El sistema educativo remunera, mediante el expediente académico, al alumno más aplicado, no al más inteligente. Eso es algo de lo que tenía la sospecha en mis tiempos de estudiante y que ahora he confirmado desde mi experiencia de profesor universitario a tiempo parcial. De ahí que los tenedores de los mejores expedientes, esto es, los alumnos más aplicados pero no necesariamente los más inteligentes, se queden en la Universidad, y que cueste tanto no sólo mejorar la calidad de la enseñanza, sino también, o sobretodo, la investigación, donde se precisa no sólo trabajo, constancia y disciplina, sino también ingenio, creatividad, inconformismo y talento.
Otro tanto sucede en el ámbito económico: el dinero no remunera el trabajo, dedicación, esfuerzo, inteligencia... sino que lo que remunera es, además del capital previo(*), la falta de escrúpulos. De ahí que sólo pueda hacerse rico el que carece de ética y que el capital se acumule para su uso productivo o improductivo en las manos de los más sinvergüenzas de la sociedad.
Si éstas son las dos llaves para dirigir la sociedad, dinero y conocimiento, salta a la vista que las sociedades capitalistas están dirigidas por un conjunto de individuos poco recomendables. Y con esta materia prima no debe sorprendernos hacia dónde nos dirigimos: ¡Tierra a la vista!
(*) Dinero llama a dinero.