"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

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martes, 8 de junio de 2010

Citizen K. y el paro. Episodio 10

          El regreso de Ciudadano K. Después del “éxito” de la implantación de internet en Chiquitistán no fue el esperado: efectivamente tuvo un ascenso, un ascenso por las escaleras de la sede del INEM de su barrio. Ahora ya estaba la parejita completa en el paro.

          - “Una persona con mi capacidad y conocimientos, enseguida encuentra un nuevo empleo” pensó K. “El mercado laboral, como todos se autorregula, otros lo pasarán mal porque son unos vagos e inútiles, pero yo, yo, yo...”
            - “Mejor será que tramites la prestación por desempleo, por si acaso”, le dijo su mujer, “Mírame a mí, también era una “supermegadiseñadora divina de la muerte” y aquí me tienes, ya casi seis meses y muerta de asco”.
             Ciudadano K. Presentó currícula, movió hilos, acudió a entrevistas, pero nada...¿Cómo podía ser eso? Un día K. mientras estaba leyendo “El Mundo”, la respuesta llegó a sus ojos: ¡Claro!, ¡Las rigideces del mercado laboral!: seguramente si se rebajara el coste del despido, los costes laborales, se crearía empleo: es que el patrón no contrata gente porque es muy caro.
           El Gobierno de travestis ideológicos que dirigía el país de K. acabó por secundar esas propuestas: por Decreto se plegó a los mandatos de la patronal... pero nada, K. seguía sin encontrar empleo.
           - “Mira, querido lameculos del patrón mío”, dijo su economista de cabecera, “El paro, al igual que la inflación o el desequilibrio son fenómenos normales en la economía de mercado. Incluso, algún “compi” mío diría que son fenómenos deseados por el mercado, que encuentra, con el paro, un ejército de reserva de trabajadores que permiten al empresario encontrar mano de obra más barata. Incluso sin llegar tan lejos, creo que comprenderás que los “recursos humanos", como todos los recursos se emplearán si se necesitan. Por cierto ¿quieres una “supermegaconsola3000” por mil euros?"
         - “No, deja, con una ya tengo bastante”, contestó K. recordando el amargo episodio de la maquinita.
           - “Pues lo mismo sucede con cualquier fábrica, tienda, negocio... Lo que no se necesita no se compra, por más que se flexibilice el empleo o, en el caso de bienes de inversión, bajen los tipos de interés. Si un camionero tiene su camión parado la mitad de los días, no creo que quiera comprar un segundo camión para que esté en el garaje los días pares y los impares también. Por esa misma razón, la peluquera que está media mañana leyendo el “¡qué me dices!”, no va a contratar una ayudante, aunque la pueda despedir sin indemnización”. Esto es lo que sucede justamente en épocas de crisis: la producción no se vende, en consecuencia no se produce y si no se produce no se necesitan medios de producción: paro de máquinas y ¡ay! de personas”.
              - “Pero los que sobran en un sector podrían pasar a otro...”
            - “¡Ah ya! Lo de los cañones y la mantequilla, la frontera de las posibilidades producción, las relaciones de sustitución... ¡Qué bien quedan en las pizarras de las Facultades!¡Qué poquito se parece a la realidad!¿Tú has visto convertir una granja de cerdos en un parador de turismo?¿a un albañil de cincuenta años en un pastelero?¿Puede Ferrán Adriá acabar remendando zapatos? En el mundo real los factores de producción no se transmutan por arte de magia en lo que nos interesa, es más no se transmutan en absoluto: “si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta”, como ya ves, es cosa de los cuentos de hadas”.

             Valorando sus opciones “de empleabilidad” K. calculó que, en este país puesto que para lo único que había trabajo era para la hostelería y la construcción, realizó unos cursillos sobre lo primero y, esta vez, sí, encontró empleo: como cocinero en un Mac Donalds (vamos un “McJob”). Al menos estaba en una empresa “de los suyos”, de los que mandan en el mundo.

jueves, 3 de junio de 2010

Citizen K. y la selección adversa. Episodio 9

          La oportunidad de un ascenso para Ciudadano K. por fin había llegado. Su empresa necesitaba un responsable para emprender el negocio de internet en la República de Chiquitistán. K daba el perfil: “teleco”, responsable, con experiencia en la empresa y disponibilidad para viajar, ahora que, con la crisis, su mujer estaba insoportable.

       - “En Chiquitistán están muy atrasados. Queremos ser la primera empresa que preste el servicio de conexión a internet por banda ancha a sus ciudadanos. Necesitamos que te encargues de todo: instalaciones, política de precios... Te espera un buen ascenso si lo haces bien. Ya hablaremos”.

          Tenemos ya instalado a K. en un hotel de la capital de ese país hasta hace poco desconocido para él (y para nosotros), dando instrucciones a su equipo:

          - “La idea es empezar con un precio adecuado al nivel de renta de este país: ¿Qué tal 15 rials?”

          El precio parecía el adecuado: los clientes empezaron a llegar. Los informes técnicos no eran tan favorables:

         - “Ahora que tienen internet todo el día, muchos clientes dejan el ordenador conectado permanentemente, y eso nos está consumiendo bastante ancho de banda”.

         - "Entonces subiremos el precio. Desde mañana 30 rials al mes, nuevo precio".

        Con la subida de las tarifas algunos clientes se dieron de baja, pero a cambio vinieron otros: “lo comido por lo servido” pensó K., “incluso aunque haya menos, si pagan más, mejor, podremos ofrecerles un internet de calidad"
 
      El siguiente informe técnico tampoco era muy gratificante: el ancho de banda estaba más saturado porque ahora los clientes habían descubierto el “P2P” y le daban todo el día a la mula cuando no al torrent. Nuevas inversiones para mantener el servicio y nuevos precios: 100 rials al mes, para compensar el mayor uso.

           Con esta nueva política la mayoría de clientes abandonaron el servicio. Los que quedaban instalaron torres de ordenadores para aprovechar el ancho de banda: el pirateo al que se dedicaban estos clientes ya no era “para uso particular” sino para grabar y vender en el top manta. Esto desencadenó una nueva maniobra de K. Para subir los precios y compensar las nuevas inversiones: y así en una carrera hacia el infinito los precios de la conexión pasaron de 100 a 1.000, de 1.000 a 10.000 rials... hasta que sólo quedó como cliente una banda internacional de gangsters que suministraba películas pirateadas a todo el resto del Universo universal.

       - "¿Por qué me pasa esto a mí?", preguntó K. "¡Yo sólo he aplicado las reglas del mercado! He subido los precios para asegurar el beneficio y siempre he contado con clientes dispuestos a pagar el precio, y sin embargo ahora me veo con un montón de inversiones, un solo cliente y dudo que el proyecto sea rentable..."

         De nuevo su economista de la guarda, le dio su explicación:

         - “Mira, tontín, lo que te está ocurriendo es un fallo de mercado, denominado “selección adversa”. A estas alturas te debes estar dando cuenta de que el mercado presenta tantos fallos que casi va a ser mejor tirarlo a la basura...”

      . “¿Y en que consiste eso de la “selección adversa”?”, dijo K., más que nada por curiosidad.

         - “A ver K. ¿Tú te harías un seguro por el riesgo de ser atacado por un león? Seguramente, salvo que seas domador en un circo, me dirías que no. La aseguradora se encuentra con que el colectivo interesado presenta un mayor riesgo que la universalidad de personas a las que va dirigido. Esto la empuja a subir el precio del seguro, pues seguramente va a tener que pagar más indemnizaciones respecto a las primas que si todos hubiéramos suscrito ese seguro. Inmediatamente después los domadores que actúan diligentemente y que no han tenido un accidente en su vida, verán que no les compensa seguir pagando un seguro y dejarán de hacerlo. No así los domadores  temerarios, negligentes y, especialmente, los domadores borrachos: estos seguirán pagando el seguro. Aumentarán las indemnizaciones y la compañía tendrá que subir las primas... y así en una espiral irresistible hasta que el último asegurado sea Ángel Cristo...”

         - “Pues lo tienen claro, porque Ángel Cristo creo que ya falleció... Yo por lo menos tengo a mis únicos clientes, los del “gang del chicharrón”..."

            En ese momento desde el hotel se oyeron la sirenas de varios furgones de policía: dentro iba toda la clientela de Ciudadano K.

domingo, 30 de mayo de 2010

Citizen K. y la competencia imperfecta. Episodio 8

         Ciudadano K. está delante de la pantalla de su ordenador con un “mandado” de su cuñada: “búscame unas vacaciones baratitas para este verano, tú que sabes tanto de internet y encuentras tantos chollos en la red”. Y ahí está K. buscando ofertas en un mercado de competencia, según él, perfecta.

           Al principio, entraba en Google y tecleaba “ofertas vacaciones” o cosas así; pero, enseguida se dio cuenta de que eso era perder el tiempo: parecía que había muchas ofertas pero todo se reducía a tres o cuatro agencias de viajes “on line” dónde merecía la pena mirar: atrapalo, rumbo, logitravel, lastminute, hotels... y para de contar. Para su cuñadita, que además le cae gorda, con mirar en las dos primeras, asunto liquidado.
           Ciudadano K. recibe, con la nómina, ofertas de tres o cuatro entidades bancarias, que le tientan con visas gratis o peesespes, por domiciliar su sueldo. Son tres o cuatro, quizá alguna más si contamos alguna caja de ahorros, donde, dios nos libre, K. jamás meterá un duro (es idiota pero no tanto).
           Ya hemos acompañado a K. a su compra semanal (para comer fresco y sano todos los días) en una gran superficie, pero una rápida visita no nos vendría mal: los famosos yogures a elegir: la lechera, puleva, pascual o danone; mermeladas: helios, hero o la vieja fábrica; galletas: fontaneda, siro o gullón... La verdad es que es realmente difícil encontrar siquiera una docena de proveedores de muchos de estos productos: sin embargo, ciudadano K. cada vez que atraviesa la puerta automática que da acceso a su gran superficie favorita (que antes de la absorción era Pryca), se siente el “amo de la pista” y, orgulloso dice a su hijo pequeño (el que le acompaña en la compra, porque la mayor ya “passsa, o sea que no, que qué rollo, que no, o sea”): “hijo mío, esto es el cénit de la economía de mercado: miles, millones de oferentes ponen a nuestra disposición montones de productos para que nosotros, consumidores soberanos, decidamos qué comprar, cuánto y a qué precio”. No sabe que en realidad sólo hay unos trescientos proveedores para todos los productos y que la media de proveedores por producto apenas alcanza la media docena, y eso cuando no se disfrazan bajo marcas aparentemente distintas.

          - “La verdad es que no puedo entenderlo”, le dijo una noche a su economista de cabecera, “llenar el carro de la compra me cuesta cada día más dinero. Y da igual la marca que elija, me da la sensación de que todas suben a la vez, y prácticamente en la misma proporción sus precios”.

           - “O rebajan el tamaño de sus envases”, contestó el economista. “Pero, tontín, resulta que lo que tienes ante tí no es un conjunto infinito de proveedores (que por otro lado, si los hubiera, no cabrían ni en el Carrefour ni en el Alcampo), sino unos pocos y además “conchavados”: es lo que se llama un oligopolio; y en un oligopolio de oferta, como es el caso, los oligopolistas se alían como lo haría un monopolista para que, incautos como tú, paguéis mucho más de lo que corresponde por sus productos”

          - “Pues tendré que ir a comprar a otro sitio”

          - “Vete donde quieras; siempre te encontrarás lo mismo. El mercado donde más oferentes encuentro es el rastro, para los productos tipo bragas, calzoncillos y calcetines. Y aún ahí, creo que todos son primos o parentela, por cómo les oigo hablar unos a otros. ¡Ah! Y también está la plaza de los sábados. ¡Pero no sólo de lechugas y bragas vive el hombre!”

           Al final K. compró por internet las vacaciones de su cuñada, y como es normal en Celtiberia, también las suyas, para poder ir los dos matrimonios juntos y tener con quién hablar, que la parienta esta muy vista. El camino hasta Benidorm es muy largo y los críos no dejaban de pelearse: “hagamos un trato: estaos quietos hasta que veáis diez gasolineras de distintas marcas. Luego podéis pegaros todo lo que queráis”. Y así los tuvo tranquilos todo el viaje.

jueves, 27 de mayo de 2010

Citizen K. y los mercados incompletos. Episodio 7

         - "¡Venga!, ¡Venid todos a ver esto!,¡Hoy se "abre" (sic) un hito en esta casa!", gritaba ciudadano K. desde el salón de su casa, llamando a la concurrencia. El motivo de tanto alborozo no era otra cosa que la llegada de un nuevo cachivache tecnológico ("gadget" diría K.): la consola "multigamecenter3000": una maravilla de la tecnología puntera, "state of art" como diría K. porque, si bien no lo he dicho, K. además de un cretino neoliberal contemporáneo, está medio idiotizado con el tema del inglés, con lo que finalmente ha logrado no hablar bien ni su propio idioma, ni el de adopción ideológica. A punto estuvo de llamar a sus hijos Jessica y Kevin, pero finalmente se impuso la influencia de (Don/San) Jose María (Aznar/Escrivá) para bautizarles con los nombres de Loreto y Pelayo, algo mucho más convencional, en la burbuja social en la que vive. 

             - "¿Y qué tiene esta consola?", pregunta su mujer, un poco mosca con el precio del cacharro, sobretodo teniendo en cuenta que sigue en el paro después de su despido en Porcelanosa. 

              - "De todo. Tiene de todo: para empezar la potencia de su cpu es doscientas veces la de la PS3, vamos, que hay países del tercer mundo que ni sumando toda la potencia de cálculo de los ordenadores de sus universidades pueden competir con ella: ¡y toda esta potencia al servicio del ocio de esta familia!¡Somos la leche!. Y luego mira, reprodución de video en el nuevo formato hiper-HD, el formato del futuro, salida de imagen SMCHDMI, 38.000 dpi de resolución de pantalla: ahora todavía no se han desarrollado teles con esa resolución, pero ya verás dentro de unos años. Lo que digo, un aparato del futuro traido a esta casa". 

             - "¿Y que juegos trae?", preguntó Pelayo, entusiasmado ante la idea de un nuevo cacharro para entretenerse sin salir de casa. 

              - "De momento ninguno, pero mira el catálogo de novedades: todo, absolutamente todo: el FIFA2014, el pro23, GTA8, Need for speed carbono 47, uncharted 57..." 

              - "¿Y, o sea,  para mí, o sea, que hay?", preguntó Loreto. 

              - "Tienes el superchat con cámara web y photoshop incorporado que te hace quininientas veces más  guapa que en la realidad, lo que ya es difícil" 

              - "Jo, papá como eres, o sea, qué guai, ¿no?" 

          Y así la multigamecenter3000 se colocó en el lugar privilegiado que es el altar de los hogares burgueses: el centro del salón junto a la televisión. Y a esperar... 

           - "¡Papá!, ¿Ha salido ya el FIFA2014 para la consola? Es que mis amigos que tienen la "play", ya lo tienen". 

            -"No te preocupes, hijo mío. Es que tienen que hacer las conversiones para este monstruo (que, de momento, a duras penas servía para ver screeners de estrenos bajados por el emule). Pero ya verás cuando lo hagan, ¡cómo vas a molar con tus amigos!". 

              - "Cariño, ¿ha salido ya la edición de coleccionista de todas las temporadas de "perdidos"(*) en hiper-HD? Es que he quedado con las amigas para ver los capítulos inéditos y como en blueray ya está en el mediamarket, pensaba que..." 

               - "Están en ello, pero ya sabes como son en Hollywood: hasta que no está todo perfecto no sueltan prenda..." 

            El tiempo pasaba y nada... Un día en el Telediario dieron la noticia de que las multinacionales que habían desarrollado  la "multigamecenter" habían abandonado el proyecto y que los "estándares" hiper-HD, SMCHDMI se abandonaban a su suerte... Así ¡con un par!: alegaban que las empresas de desarrollo no se habían decantado por estos formatos: en su lugar se había impuesto el sistema "cutrelux" mucho menos potente, pero propiedad de las grandes empresas del sector. 

           - "¿Por qué me pasa a mí esto? 7.500 euros a tomar por saco. No hay derecho" se quejaba Ciudadano K. ante su economista de la guarda. 

            - "Mira, imbécil tecnológico mio. Lo que te ha pasado es una cosa muy conocida en economía: se llama fallo por mercados incompletos, en este caso en concreto, fallo por mercado complementario. Mira lo que digo en mi manual: "Supongamos que a la gente sólo le gusta el café con azúcar, un empresario que estuviera considerando la posibilidad de producir café desistiría, ya que se daría cuenta de que no vendería nada; lo mismo ocurriría si un empresario estuviera considerando la posibilidad de producir azúcar, ya que también se daría cuenta de que no vendería nada, al no venderse café. Sin embargo si los dos empresarios pudieran unirse, habría un buen mercado para el café con azúcar. Actuando por separado ninguno de los dos podría servir al interés público, pero sí actuando conjuntamente. Este ejemplo es deliberadamente sencillo; en este caso, las propias personas (el productor potencial de azúcar y el productor potencial de café) podrían conseguir fácilmente la coordinación precisa sin necesidad de que interviniera el Estado. Sin embargo, existen muchos casos en los que es necesaria una coordinación a gran escala, especialmente en los países menos desarrollados, para lo cual quizá sea precisa cierta planificación estatal"(**). Pues eso es lo que ha pasado: que tu consola era el café y los juegos el azúcar:  en vez de dejar de producir o de ponerse de acuerdo los unos con los otros, han encontrado pardillos tecnoadictos como tú, que les han hecho el negocio". 

           Al día siguiente K. bajó al trastero la consola y la puso en la misma estantería donde tenía el video Beta, el reproductor HD, el software OS/2 y el cassete de cartuchos de ocho pistas. Y así hasta hoy... 

(*) Gracias a la alumna que me contó el chiste de que era fan incondicional de "perdidos", porque se había perdido todos los capítulos desde el primero al último de la serie. A mí me pasa igual. 

(**) Luego dicen los alumnos que mi libro es abstruso y que no se entiende.

domingo, 23 de mayo de 2010

Citizen K. y los fallos de información. Episodio 6.

          K. coge un yogur de la encimera de lácteos del Carrefour. Lo mira y lo remira: trata de leer la letra pequeña: leche, suero, fermentos lácteos, E nosecuantos, nosequeviene luego... imposible de leer; la  incipiente presbicia le juega una mala pasada. Lo posa(*), coge otro y repite el proceso: lo mismo; cada vez hacen las letras más pequeñas.

         A K.  Le preocupa el “asunto del papeo”, como diría aquel grupo musical cuyo nombre no escribo para que no me lo tengan que censurar.  Quiere comer sano, tiene miedo a todas esas cosas que echan en la comida, no porque envenenen a los demás o degraden al medio ambiente. No, lo que le preocupa es que le envenenen a él y a los suyos: K. Además de liberal, conservador, pijo, imbécil, urbanita... y todo lo que hemos visto hasta ahora, es, además, “ecoegoísta”.

          Al final K. Opta por su plan B: "me llevo los de Pascual, o los de la Lechera, o los de alguna marca “de confianza”: esos tienen que ser buenos a la fuerza, y asunto concluido". Si acaso “carga” con uno o dos de esos que parecen “supermegaecológicos” porque vienen en “tarrina” (como él lo pronuncia) de barro y llevan una etiqueta “como muy artesanal”: los fabrica la cooperativa “Nuestra Señora de Garoña” de Burgos: esos sí que tienen que ser naturales.

              K. llena el carro, paga en caja tras una larga cola, mete la compra en el coche, y deja el euro del carro al gorrilla de los carros: Carrefour debería hacerles un contrato laboral, ya que trabajan dentro de sus instalaciones. ¡En fin! Dos horas y media después de salir de casa para hacer la compra, se dispone a arrancar su BMW, de vuelta a su hogar: gira la llave y ¡nada! Otra vez, con el mismo resultado. Tras un ratito se da cuenta de que el coche está averiado. Su admiración por los alemanes desciende varios grados en su escala de lacayo de los poderosos. Llama a la grúa, se llevan el coche. ¡Un día horroroso!

           Al cabo de unos días se acerca al taller: la avería del coche no tiene arreglo, entre otras cosas porque el motor estaba hecho polvo. Y eso que hacía sólo dos meses que se lo había comprado a un amigo suyo de esos que traen coches de Alemania, que son una maravilla. ¡Ver para creer!

           Ciudadano K. Sigue pensando que, en la economía de mercado de competencia perfecta en el que él se cree que vive, los demandantes pueden, si quieren, tener toda la información disponible de los productos,  de forma que pueda elegir. Pero los acontecimientos de estos días le hacen dudar.

          - “Efectivamente”, le dice su economista de la guarda, el que se le aparece por las noches, “la idea de que en el mercado todos los agentes, y especialmente los más débiles, cuentan con toda la información posible, es algo irrisorio. Quizá cuando se intercambiaban ovejas y lechugas pudiera ser, pero hoy en día...”

            - “Pero hay medios, prensa, organizaciones de consumidores, internet... Yo, por ejemplo siempre leo "Ciudadano", y estoy pendiente de todas estas cosas, y al final...”

          -“Al final, idiota mío, no sirve de nada. Los oferentes cuentan con dos armas para que tú, consumidor no te enteres “de la misa la media”: en primer lugar la complejidad de los procesos productivos, muchos de los cuáles además son secreto industrial. Que el Estado controlara eso es imposible pues habría que poner un equipo de funcionarios: ingenieros, farmacéuticos, biólogos, veterinarios... en cada una de las empresas. En segundo lugar tienen la publicidad...”

            -”¡Quieto, por ahí no paso! La publicidad es para los tontos, los que no se informan, los que se dejan engañar!¡No para mí, desde luego!”

             - “¿Tú crees? Haz examen de conciencia de lo que ha pasado estos días: en primer lugar has ido a comprar a Carrefour porque era más barato, ¿y es más barato? Añade al precio de los productos en oferta (y a los demás que te has llevado cuándo los has visto y te has dado cuenta de que te hacían falta), el coste de transporte hasta tu casa y las horas perdidas en las que has estado haciendo de transportista... ¡ah! ¡Y también el euro que le has dado al gorrilla!¿Es de verdad el sitio más barato o es lo que te quiere hacer creer su publicidad con sus ofertas?”

        - “Puede ser...”

        - “¡Fíjate en los yogures! Al final elegiste los de una marca “buena” ¿cómo sabes que lo son? ¿Trabajas o has trabajado en sus fábricas?¿Eres biólogo?".

         - "No, no. Yo soy “teleco”(**). En fin, no sé: se anuncian mucho por la tele. Y luego... son marcas muy caras “ergo” tienen que ser buenos sus productos, porque lo caro es lo mejor".

         - “Buen slogan publicitario “lo más caro es lo mejor”, creo que ya lo ha usado una marca de turrones. ¿y del coche qué me dices? Te lo trajo de Alemania un amigo de toda confianza, ¿eh? ¡Ay, la amistad (como la juventud) divino tesoro! Le veías siempre de “mono” (ellos dicen “buzo”), con un pañuelo lleno de grasa, hurgando los bajos de los coches: ¡Qué mecánico más bueno! ¡Cuánto tiene que saber de lo suyo! Otro tipo de publicidad, más artesanal, pero igualmente eficaz."

           Un ruido interrumpió la conversación:

           - “¡Papá!, ¡papá!¡Ven a ver esto!¡ hay una luz verde de la nevera!¡Y sale de uno de los yogures que trajiste, el que venía en un cacharro de barro!"


(*) Lo "deja", para los que no son de León.
(**) No, no es en homenaje a mi amigo Runner: que sea “teleco” es necesario para el capítulo sobre la selección adversa.

jueves, 20 de mayo de 2010

Citizen K. y los recursos compartidos. Episodio 5.

         "Este finde...¡a cangrejos!", exclamó ciudadano K. delante de su familia. ”En el curro me han dicho de un sitio donde se cogen unos ejemplares buenísimos. ¡Mirad! ya he comprado el retel, 25 euracos, que los vamos a amortizar en dos patadas".

          Y como había dicho, ahí tenemos a la familia K., en su buga de liberal (un BMW) camino del río, el sábado, para empezar la "operación cangrejo". Paran en un bar cercano al río a "echar un pis".

          -"¡Qué verguenza!" le dice a su mujer, "A estas horas ya está el bar lleno de tíos de aquí, sin pegar un palo al agua. Tanto PER, tanto ZP para mantener a esta panda de vagos, porque seguro que pensión, subvención o ayudita, sí que reciben. ¡Así va España!".
 

            Se le acerca un parroquiano: 
 
           - "¿Ande va usté?".
           - "A pescar cangrejos". 
 
           - "¡Anda la osa!", sigue el paisano dando palique: "Yo me dedicaba a coger cangrejos, ¿sabe usté?, pero lo dejé". 
 
             - "Ya, mucho trabajo ¿no?. Es mejor estar en el bar todo el día echando la partida ¿verdad?" dijo irónicamente ciudadano K. mirando al pobre paisanico con el que estaba hablando. 
 
              - "No, ¡qué va! Lo que pasó fue lo siguiente. Yo echaba el retel y cogía, pongamos por caso, 100 euros de cangrejos al día. Enseguida ví que con otro retel más, la cantidad aumentaba a 190 euros. Entonces compré otro retel y cogí cangrejos por unos 240 euros. Cada vez que ponía un retel más, cogía más cangrejos pero cada vez menos cantidad, ¿me comprende?". 
 
              - "Sí, es la ley de rendimientos decrecientes", dijo sabihondo K., "en su ejemplo el incremento en la extracción de cangrejos va así: 100, 90, 50...". 
 
               - "Efectivamente, señor. Y si metía otro retel más sólo sacaba 20 euros más a mayores. Como cada retel vale 25 euros, usted comprenderá que no me interesaba meter un aparejo más en mi negocio. Por eso me quedé con mis tres reteles con los que me sacaba un dinerito. A más, a más, nunca se acababa el cangrejo, porque siempre quedaba suficiente pa' reproducirse".

               - "Pero entonces, pareció el tío Enemesio y dijo que él también se apuntaba al negocio. Le dije: ¡pero esgraciao! no ves que si pones un retel ya no te sale rentable. Me contestó: eso será pa' ti, Eladio, porque pa' mi, con un retel y 260 euros de pesca conjunta (240+20), que se repartirán entre todas las artes, yo me llevo la cuarta parte, que son 65 euros de cangrejo, y como el retel me costó 25, pos entavía gano 40 euros. ¡Es el libre mercao! me dijo el muy jodío . Y, endespués del Enemesio, llegó otro, y luego otro y cada uno echaba las cuentas de esa manera y al final les compensaba dedicarse al negocio. Y al final, entre todos, me arruinaron". 


         - "Normal. Es el juego de la libre competencia, Señor mío. Haber estado más listo. Las oportunidades están para quién sabe aprovecharlas y modernizar el negocio". 

 
          - "No, si ya le dije al Enemesio y a otro que hiciéramos una cofradía, un gremio, o algo asín, para repartirnos la ganancia. Pero ellos erre que erre que nones y que nada". 
 
            - "Lo que faltaba", dijo K. "un gremio, una cofradía...Si es que en este país todo se arregla con intervención pública y barreras a la competencia. ¡Qué cojones! Si la solución es la contraria, más liberalización, Señor, que no se entera. Con tanto corporativismo es por lo que en España estamos tan atrasados". 

             El paisano le miró a los ojos: 

 
        - "¿Ande dice que va?".

        - "A cangrejos" respondió K. 
 
        - "Pos que le vaya bonito, Señor. Porque los cangrejos en esta zona se extinguieron hace años".

lunes, 17 de mayo de 2010

Citizen K. y los monopolios naturales. Episodio 4.

          Sigamos con la saga/fuga de Ciudadano K. (quizá debería cambiarle el nombre por Z.), y dejemos el cabreo contra el "zapatazo" para siguientes posts.

          Fue al salir de aquella celebración del trabajo, en la que Ciudadano K. había bebido demasiado y después cogió el coche (¿quién tiene que conducir por mí?) cuando, de repente, en aquella curva, todo dio vueltas y más vueltas. Lo siguiente que vio K. fue la orilla del mar y otras personas a su alrededor:

        - "¿Dónde estoy?", preguntó. 
       Afortunadamente, a su lado, estaba su economista de la guarda, para ayudarle. 
         - "En la orilla de la Laguna Estigia, y eso que tienes en frente es lo que te separa del mundo de los vivos. Lo siento, tu religión judaico-cristiana estaba equivocada. Sobre la idea del más allá quiénes tenían razón eran los clásicos". 
        - "¿Cómo puedo volver al mundo de los vivos?", preguntó K. con desesperación. 
         - "Es fácil. Ahí tienes a Caronte, que ofrece viajes de vuelta a buen precio". 

          K. miró la cartera: afortunadamente todavía tenía en ella 100 euros, que pensaba gastar en aquél pub de carretera, famoso por sus macizas brasileñas. "Estoy salvado" pensó. ¡Pobre iluso! 

          La barca de Caronte tenía diez plazas, justo el tamaño ideal para poder transportar a las almas en pena que vagaban junto a K. En total eran diez: ¡fenomenal, todo el mundo podría resucitar! Pero estaba el pequeño problema del precio, porque, después de todo, Caronte era un empresario, en régimen de monopolio, que no iba a renunciar a un pingüe beneficio por motivos de compasión. 

          - "Vayan formando en fila según el dinero que cada uno haya traído consigo y luego yo les diré el precio del billete, que será igual para todos". 

         La fila comenzaba con un señor que traía 500 euros, seguía con otro con 400, otro con 300, otro con 200. Luego, en quinto lugar estaba K. con sus 100 euros. Por detrás de él quedaba uno con 50 euros, otro con 30 euros, otro con 20, otro con 10 y, finalmente un niño que no llevaba nada. K. respiró tranquilo: su economista de la guarda le había dicho que los gastos de Caronte para ese viaje ascendían a 400 euros de costes fijos y a 10 euros más por pasajero de coste variable, compuesto prácticamente por el "catering", toda vez que al Infierno había llegado el "peak oil" y la barca se movía a golpe de remo. 

            K. sonrío. ¡Salvado gracias al mercado!: echó cuentas y vió que si Caronte ponía el precio del billete a 100 euros (justo la cantidad que él tenía), recaudaría 500 euros (100 euros por cada uno de sus cinco pasajeros) y sus costes serían 450 euros (los 400 euros fijos más los 10 euros por cada uno de los cinco pasajeros): Caronte ganaría 50 euros. Seguro que ése sería el precio del billete. 

            Caronte, mientras tanto echaba cuentas con papel y lápiz: Si ponía el billete a 500 euros, transportaría a un solo pasajero, sus ingresos serían 500 y sus gastos 410: ganaba 90 euros, ¡buen negocio!. Si ponía el billete a 400 euros, transportaría a dos pasajeros, sus ingresos serían 800 euros y sus gastos 420 euros: ganaba 380 euros, ¡mejor!. Si ponía el billete a 300 euros, transportaría a tres pasajeros, con lo que cobraría 900 euros, con unos gastos de 430 euros: beneficio 470 euros, ¡muchísimo mejor!. Si el precio del billete fueran 200, los pasajeros transportados serían cuatro, los ingresos 800 y los gastos 440 euros, con lo que ganaría 360. "¡quieto, parao!. Eso es menos beneficio que si llevara a tres pasajeros. ¡Decidido!, el precio del billete serán 300 euros!"

          K. se desesperaba sin entender el problema: si él tenía 100 euros, si con el billete a 100 euros todavía Caronte ganaba dinero, ¿cómo podía ser tan avaricioso? Su economista de la guarda le explicó que lo que tenía ante él era un monopolio, y que, cuando esto sucedía, el monopolista fijaba el precio y la cantidad que le daba la gana para maximizar su beneficio. 

          - "¡Pues que liberalicen el sector!, ¡Que reine de verdad el mercado!". 
           - "Eso no puede ser, ingenuo mío", dijo el economista: "una barca como la de Caronte cuesta mucho dinero. Piensa que en cada viaje la barca sufre un desgaste de 400 euros, y Caronte hace unos mil viajes de estos al día. En un año habrá hecho unos 365.000 viajes y la barca tiene una vida útil, a ese ritmo de unos cien años (aquí, en el Olimpo las cosas son eternas). En el mercado una barca de estas, ya habrás echado cuentas, vale un pastón. Ni siquiera el dios mercurio tiene esa pasta acumulada, ni se la fían. Además tampoco tendría sentido que hubiera un mogollón de barcas pululando ni por la Laguna Estigia ni por el Ponto Euxino porque todos se arruinarían. Es lo que se llama un monopolio natural". 

         - "¿Y que solución hay?" preguntó el ciudadano K. "Pues la de siempre: regular el mercado mediante la intervención del Estado. Obligar a Caronte a que, por lo menos se comporte como un mercado de competencia perfecta. Que, por ejemplo ponga un precio en el que no obtenga beneficio (más allá del suficiente para comer), lo que supondría que tú podrías pagar el billete. Incluso podemos obligarle a poner un precio más bajo a cambio de una subvención y así hasta el niño se salvaría. Y luego está la solución óptima..." 
         - "¿Y cuál es esa solución?". 
        - "Mira a tu alrededor", dijo el economista (que a estas alturas casi podríamos suponer que se llamaba Galbraith),"¿qué ves? Diez personas que quieren salvarse, unas cuantas estacas por ahí tiradas, frente a un sólo mamón que quiere hacer dinero a costa de vuestras desgracias. Pues venga, ¡A por él!. Esto es lo que se llama nacionalización. Y funciona, ¡vaya si funciona!" 

           Y en el momento en el que Caronte iba a recibir su merecido, sonó el despertador. Empezaba otro día de trabajo para el ciudadano K., pero algo empezaba a cambiar en su un tanto desamueblada, cabecita.

martes, 11 de mayo de 2010

Citizen K. y las economías externas. Episodio 2

          Ayer, cuando Ciudadano K. salía de casa para ir al trabajo, en el ascensor un vecino, le dio la gran noticia: en los bajos del edificio van a instalar una churrería. “Esto no puede ser”, pensó. Imposible, una churrería genera humos y olores, que se escaparán por el patio donde tendemos la ropa, y, al final todos vamos a acabar oliendo a churro. Por la noche miró los estatutos de la Comunidad, pero no se podía hacer nada para impedirlo.

          Preguntó a sus compañeros de trabajo. Uno que había estudiado “tonting” en el IESE le dijo: esto es un caso de externalidad o de economía externa negativa, que se resuelve mediante el mercado.

          - “Por fin” dijó K. “dios acude en mi ayuda. ¿y como se resuelve?”

           El listillo contestó:

          - "Primera idea, que el churrero compre todo el edificio o vosotros compréis el local”.

           - "Pues va a ser que no. ¿alguna otra idea?”.

          - “Sí. Hubo un tío muy listo, llamado Coase (es un economista de los nuestros), que construyó un sistema perfecto para estos casos, sin necesidad de recurrir al Estado. Todo depende de quién tenga el derecho inicial: como los vecinos tenéis el derecho a tener el edificio limpio de humos y olores, vais a ver al churrero y le preguntáis cuánto está dispuesto a pagar por que permitáis que os atufe con los churros: si os convence el dinero bien y si no pues no le dejáis poner el negocio”.
           No muy convencido K. Habló con los demás vecinos. Encontrar la cantidad de la compensación a pedir al churrero fue tarea imposible: unos se contentaban con cuatro duros, pero otros no querían, a ningún precio la churrería, especialmente la vecina del quinto, que trabaja de azafata en Iberia y no quería subirse al avión con el uniforme oliendo a churro, por la simple minucia de que la despedirían fulminantemente. Tras muchas discusiones, se acordó pedir una cantidad elevada, y exigir, además, una secadora para la vecinita problemática.
            K. se reunió con el churrero pero la reunión no duró ni veinte minutos.

          - "¿y dónde está escrito que vosotros tengáis derecho a un edificio sin olor a churro? Yo creo que es más bien al revés: esto es un país libre y cada uno puede hacer lo que le de la gana siempre que esté dentro de la ley. Que yo sepa hacer churros no está prohibido y si queréis que no los haga, o que haga pocos, ofrecedme una cantidad y ya hablaremos”.

         - "Nos veremos en los tribunales” dijo K.

          Y, efectivamente, todo llevaba camino de un largo, largo, largo, proceso judicial.

        Afortunadamente, esa noche, a K. se le apareció su ángel de la guarda, digo su economista salvador.

         - “Mira”, le dijo, “Lo de Coase y las demás soluciones de mercado, incluyendo creación y transferencia de derechos no funcionan con las externalidades (mira Kyoto). La solución es la intervención del Estado. Mañana, vete al Ayuntamiento e infórmate sobre la ordenanza de actividades molestas e insalubres”.

          Así lo hizo, y enseguida supo que para poner la churrería el empresario tenía que acondicionar el local, cumplir un horario, invertir en unas instalaciones de depuración de gases y olores, reciclar el aceite... y pagar una tasa por la actividad. Todo esto perfectamente regulado “por ley”, independientemente de lo que diga el mercado. Satisfecho con la respuesta, anotó todos los gastos en los que iba a tener que incurrir el churrero y, con una sonrisa en los labios, le pasó la minuta al churrero en cuánto lo vió.

         - “Esto es lo que te va a costar poner la churrería, amigo”, le dijo.

         - “Imposible, con todos estos gastos no me es rentable poner la churrería. Esto es un robo. Estos parásitos del Ayuntamiento siempre con cargas e impuestos para gastarlos en sueldos de funcionarios y cuchipandas. No hay derecho”.

         K. Sonrió por lo bajo. Cuántas veces había soltado él también esa retahíla de improperios contra lo público, y ahora veía lo bien que le venía para no tener lleno de estómago el resto de su vida. ¡Ver para creer!

lunes, 10 de mayo de 2010

Citizen K. y los bienes públicos. Episodio 1.

          Ciudadano K vive en un bloque de edificios de una gran ciudad. K es un fiel defensor del mercado. El mercado es su dios. En él (en su honor debería poner Él) confía ciegamente porque le va a dar todas las soluciones a sus problemas y a todos los problemas de la humanidad. Consagra parte del día a rezar a su dios: lee expansión o cinco días (y si no puede el mundo), escucha la cope o es.radio, en el coche cuando va a trabajar. Se reúne con sus compañeros, todos obreros “white collar” como él, para hablar de los mismos problemas, y da gusto, porque todos, absolutamente todos, piensan como él. Por las noches, antes de ir a la cama, siempre dedica algún momento a la oración: ve Libertad Digital o Intereconomía. En algún momento, con el gato al agua, ha alcanzado el éxtasis místico, en forma de ereccion, ante la presencia de alguna tertuliana(*), posando sus labios en la copa de vino (el cáliz) en el que, como nuestro insufrible expresidente, buscan la inspiración de sus razonamientos. Ciudadano K, es, ante todo, el perfecto idiota contemporáneo.

          El portal del edificio donde vive K está, de noche, mal iluminado. El Ayuntamiento puso la farola demasiado lejos. Cuando, en invierno, K. vuelve de trabajar le cuesta encontrar la cerradura donde meter la llave. Piensa, además, que cuando vuelva del trabajo su mujer, con tanta oscuridad, cualquiera puede darle un susto, incluso violarla. Nunca ha pasado nada así, solamente una vez un borracho estaba meando en el portal, aprovechando la falta de luz, nada más. Pero Ciudadano K, se me había olvidado decirlo, además de idiota, es también un acojonado.
             Recurre al mercado buscando la solución: podría comprar un foco para iluminar la parte de calle próxima a su portal. Él solo no puede acometer el gasto, que además tampoco sería justo, pues todos los demás vecinos también se aprovecharían de la iluminación. Y no sólo los vecinos, también todos los transeúntes se beneficiarían de esta nueva luz, especialmente aquellos que se dirigen a las casas que hay más arriba en el barrio, que, además son, mayoritariamente inmigrantes. Inicia una tarea de postulación entre todo bicho viviente, pero siempre obtiene el mismo resultado: “a mí no me interesa”, “yo llego a casa de día”, “es muy caro”, “voy por otra calle”, “ya me apaño yo con una linterna”, “no me jodas, si aprovechando esa oscuridad me he tirado en el portal a tres novias”... En su ser íntimo sabe que no es cierto, que todos quieren tener luz en el portal (les ha visto despotricar más de una vez), pero nadie quiere pagar por ello.
            Tu problema es evidente, le dijo una vez un economista que se le suele aparecer en sueños, un tal Galbraith, o Stiglitz, o alguien así (no lo tiene muy claro): la farola que quieres poner es un bien público, pero no en el sentido que tú, ignorante tontorrón con corbata, crees que es: “algo del Estado”. Un bien público, es, en economía, un bien de consumo no rival (varias personas pueden aprovecharse de él a la vez sin que una se lo quite a la otra, lo que no pasaría si se tratara de una pizza, donde el pedazo que me como yo, no lo catas tú) y en el que no hay posibilidad de exclusión: no podemos hacer que la farola sólo de luz a unos sí y a otros no, lo que supone que siempre habrá “polizones”, “free riders” en terminología económica, que no quieren pagar, pero sí se apuntan a disfrutar de estos bienes, porque no los podemos echar. En estos casos, querido K., el mercado no puede darte la solución: la solución te la dará el Ayuntamiento. Pide que pongan una farola al lado de tu casa, y, a cambio, paga con gusto tú y los demás propietarios el impuesto que, bajo la forma de contribución especial, esa Administración te girará.
          Así lo hizo Ciudadano K, y así tuvo luz en su calle pagada por él y todos los que se benefician con ello. Ese día, K. empezó a dudar de su dios omnipotente. Le había fallado una vez. Y el pobre no sabía, aún, lo que le esperaba.



(*) Esa Esther Jaén, tan voluptuosa ella, y a la vez tan rojilla (más bien rosa palo): la tentación de Satanás.