"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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miércoles, 30 de noviembre de 2011

El Violinista en el Tejado


   Es un elemento constitutivo (¿constituyente?) en el ser humano su capacidad para flotar en ensoñaciones, y sobre esas ensoñaciones construir castillos en el aire. Por eso no nos extraña la habilidad de los arquitectos sociales de, desafiando a la ley de la gravedad, empezar las casas por el tejado. Nada mejor que recordar la frase de Marx y Engels: “ese hombre que ha dejado de vivir en la realidad para transportarse al cielo vaporoso de la fantasía filosófica ”.

              El movimiento del 15M, del que he hablado en otro “post” (en el que denunciaba lo que, a mi juicio, eran sus dos principales puntos débiles: la falta de organización y la confianza en soluciones “pacíficas”), sigue dando muestras de la ensoñación.

            Desde luego es impactante la pintada en las paredes del Congreso: “abajo el régimen”, pero no es menos impactante concluir que el régimen “político” caerá o no caerá como consecuencia del cambio previo del régimen “económico”: cuando cambie nuestro sistema económico, el capitalismo, “todo lo demás se os dará por añadidura”.

               Lo contrario, desgraciadamente, no funciona: podemos cambiar el “régimen” incluso, si somos menos ambiciosos podemos contentarnos con algo de “chapa y pintura” (Ley d'Hondt, supresión del Senado, rebaja del sueldo a los políticos...), pero, en el fondo, nada habrá cambiado. Respeto a los bienintencionados que, de nuevo, confían en cambiar las cosas “por la punta” (“renovadores por la punta”) en lugar de “por la base” (“renovadores por la base”) y prevengo de la existencia de aventureros que, emboscados en el descontento sobre “el todo socio-económico-político”, pretenden sólo cambiar el tejado dejando intacto todo lo demás. El fin de estos aventureros no es eliminar la dictadura de los mercados o del capital, sino, por el contrario, “homogeneizar”: establecer la dictadura también en lo político, como siempre lo han hecho: bajo los términos “verdadera democracia”, “democracia real”, “libertad constituyente”...

                   Es común a estos “movimientos” legitimarse “ex post”: compartir postulados y visiones de lo pasado, para operar como “lobos entre corderos” (sobre esta frase también escribí un post). A estas alturas de la película es lugar común hablar de una crisis mundial, más o menos sistémica, basada en la hipertrofia del sector financiero y de la burbuja inmobiliaria (salvo para algunos tarados que siguen creyendo que la crisis se debió al exceso de regulación), así como darse cuenta que las estructuras políticas, los gobiernos, los partidos, los sindicatos... no han sabido, podido o querido evitarla (¡pobrecillos!, ¡pero si son lacayos del poder económico!). Pero convenir en ese análisis no acredita, “per se” la legitimidad de las soluciones propuestas: si se cree que el simple cambio político, de régimen político, de sistema político, soluciona el problema económico, o se es un imbécil o se es un filibustero, que es el término que empieza por “f” más cercano a lo que realmente estoy pensando.

          Un buen método para averiguar a qué categoría pertenece cada uno de esas personas, grupos, movimientos o como se les quiera llamar, es sencilla: aquellos que aborrecen del capitalismo y la economía de mercado y creen que el cambio de régimen político transformará el sistema económico están en la categoría de los imbéciles; los que creen que el modelo armónico es el cambio de régimen político dejando el sistema económico como está, o incluso aumentando el poder del mercado y del capital están en la casta de los filibusteros.

             Esto es lo que hay: a este sistema económico (capitalismo) corresponde este sistema político (democracia parlamentaria) y no hay más. Son lentejas: ¡o las tomas, o las dejas!

                Y, por cierto, tampoco se precisa solución activa para destruir el capitalismo: de eso ya se encarga el propio capitalismo él solito. Para lo que se necesitan soluciones activas es para tomar las riendas del proceso de destrucción/superación del sistema capitalista, conducirlo hacia dónde queremos (al socialismo) y evitar que nos explote en la cara, a costa, como siempre de los más desfavorecidos. O eso, o acabar todos como en Guinea Ecuatorial...

jueves, 17 de noviembre de 2011

Bipartidismo y IV

               ¿Con qué prefiere convivir?: “¿Qué prefiere usted tener en la almohada de su cama, un kilo de mierda o un kilo de escombros?” Así contestaba en “feibook” algo sobre el voto útil. Seguramente todo el mundo preferiría no tener ni escombros ni mierda en la cabecera de su cama, pero, seguramente también la mayoría preferiría tener trozos de ladrillo, cemento, yeso y cal antes que un zurullo. Esto pone en valor político la comedia de Rubí “del mal el menos”: el valor del voto útil.



               Pongamos, es un suponer, que sustituimos en la pregunta, el término “mierda” por partido A y el de “escombros” por partido B: esto se convierte en una simple cuestión de este tipo: ¿quién prefiere que gobierne, el partido A o el partido B? Y cada uno, para no ofender, que considere mierda o escombro al PP, al PSOE o a ninguno de los dos.



               De la cuestión surgen tres aspectos a considerar: el primero es aceptar un modelo binómico (A y B) en lugar de otro trinómico o polinómico (A,B,C o A,B,C...Z). El segundo es graduar la intensidad de la preferencia y su posible transformación en acción. Por último hay que considerar el “tiempo de condena”.



               Sobre la primera de las cuestiones, poco hay que decir después del post anterior. Si acaso añadir el problema de las decisiones bimodales respecto a las unimodales, que se estudia en el ámbito de la Hacienda Pública y que tienen que ver con posibles rupturas de las normas de transitividad en la toma de decisiones, aparentemente incomprensibles, pero perfectamente lógicas una vez explicadas: si A es mucha sanidad pública, B menos sanidad pública y C nada de sanidad pública, el socialdemócrata contestará A>B>C y el neoliberal C>B>A. 

                 Si vemos, por ejemplo, un A>C>B o un C>A>B, pensaremos que lo que tenemos delante es un imbécil, razonamiento que la mayoría de las veces es cierto, con lo cuál no es mala estrategia empezar la conversación dando al sujeto esa denominación. Pero es posible que, en ciertos casos la ordenación bimodal (así se denomina pues si lo representaramos en ese orden en un eje xy y diéramos valores, por ejemplo de 100 u.m. a la A, 50 u.m. a la B y 0 a la C, en el eje de las x, e intensidades de preferencia (del 1 al 10 como en el cole, por ejemplo) en el eje de las y(*)  veríamos un gráfico o con una “montaña” en medio o con dos "cuernos" (bimodal estricta ésta última) responda a una lógica: como ejemplo en libro se plantea el caso de aquél que considera el punto medio el peor posible (ni buena ni mala sanidad/educación, por ejemplo) y lo desecha por un “todo o nada”(**) y como ejemplo en clase planteo el caso de un votante del PP en el País Vasco y de Federico: el primero prefiere PP, luego UpyD, luego PSOE, luego PNV y luego Bildu, pero Federico,en su intimidad, votará en primer lugar al PP, y, en segundo lugar a Bildu: ¿es un imbécil? Bueno, aparte de esto, es un apóstol del “cuanto peor mejor” (para él, que es de lo que vive). Lo dicho: dejando al margen esta pequeña digresión sobre Teoría de la Elección Colectiva, y teniendo en cuenta que aquí cada votante solo vota a un partido en el mismo proceso electoral, y no se le pregunta por una graduación de sus preferencias (lo que sí se hace en las encuestas de valoración de los políticos y por eso sale lo que sale) poco hay que decir.



                La segunda cuestión es más interesante de cara al voto útil: la intensidad de la preferencia. Un ejemplo es esta afirmación “yo no quiero que haya hambre en el mundo pero no muevo un puto dedo para erradicarla”: este sujeto (habitual) manifiesta una preferencia, pero esa preferencia no tiene la suficiente intensidad para que se transforme en acción. Podría decir “yo no quiero que mi hijo pase hambre y por eso todas las mañanas le meto un bollicao en la mochila para que meriende”. En este segundo caso hay una preferencia (“que mi hijo no pase hambre”) y una acción asociada a esa preferencia (“le meto un bollicao en la mochila”): lo que, en mi opinión hace que la preferencia “detone” la acción, lo que se consigue cuando la preferencia es muy intensa. Y, efectivamente, el hijo no morirá de hambre, morirá de un ataque al corazón.



                En esa idea los votos sólo se materializan como resultado de una preferencia muy intensa, que, por otro lado puede ser positiva o negativa: puedo preferir que gobierne Rajoy, pero no estar dispuesto a que lo haga “con mi voto”; por otro lado me gustaría que Rajoy perdiera las elecciones, pero no estoy dispuesto a levantar el culo del asiento e ir a votar “en su contra”, o incluso a cambiar el sentido de mi voto “a cambio de taparme la nariz”.



              Pudiera parecer que la intensidad de la preferencia (que moviliza el voto) es algo absoluto que sólo depende de lo que atraiga o repela una de las opciones: si, por ejemplo el PSOE me promete que me hará ministro de Fomento, habrá generado una preferencia positiva tan intensa en mí que correré a votarle, esto es, iré a las urnas “a votar a favor de”; si el PP me promete que, si ganan, vendrán Rajoy y Soraya a mi casa a sodomizarme, entonces, os juro que correré a votar al PSOE, por correo y el 20N estaré en las “cimbambas orientales”. En este segundo caso habrán conseguido generarme una preferencia negativa tan intensa como para ir a las urnas a votar “en contra de”.



             Pero esto no es cierto: en realidad lo que se mide es la distancia entre las preferencias de los dos partidos. Vuelvo a explicarme, que estoy espeso: si el PSOE me ofrece ser Ministro de Fomento y el PP ser Secretario de Estado de Medio Ambiente, seguiré votando al PSOE con menor intensidad en la preferencia; pero si el PP me ofreciera ser vicepresidente primero del Gobierno pasaría a votar al PP. En la otra línea si el PSOE también me amenazara con que si ganan, vendrían Rubalcaba y Valenciano a darme por culo, entonces ya no votaría a ninguno de los dos, aunque seguiría poniendo tierra por medio: si siendo más realista, uno me prometiera congelación salarial y el otro recorte, votaría al de la congelación, y, por supuesto si uno me promete aumento y otro recorte, votaría al del aumento. Luego la intensidad de la preferencia la determina el diferencial entre las propuestas que me afectan de uno y otro partido y el problema queda reducido a conocer cuáles son esas propuestas.



             Y, pregunto: ¿conocemos esas propuestas? En parte sí y en parte no. En parte sí porque Mariano Manostijeras ya se ha encargado de pregonarlas(*), en parte no porque no nos cuentan toda la verdad y porque, y esto si que es lamentable, la gente no se informa (o sigue determinados prejuicios). Y claro está, si no sabemos donde está el principio de la linde y el final, es difícil que podamos medir el ancho de la finca.



             Algo, pese a todo, intuimos: los dos "nos van a dar por saco", aunque es probable que no el mismo número de veces ni con la misma cantidad de lubricante. De ahí que mi planteamiento inicial fuera mierda/escombros como adorno de la mesilla del dormitorio: si hubieran sido flores, leche o galletitas la respuesta hubiera sido más fácil. Ahora la pregunta del millón es ¿habrá diferencia? ¿y si la hay merece la pena “votar lo menos malo”?



           Para consuelo de tontos queda el tercer aspecto, el marco temporal: después de todo les votamos por cuatro años ¿no?... Pues eso, aguantamos y a los cuatro años ¡los despachamos y listo! Total, cuatro años los podemos aguantar ¿Y luego que es eso de “¿y listo?”? ¿a qué otra banda de sodomitas ponemos?





P.D. Hasta aquí llega la serie. Los días pasan y como un cobarde me refugio en el academicismo, antes de decir a quién creo que hay que votar. Pero es que ya queda menos... y todavía no lo tengo claro. Veo opciones... Si al menos las papeletas tuvieran la cara de los candidatos lo tendría algo más fácil. Por otro lado estamos a jueves y lo único que he visto es que ya me han invitado cuatro veces a la cena-mitín que celebra mañana ZP, aquí en Madrid, digo aquí en el León-Arena, por lo que intuyo que debe haber dificultades para "colocar" (vulgo "vender") las entradas. He declinado porque en realidad la cena es un catering: creo que no dejan meter comida ni bebida del exterior y camuflar una tarta de nata debajo del barbour es tan difícil...



(*) Aunque me suelen poner verde, prefiero con mucho esta terminología a la "afrancesada" de las "abscisas" y "ordenadas" con las que siempre me confundo.


(**) Recortes en la Administración: coches oficiales, altos cargos, funcionarios... todos sabemos que eso es el chocolate del loro: con eso no alcanza ni para pagar el papel timbrado de nuestros acreedores: lo que realmente quiere decir es recorte de todos los servicios sociales que prestan las Administraciones Públicas: eso sí que es una “pasta”, una “pasta” para el PP y sus secuaces (CEOE, banqueros...) innecesaria.

jueves, 19 de mayo de 2011

Parecidos Razonables


            Se compara lo que está sucediendo en la Puerta del Sol (de nuevo el “todo Madrid” como concepto de España) con los movimientos populares del Magreb. La rama de lacayos del capital que llevan la librea de periodistas se indignan ante esas afirmaciones: ¿Indignaos? ¡Sí! Pero contra los que critican esta “democracia”, nos dicen.

           Lo cierto es que hay parecidos y diferencias. El parecido curiosamente es lo que la mayoría de la gente cree que es una diferencia: España es una democracia parecida a la de Túnez o Egipto: democracias con separación de poderes: el poder económico-político está separado del pueblo: la diferencia estriba en que, mientras en Egipto o Túnez el poder económico-político reprime la diferencia a golpe de porra, en España (y en el resto de Estados occidentales) se reprime a base de televisión: propaganda, consumismo y entontecimiento. Como advierte Chomsky esta forma de represión es un grado superior en la evolución de los Estados Capitalistas: lo que sucede es que los árabes, en esto, están menos evolucionados.

         Y a partir de ahí sólo aparecen diferencias: en los Estados en los que el modo de represión es (fundamentalmente) la violencia surgen movimientos más o menos organizados que, transcurrida la primera fase de “explosión popular” pueden pilotar un cambio. En los Estados Capitalistas más avanzados, como es el caso de España, en el que la represión normalmente utilizada es la propaganda y el “pensamiento único” no existen apenas movimientos organizados fuera del sistema, por lo que transcurrida la fase de “sarpullido social”, todo se desvanece, se apaga y se olvida: a nadie tampoco le preocupa porque en una sociedad de consumo las ideas siguen la moda del “corte inglés” o la de los "relojitos marea" en la juventud: llegan, pasan, se olvidan... y a consumir otra cosa, a experimentar nuevas sensaciones (como tirarse a la piscina desde la terraza del hotel).

             Además queda por ver dónde acaban las “transformaciones pacíficas del sistema”: el gradualismo no pueden alardear de sus victorias: en lo antiguo cabe recordar que “socialdemocracia” significa “al socialismo por la democracia” y ver dónde nos ha conducido este movimiento, posiblemente al mismo sitio donde la "s" de las siglas del PSOE. En lo reciente recordar la ya olvidada “revolución naranja” en Ucrania: estoy esperando el capítulo de “callejeros viajeros” que me explique el resultado.

                  Se sigue discutiendo lo mismo que hace doscientos años:

             Primero.- Este bloguero sostiene que la sociedad capitalista no tiene transformación gradual: hay que derribarla y crear otra cosa por la sencilla razón de que todos los cambios de sociedad que en esta Humanidad ha habido han sido revolucionarios y ¡ay! traumáticos. 

         Segundo.- Este bloguero sostiene también que los cambios sólo pueden hacerse efectivos si existe una organización (¿política?, ¿militar?)  que los impulse. Todo esto me aleja de buena parte de lo que se espera de “democracia real ya” si no evoluciona en esta línea, lo que parece poco probable.

            A pesar de todo el domingo me acerqué a la manifestación que se celebró en mi pueblo, donde vi con alegría a una porción de mis alumn@s en ella (sobretodo alumnas, hay que decir). Coincidiendo con una semana de formación en la Capital del Imperio me he acercado a la Puerta del Sol todos los días. Mi única conclusión de momento es que prefiero mil veces a los “perroflautas” que a los “dobermanes” del PP. Pero todo es cuestión de gustos: después de todo el espe-fascismo en este país tiene mucho gancho.