"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

Mostrando entradas con la etiqueta vivienda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vivienda. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de mayo de 2012

E.T.


          El llamado “mercado de viviendas de alquiler” parece un paciente de House: se aplican continuamente tratamientos para su mejora y cada vez lo tenemos peor. Es curiosa la ensalada progre-liberal de pastillas que se le han arreado al enfermo, que sigue y seguirá en estado comatoso. Veamos algunas de ellas:

          1.- A ratos se piensa que la solución es favorecer al inquilino, bien mediante ayudas, bien mediante desgravaciones fiscales. Dar dinero al “bisho” para que pueda alquilar una vivienda es lo mismo que metérselo directamente en el bolsillo del dueño de la vivienda: a continuación sube el alquiler en el mismo importe que la renta y asunto solucionado: lo hace porque es un mercado cautivo en el que el arrendador (los pocos que hay por lo que luego se dirá) pueden aprovecharse de esas ayudas vía aumento de precios sin problemas. La guinda del pastel lo ponen medidas como la de la “pija de Gràcia” con sus rentas básicas de emancipación: se pone dinero en la mochila de los chavales para que se la entreguen graciosamente al propietario; los que no son tan jóvenes se quedan sin nada mientras ven cómo el arrendador sube los precios “para todos”, y alquilan primero a los jóvenes y a los demás ya se verá. Los demás, como es lógico, se cagan en todos sus muertos, sean éstos catalanes o andaluces, como recientemente (y a ratos) se descubrió.

          2.- Otras veces (o de forma conjunta) se cree que hay que “mimar” al dueño: se conceden beneficios fiscales al arrendador, dejando exentas o cuasiexentas los alquileres que obtiene. También se piensa que la gente no alquila por miedo al desguace del piso o al impago de las rentas. Estas medidas son injustas(*) e ineficaces, como bien se ha visto hasta ahora.

           Todo es un problema de diagnóstico: podemos traer a Taub y todos los demás que forman el equipo médico habitual para que después de tropecientos errores nos digan algo que es esencial:

  • Que, por la parte del arrendador, dueño, propietario, casero... o cómo se quiera llamar la enfermedad es fácil: pocos de los propietarios de viviendas vacías, quieren, en realidad, alquilar. Compraron sus segundas, terceras... viviendas para especular, como si se tratara de activos financieros, para vender. Están cerradas, esperando un mejor momento (que el político anuncia a cada momento) para vender ganando o sin mucha pérdida, de la misma forma que esperan mis Iberdrolas compradas a nueve euros. Con esta perspectiva por más que se haga no se arrienda.

  • Por parte del inquilino, arrendatario, bicho.... o cómo sea sigue primando en España el concepto franquista de que “sólo la propiedad de vuestra vivienda os hará libres”: vivir de alquiler es lo último de la escala social, algo reservado sólo a inmigrantes y marginales. Se prefiere ser propietario de una cabina de teléfonos antes que “vivir de renta” en un piso. Esta mentalidad franquista ha sido aprovechada por igual por tirios (PP) y troyanos (PSOE) y, como Froilán, deja a la sociedad española tullida para siempre. La gente seguirá viviendo en casa de sus padres hasta que éstos le compren un piso, se comprará (poco) en los arrabales o en el rastro de viviendas, y a aguantar hasta que pase el temporal y pueda comprar la vivienda que me merezco, porque “yo lo valgo”.

        Con este diagnóstico el tratamiento es difícil: se puede administrar un “toque de cojones” al propietario que no alquile, crujiendo a impuestos la vivienda vacía, amenazando con la expropiación a un euro... a ver si, por obligación se anima a alquilar. En mi opinión la mejor solución es apostar (o haber apostado, no sé si ahora tenemos para ello) por la creación de un parque público de viviendas de alquiler potente (nada marginal) a precios razonables poseido y gestionado por los Ayuntamientos (risas). El parque de viviendas públicas español es enano al lado del de nuestros vecinos del norte, gestionados, en su mayor parte, precisamente por los ayuntamientos (gestos de seriedad). Se requiere, además de la pasta, que hoy es lo fundamental, desmontar la mentalidad franquista dominante en el PPSOE, para evitar que la vivienda pública se privatice casi inmediatamente otorgando a los inquilinos ventajosas opciones de compra.

            Garantizar el constitucional derecho a la vivienda mediante la vivienda pública de alquiler es una solución real si hay voluntad o utópica, si, como hoy, no la hay. Sería sin duda un avance en el socialismo si empezáramos a eliminar la propiedad privada en un bien esencial para la vida... Pero nada, ¡vamos a hacer otra biopsia!, ¡A ver si es lupus!



(*) Que los queridos lectores se indignen cuando sepan que el casero que se forra alquilando viviendas a chavales con recursos paga cero impuestos porque esas rentas están exentas al 100% (gracias ZP) y que si las alquila a los demás tiene exento el 60% de lo que percibe (más gracias ZP, sobretodo a partir de 2.011, cuando lo subiste del 50 al 60%, a la vez que te cargabas el cheque-bebé). Recordadlo cuando miréis lo que os retienen en la nómina o lo que pagáis en el IRPF, ahora que estamos en campaña.

miércoles, 11 de enero de 2012

Un hombre, una casa

           
              Un hombre una casa… Hacer de cada españolito un propietario. Esa era la versión del Caudillo para hacer de esta gran nación un pueblo próspero, justo y sobretodo en paz. Esta era la política del régimen en materia de vivienda: la propiedad.
              Con el paso del tiempo, sus herederos (UCD, PSOE, PP, de nuevo el PSOE, otra vez el PP) han seguido con la consigna, entendiendo que, cuando se habla de acceso a la vivienda se habla de acceso a la propiedad de “tu” vivienda: lo otro son conceptos de pueblos salvajes como Alemania o los países escandinavos: lo que tienes que hacer, chaval, es, antes de casarte, encontrar un “curro” y comprarte una vivienda, aunque sea en la villa de “donde cristo perdió el mechero”, hoy más conocida como Seseña, contratar una hipoteca a cincuenta años y, a partir de ahí, a vivir acojonado toda tu vida (a perder el empleo, a romperte un brazo, a que te dé un infarto, a que la parienta se separe y se quede con la casa…) y a votar siempre al partido conservador (partido único) de turno.
              En apoyo certero de esta política de ingeniería social ovejuna, el “monosabio fiscal” prepara la faena con la consabida deducción fiscal por adquisición de vivienda habitual en el Impuesto Sobre la Renta de las Personas Físicas: una medida “popular”, para todas las familias (después de todo, todas tienen una vivienda en propiedad), barata (no hay que soltar “pasta” en subvenciones) y que además incentiva el sector inmobiliario dado que, al parecer esto (y el turismo) es lo único que sabemos hacer, gracias a la inestimable ayuda de los políticos que gestionan el sistema educativo y de los capitalistas que prefieren colocar sus inversiones en otros lugares y dar al españolito trabajador una bandeja o una llana. Vamos que esta deducción es “no sé, algo así como muy cool, ¿me entiendessssss?” que diría Ana Mato.
             Lo cierto, queridísimos “hippies” que leéis esto, es todo lo contrario. Accediendo a las publicaciones estadísticas de la Agencia Tributaria, se observa que la deducción media en IRPF por adquisición de vivienda entre el colectivo de mil euristas (entre 6 y 12.000 euros de rendimientos), en 2.009 se situaba en unos 600 euros, mientras que la deducción media en el colectivo VIP (más de 600.000 euros de rendimientos) era de prácticamente el doble: más de 1.200 euros. Tampoco hacía falta acudir a los datos, bastaba con leerse la Ley: una deducción cuya base son las cantidades invertidas en la adquisición de vivienda (y asimilados) habitual será mayor en la medida que “metas más dinero” en la vivienda: puesto que los ricos, como Matas, compran palacetes y los pobres compran cajas de cerillas, hay que deducir, querido Sherlock, que invierten y se deducen más.
               Lo cierto, también, es que la deducción no es gratis: tanto monta, monta tanto, que yo dé una subvención (saque “pasta” de la cartera) o que renuncie a cobrar algo a lo que tengo derecho, de la misma forma que sea porque pague los gastos familiares o porque no me paguen la nómina el resultado es que tengo la cuenta corriente temblando. ¿Y sabéis, por cierto, cuánto nos cuesta la broma?……………………………..(suspense, tiempo para decir algo, como en “el precio justo”)…..¡Más de cinco mil millones de euros (*)! Esto fue, al menos lo que nos costó la broma en 2.009 entre la parte de deducción estatal y la autonómica.
                Lo cierto, por último es que el sector inmobiliario se mueve por parámetros distintos a los fiscales. Es una tentación muy conocida de los fiscalistas pensar que todo gira en torno a nuestro ombligo y que la economía toma sus decisiones por motivos tributarios, lo que no es así: esta deducción, en “different flavors”, ha estado presente en nuestro IRPF desde la reforma tributaria de Fernández Ordoñez (el hermano listo de la familia, el tonto es el del Banco de España, el que decía que no había burbuja inmobiliaria) y desde entonces hemos visto al sector inmobiliario subir y bajar por otros motivos: la especulación, la liberalización del suelo, los bajos tipos de interés… Y básicamente por la concepción ibérica de que los pisos son un activo financiero más y que si uno tiene unos ahorros lo mejor que puede hacer, en términos de rentabilidad, es comprar uno de ellos y especular con él, aunque sea mi propia vivienda habitual (el siguiente paso podría ser jugarnos la pensión en el casino)… Nada que ver con una deducción fiscal.
                Y así, llega el PP y rescata esta joya de familia que los otros no se atrevieron al liquidar. Es normal: muchos cuadros de ese partido estaban en las manifestaciones del 15M. Yo los ví: llevaban una pancarta que ponía “Tengo derecho a una vivienda en propiedad, y en la Moraleja, y un BMW, y un yate, y un chalet en Marbella, y un caballo…¡Y lo quiero ya!”

(*) Más de ochocientos cincuenta mil millones de pesetas, casi un billón con “b” de pesetas, que diría Rajoy, que sigue echando la cuenta en “rubias”, aunque en esas magnitudes descomunales nadie tenga conciencia de su medida.