"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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viernes, 12 de noviembre de 2010

Temple Bar

          Viajé a Irlanda, hace unos cinco años, en plena ebullición económica. El avión tuvo que hacer una "parada técnica" en el aeropuerto de Manchester debido a que, por congestión del aeropuerto de Dublín, había permanecido mucho tiempo dando vueltas "en espera" y no tenía combustible. Cuando finalmente llegamos al aeropuerto de destino ví, desde la ventanilla, como se "aparcaba" el avión "a mano", dirigido por un tío en chándal. Advierto que viajaba con Iberia: si hubiera sido con Ryanair seguramente lo hubieran "aparcado" a patadas.

           La visión de Dublín fue decepcionante: a la tradicional dejadez y sensación de suciedad de las gentes y locales "del norte" (frente a lo que nos pretenden hacer creer), además vi (en plena época del "milagro irlandés" repito) mendigos pidiendo a las puertas de los supermercados: chavales jóvenes, con el pelo rapado, y, esto es importante, de piel blanca. Las cosas funcionaban "regulín regulán": no había autopistas, las carreteras eran "cutres de narices", y un trayecto de cuarenta kilómetros bien podría llevarte fácilmente más de una hora.

           En una especie de "mezcla de metro y cercanías" que tenían estaban empezando a poner tornos que, por supuesto, todavía no funcionaban; los trenes, es obvio decirlo, salían y llegaban cuando les daba la gana. Los pubs se pasaban las normas "por el forro" y, a diferencia de los ingleses, podías entrar tranquilamente con un niño de seis años: con lo único que parecían algo estrictos era con el tabaco.

         Tampoco era el proverbial pueblo simpático que sale en las películas: obras aquí y allá que parecían no avanzar ni terminarse nunca, de día y noche borrachos tirados por la calle (y no sólo en Temple Bar); en el Trinity jóvenes holgazaneando, como es propio de todas las Universidades del mundo; de noche las calles iluminadas insuficientemente; en algunos casos (en los soportales del edificio del Banco de Irlanda) iluminadas con velas: las de una vigilia en apoyo a De Juana, por entonces, "echao", en huelga de hambre. La Irlanda rural era todavía más deprimente; sobretodo si ibas un domingo: gente de casa a misa y de misa a casa en "galochas" o como quiera que se llamen allí; siendo "el Día del Señor" te las veías y te las deseabas para poder encontrar un sitio donde comer...

          Mi impresión de ese país era que su grado de desarrollo humano estaba próximo a la "Galicia profunda" y a la mayor parte de Portugal (Santiago, Coruña, Aveiro o Lisboa están más desarrollados), y que, al final, Dublín sólo valía para largar a los chavales un año en un Erasmus a que se lo pasen bien y le den a la lengua. Por cierto, a la vuelta el avión salió con cuatro horas de retraso.

          Siempre me sorprendió que ese país fuera el modelo de desarrollo de la globalización: las impresionantes cifras del "dieconomist" o del "fainancial" no se dejaban ver en mejoras materiales por ningún lado. Recuerdo que incluso en un seminario de fiscalidad internacional comenté ese "gap" entre lo publicado y lo real, con escepticismo y desaprobación general (y, ¡ay!, ministerial): será que vamos a hoteles distintos, pensé.

          Ahora se ve que ese desarrollo (basado en el "dumping" fiscal por cierto) era artificial; es un paso: para mí no era artificial, era inexistente... Excepto, seguramente para unos pocos... pero, por lo que vi, indudablemente ni siquiera vivían allí.