones como la del desempleo): el caso de España es paradigmático en este sentido. El niño se preocuparía si, en el futuro estos ingresos no se recuperaran, si su padre no volviera a encontrar trabajo; el economista, sin embargo, aprovecha el “momentum” y plantea una reforma del Estado basada en el recorte de gastos, pero un recorte selectivo, que evita tocar aquellos gastos que son ingresos para sus representados: básicamente los bienes y servicios que venden sus clientes a las Administraciones Públicas, las inversiones que realizan para el Estado y las subvenciones percibidas por sus representados con cargo a fondos públicos. Todo lo demás es negociable y ¡ay! recortable: prestaciones a familias, sueldos de funcionarios, educación y sanidad producida directamente por el Estado...
          Y, a partir de aquí empieza la batalla.

          (*) Ese hubiera sido hoy el fallo del Tribunal de Venecia.

viernes, 30 de abril de 2010

Griego. Completo. También domicilios II

         Visto el post anterior, como resultado del “juego de mesa” (Disidencia, letra de "Pasen y vean") llamado capitalismo financiero, el mundo se divide en acreedores y deudores. Mientras que el bando de los acreedores es más o menos homogéneo (son los que tienen el capital financiero y lo han “invertido”) el grupo de los deudores es heterogéneo: aquí tenemos a los endeudados por el juego, a los que han tenido que pedir prestado para poder vivir, a los que han comprado un piso con hipoteca, y también, como no, a los gobiernos que hoy tienen más gastos que ingresos y que no les alcanza, con esos ingresos, para cubrir sus compromisos. Une al grupo de los deudores el haber tenido en su momento una necesidad (más o menos censurable) que no han podido atender con sus propios recursos y que, consciente o inconscientemente, han tenido que endeudarse.

           Endeudarse no es gratis. Históricamente, en teoría lo era, porque las religiones cristiana y musulmana prohibían lucrarse prestando dinero y consideraban indigna la profesión de prestamista, que entonces se llamaba usurero, con independencia del interés al que prestara el dinero. En la práctica, como sucedía con la prostitución, la usura existía, sólo que estaba confinada a un sector religiosa, étnica y socialmente apartado de la sociedad: los judíos.
          La reforma religiosa europea introduce un cambio de planteamiento que era necesario para poder entrar, de pleno en el capitalismo: la admisión del préstamo con interés. En realidad las cosas suceden al revés, al igual que por el calor y la presión el agua brota con fuerza de los geissers, la fuerzas económicas en desarrollo, encorsetadas por el modelo religioso, acaban rompiendo ese corsé y exigiendo otro más cómodo. En poco tiempo a la Iglesia Católica, tan puntillosa con la reforma en el mantenimiento del rito, no le hace, en cambio, ascos al nuevo culto al interés, y también se sube al carro, eso sí, al igual que todos, recomendando moderación en el tipo y magnanimidad en el prestamista.
          La traslación jurídica de esta realidad tardará tiempo todavía en producirse. Se requiere reconocer el contrato de préstamo y establecer los derechos y obligaciones de cada parte. Todavía el código civil napoleónico es tibio en estos aspectos, lo que hace que nuestro actual Código Civil, que es ya bastante más que centenario, no atienda prácticamente a este tipo de negocios: se habla de cesión de bienes “fungibles”, de los que se debe devolver igual cantidad, una teoría general sobre a quién pertenecen los “frutos”, pero no se sabe muy bien si se está hablando de dinero, de peras o de aceite. Estas cosas se reservan a la legislación mercantil, una legislación “más sucia” destinada a comerciantes, ladrones y gente poca fe. Hoy en día, resulta curioso explicar, en una Facultad de Derecho cómo los economistas y banqueros calculan el interés (y el descuento) mediante la fórmula del interés compuesto, mientras que, en el mundo jurídico (civil, pero también administrativo y tributario), el único interés previsto es el interés simple, y más divertido es saber que el palabro con el que en Derecho se llama al interés compuesto es “anatocismo”. Todo lo demás, cae en la categoría de los “contratos innominados”.
          Más interesante es saber cómo ha evolucionado la superestructura jurídica en materia de derechos y obligaciones para adaptarse al capitalismo financiero. Atrás quedan los tiempos en los que, como en “el Mercader de Venecia” el prestamista profesional es caneado en los Tribunales de Justicia con razón o sin ella. El modelo económico actual requiere una escrupulosa delimitación de derechos y obligaciones de las partes y sobretodo tiene que definir quién manda en la relación. Y como no podría ser de otra manera, “the winner is”... el acreedor.
             Los primeros tiempos siempre son tiempos de excesos: la prisión por deudas, todavía benévola frente al romano descuartizamiento o esclavización “trans tiberim” del deudor incumplidor. Una vez que la cosa se asienta, el acreedor, la parte fuerte, se consolida en la garantía de sus derechos (empezando por el más controvertido, el del cobro del interés) protegiéndose frente al moroso mediante exigencias de pago puntual, acciones ante los Tribunales, reintegros de gastos y costas, vencimiento anticipado del resto de sus obligaciones, rescisión de determinadas ventas hechas... Y otorgando al deudor un único derecho: el de resignarse. Ni siquiera los procesos concursales (en los que el deudor pide “tiempo muerto”, o un perdón parcial) están pensados en beneficio del que debe y no puede pagar, sino en el principio histórico de no matar la gallina de los huevos de oro o, por lo menos, no hacerlo hasta que no entre en la menopausia(*).
              Este es el escenario jurídico económico en el que nos movemos: un acreedor poderoso, con todos los medios de su parte y un deudor sumiso, al que sólo queda aceptar la que se le viene encima. El acreedor puede decidir no sólo si quiere o no prestar su dinero, sino también a quién quiere prestárselo y a qué tipo. Y una vez firmado el contrato sabe que todo el Derecho le ampara(**). Y como quiera que la gente se endeuda por necesidad y no por vicio (todo lo más por estupidez), los deudores tendrán que aguantarse y pasar por el aro, sean individuos que quieran tener una vivienda, sean Estados que necesiten mantener sus estructuras. Por si fuera poco y al igual que sucede entre la dialéctica capital-trabajo, mientras que un capitalista puede vivir un tiempo sin necesidad del obrero (viviendo de lo que tiene acumulado), un obrero no puede vivir sin “su” capitalista, porque se muere de hambre; al igual, digo, mientras que el poseedor de un capital financiero puede sobrevivir sin prestárselo a nadie, el necesitado de un préstamo que precisa para vivir, no podrá permanecer mucho tiempo sin que alguien se lo conceda, sea en las condiciones que sea.



         (*) En mi opinión las leyes concursales están inspiradas en las conductas antiguas de los salteadores de caminos: mataban a los viajeros para luego robarles, de forma que no pudieran delatarlos. Se dieron cuenta que la clientela bajaba (básicamente porque no repetían), por lo que decidieron simplemente robar y dejarlos con vida, sabiendo que así tendrían ocasión de desplumarlos más veces. Las leyes concursales tratan también de salvaguardar la vida del concursado, para poder seguir disfutando de su zumo más veces.



        (**) La consideración de un contrato como “leonino” por los tribunales de justicia es de una rareza estadística similar a la de encontrarse un billete de 500 euros en el suelo, en medio de la Gran Vía.

jueves, 29 de abril de 2010

Griego. Completo. También domicilios I

          Una aproximación a las causas y consecuencias futuras de la convulsión en los mercados de deuda puede explicarse, de forma irónica, como hice en el post huevos de oro , pero también puede hacerse de una forma más técnica (y más pesada), como me propongo realizar ahora, aunque ello suponga utilizar más de un post, con el objeto de no aturdir al personal. Análisis más ligeros, desacreditaciones o alabanzas a Zapatero, a Merkel, a S&P, a Grecia, a la UE... podéis encontrarlos fácilmente en otros blogs. En idioma gili-bursátil, diré que les dejo a ellos el “análisis técnico” y yo voy por el “análisis fundamental”.

          El primero de la serie, éste, se centra en las causas originarias de todos estos problemas: el análisis de la infraestructura económica. Los siguientes se centrarán en dos superestructuras relevantes al caso: la jurídica y la ideológica. Por último veremos las consecuencias que tales estructuras y relaciones producen. Prometo ser lo más ameno posible, pero no garantizo nada.
            En época precapitalista, el dinero servía como instrumento para facilitar el intercambio de bienes. El fabricante de levitas (*) acudía al mercado, vendía una levita y con el importe obtenido compraba una biblia. El vendedor de biblias vendía un ejemplar al sastre y con el dinero obtenido compraba una botella de aguardiente. La ventaja de utilizar el dinero en lugar del trueque es obvia: facilita los intercambios exactos de bienes que no tienen el mismo precio (restando o suplementando la cantidad de dinero correspondiente) y además permite diferir compras y ventas al momento preciso, sin tener que cargar con las mercancías a todas partes y sin miedo a perder las perecederas. Es la conocida ecuación M-D-M en la que el dinero (una clase especial de mercancía) es un “puente de paso” entre una mercancía (la que produzco) y otra mercancía (la que necesito): en el ejemplo, la mercancía que produzco es la levita y la que necesito es la biblia para calmar mi sed espiritual. A su vez el vendedor de biblias vende lo que produce (biblias) y compra lo que necesita para calmar su sed espiritual (el aguardiente). El incipiente capital de entonces buscaba producir bienes para venderlos en los mercados y obtener así los beneficios. Parte de esa producción era agrícola en cuyo caso el capital empleado eran las tierras.
          El capitalismo supone un paso cualitativo: el dinero y su dueño acuden al mercado para incrementar su cantidad, para reproducirse y tener crías: el capitalista compra mercancías, por ejemplo levitas, esperando venderlas, posteriormente a un precio mayor, cuando llegue el invierno. Igualmente otro capitalista acude al mercado para comprar biblias, esperando venderlas a mejor precio, cuando llegue el momento vaticinado por mi hermano en su blog (colapso). La ecuación es ahora D-M-D, o como dice una estrofa de una canción del grupo radical “Disidencia”: “lo que ahora se compra/ para más tarde vender”. Tampoco tuvieron que descabezarse mucho los capitalistas porque esta es la base del comercio desde tiempo de los fenicios, por lo menos en lo que se refiere a vender mercancías “en otros sitios”. El proceso de acumularlas para venderlas más tarde, cuando haya escasez de ellas, es también antiguo, y, obviamente, es la génesis de la especulación.
           Pero el capital, siempre pendiente de obtener su máxima rentabilidad, considera que lo de ir al mercado a comprar es bastante sucio, lento y enojoso, por lo que desarrolla fórmulas alternativas para conseguir los mismos efectos sin “mancharse”. A su alcance tiene la tradicional “industria de la usura” (el préstamo con interés), estigmatizada en tiempos precapitalistas, ahora sacramentada con tres o cuatro hisopazos de todas las iglesias cristianas. De esta manera se presta a alguien un capital (normalmente numerario) y se espera sentado a que te lo devuelva con el correspondiente añadido derivado del interés pactado: limpio y cómodo.
          En un estadio más evolucionado el capitalismo descubre también las bondades de las compras y ventas a futuro, con las que ya no se hace preciso tener que comprar o vender físicamente las mercancías: basta con decir que las vas a comprar dentro de tres meses a un precio determinado (100) y decir que las vas a vender a otro precio superior (110) ese mismo día o poco despues. Siempre debes encontrar a otra persona que coincida contigo a la inversa (que quiera vender dentro de tres meses esas mercancías a 100 y comprarlas a 110). Como no hay nadie tan tonto para ello (aunque se me ocurren varios candidatos a la vista del ebay) lo normal será acudir a personas distintas que sí tengan interés en hacer, cada una, una parte del trato (posiblemente porque, a su vez, esperan obtener beneficios con otras contrapartes) De esta manera consigo el D-M-D sin tener que andar moviendo carros y carretas, tranquilamente desde casa. Sigue estando el fastidioso problema de tener que “soltar la pasta” aunque, enseguida me doy cuenta de que realmente no me hace falta tener todo el precio de las mercancías. De hecho no tengo porque tener dinero: llegado el momento basta con llegar al vendedor, decir “dame las mercancías, espera un momento, te dejo a mi hijo en prenda, es sólo un momento”, salir zumbando hasta el puesto del comprador, venderle las mercancías, cobrar, volver a la primera tienda, pagar la cuenta, recuperar al hijo, subirnos a la “fregoneta” y asunto concluido. En el bolso los 10 (millones de) euros de beneficios.
          El problema es que, de camino para hacer el “bisnes” el crío repara en que esa misma mercancía con la que voy a jugar, se vende en plaza por 80. De saber eso no hubiera firmado una obligación de compra a 100, hubiera esperado al día, hubiera comprado la mercancía a 80, hubiera ido al comprador con esa mercancía, y se la hubiera colocado a 110 quiera que no (ese pacto sí lo habría firmado). Otro día me pasará que esa mercancía, llegado el momento, tiene compradores a 150, pero que yo, por haber firmado la obligación de vendérsela a ese “pájaro” a 110, me veo imposibilitado de venderla a otro cliente, que me la hubiera pagado a un precio mayor.
          Como perdiendo se va aprendiendo en los siguientes contratos pondré una claúsula que diga “las compraré (o las venderé), si me da la gana”, es decir, me reservo la opción de hacerlo o no, en función de como vea el mercado ese día. Asistimos al nacimiento de las opciones. Esta claúsula añadida no es gratis, tiene un pequeño coste. Con el tiempo me daré cuenta de que mejor que andar con la furgoneta y con mi hijo en prenda de acá para allá, es mejor endosar los contratos al vendedor y al comprador y que entre ellos se apañen, previo pago, eso sí, de mi margen correspondiente.
           La ventaja de estos dos sistemas (futuros y opciones) solos o combinados es que, aparte de no requerir almacenes ni camionetas, tampoco requiere dinero, o al menos, grandes cantidades (recuerdo la existencia de la prima de las opciones y futuros), con lo que yo puedo apostar “a lo grande” con tal de cubrir las primas o dicho de otro modo puedo “traficar con talegos, pagando sólo el precio de las posturas” (y me autocensuro la explicación de la frase, cada uno que entienda lo que quiera). Tampoco es nuevo el producto: futuros y opciones tuvieron su origen como forma de asegurar la venta y compra de las cosechas, permitiendo, incluso anticipar el importe de las mismas para que el agricultor pudiera comprar semillas, abonos, aperos... que sólo podría pagar cuando recogiera los frutos. La habilidad del capitalismo no está en la invención, sino en la perversión: es capaz de “reciclar” cualquier instrumento y convertirlo en la antítesis de lo que debería ser: probad a darles la batería de un coche y te devolverán una picana (esta vez casi me autocensuro).
          ¡Bienvenidos al capitalismo financiero!

          Como el capital, igual que la grasa en los michelines, tiende a acumularse de forma indeseada y como la avidez del capitalista no tiene límites, cada vez se apuestan cantidades mayores, se utilizan como “subyacente” cualquier clase de mercancía (incluso acciones, bonos, deuda pública...) y se amplía el número de juegos disponibles, con sus correspondientes reglas y premios, todo ello encaminado a tratar de obtener una mayor tasa de rentabilidad. Y todo ello en este casino global, pomposamente llamado “mercados financieros”. Y al igual que en los otros casinos, los personajes que por allí pululan habitualmente, corresponden a lo menos recomendable de la sociedad. Eso sí, tienen dinero y, lo que es peor, capacidad de influencia sobre nuestras vidas.
           Mientras apuran en un último trago su vaso de whisky, babeando la punta de sus pestilentes habanos, bien sea en asépticas salas decoradas con suelos de marmol, fuentecillas y jardines zen, bien sea en sucios tugurios de densa atmósfera formada a partes iguales por tabaco, sobaquina y olor a pies (estos tipos frecuentan tanto unos garitos como otros), deciden qué país debe caer y cuántos tienen que morir, pasar hambre, quedarse sin pensiones, sin sanidad o sin escuela, para llevarse el bote con su póquer de damas, o su escalera de color (negro).



          (*) Con esta explicación ahorro a los lectores acudir a El Capital, al que alguno de ellos jamás se acercará, debido a nosequé prejuicios. El ejemplo (levitas, biblias, aguardiente) es el mismo para que sirva de barniz cultural, (cultura “trivial pursuit”) a ese tipo de lectores.