"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

Mostrando entradas con la etiqueta Revolución. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Revolución. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de noviembre de 2010

Anatomía de Grey

         En los primeros días de clase y tras explicar el modelo de economía eficiente que “supone” la economía de mercado, pregunté a los alumnos cuántos de ellos creían que los medios de producción no deberían estar en manos privadas, sino en manos públicas: sólo dos alumnas, de una clase con unos sesenta alumnos presentes, levantaron la mano en señal de acuerdo con la propiedad pública de los medios de producción.

           Esto demuestra el minoritario apoyo que la sociedad burguesa occidental presta al socialismo, pues precisamente en eso consiste el socialismo: no en votar a ZP o al PSOE cada cuatro años, sino en pretender que los medios de producción sean “socializados”, esto es que desaparezca la propiedad privada en la titularidad de esos medios y que sea reemplazada por una titularidad de toda la sociedad sobre los mismos.
           Si en un programa del tipo “tengo una pregunta para usted” un ciudadano preguntara a nuestro Presidente (O a Carme, o a Elena, o a Trini, o a Alfredo, o a Miguel...) que es “para él” ser socialista, seguramente contestaría que “para él” ser socialista es creer en la democracia, en España, en la selección de fútbol, en la paz, en el entendimiento, el progreso, el respeto a los demás, al medio ambiente, a los pajaritos, en la convivencia, “tralará, tralarito”... pero no les arrancaríamos la única respuesta que define a alguien como socialista: que cree y persigue lograr una economía en la que los medios de producción sean públicos. Con esto se demuestra que toda esta gente hace mucho tiempo que dejó de ser socialista, para pasar a ser otra cosa (¿qué cosa? Está por descubrir).
           Se me dirá, justificando su deserción, que no hacen otra cosa que representar a la sociedad, una sociedad que, como en mi clase, apenas cuenta con un 2 o 3% de “verdaderos” socialistas “teóricos” (no voy a escarbar más en la “práctica” no sea que me quede sin ninguno).
          Pero no está perdido: las conciencias y las voluntades de las personas y de las sociedades (que son algo más que la suma de sus individuos) cambian, y lo hacen por tres vías: por los ojos, por el corazón y por el culo:
           Por los ojos porque mediáticamente se consigue que las personas piensen de una determinada manera y actúen como tales. El problema que tenemos los socialistas es que no contamos con un aparato mediático capaz de transformar las mentes de los ciudadanos: es muy caro y por eso mismo está en las manos de los poderosos. Por aquí poco podemos hacer.
           Por el corazón, porque cerca de este órgano se pone la cartera. Y ahí sí que nos duele. Mientras hay “alfalfa” nadie se cuestiona nada: pero cuando falta el “forraje” nos volvemos todos más críticos. El día que la gente vea que vive peor que hace unos años, o que sus hijos jamás van a poder alcanzar el bienestar de sus padres (ni irse a Cancún de luna de miel), entonces las cañas se volverán lanzas y se cuestionará todo: ese “todo” incluye el sistema económico, el reparto de la riqueza y el concepto de propiedad privada, especialmente si ese empobrecimiento de la mayoría de la sociedad lleva aparejado el enriquecimiento aún más de una minoría que ya hoy nada en la abundancia.
         Por el culo, porque, muchas veces un ligero pinchazo en esa parte, obra maravillas en el cambio de voluntades. A lo mejor es lo que la sociedad necesita: “un pellizquito para echar a volar”.
           Y puestos a hablar de objetos punzantes con los que incentivar, por la retaguardia, el cambio de mentalidad de las masas, conviene recordar, una vez más, (en este blog no es la primera vez que aparece) la famosa máxima de Bonaparte: “la revolución es una opinión que ha descubierto las bayonetas”.

lunes, 25 de octubre de 2010

Águila Roja

          Dicen los eruditos que los valores de un pueblo se pueden conocer a través de sus cuentos populares. Eso sería antes: ahora los valores de la sociedad se conocen por sus series de televisión.

          En la que arrasa los jueves por la noche entre los televidentes con alguna neurona viva (entre los que las tienen todas muertas indudablemente gana “Gran Hermano”), la acción, cuando escribo esto, se sitúa en una revuelta popular en la que unos cuantos campesinos han “okupado” el Palacio de la Marquesa, reteniendo contra su voluntad a nobles y lacayos.
           Acepto, por imperativos del guión, que liquiden en primer lugar a los lacayos, puesto que se trata de figurantes, más fácilmente reemplazables que las estrellas, cuyo caché es mayor. Lo más gordo es que se presenta a los asaltantes como a una panda de psicópatas movidos por deseos entre sádicos y carnales, que se aprovechan de su momentánea posición de fuerza para vengarse de las injusticias a que fueron sometidos por nobles y (no lo olvidemos) también por los lacayos: de esta forma, desviando la atención a los aspectos “sucios” de una revuelta, se ampara un “statu quo”, se identifica enseguida al malo de la “peli” y se consigue que, cuando finalmente aparezca el Águila Roja, espada en ristre para degollar a todos los malos y salvar a los nobles, cuente con la general aprobación del público televidente.
           ¡Qué pena! Todos esperamos en las revoluciones que, a las puertas de palacio, se presente un pelotón de uniformados con metralletas y, al frente un joven intelectual de gafitas redondas, estrella roja en la gorrita, con los galones de teniente, al menos de “su” ejército o partido, pistola en mano, declarando, como en la canción de Manu Chao: “Estas instalaciones están ahora bajo control del Gobierno de la República Democrática Saharaui”, y, en su lugar se presenta una panda de indeseables, primos de los que salen en Viridiana, matando y violando a todo lo que se pone a su alcance.¡Qué decepción, esta revolución!
            Pobre Maestrillo: toda la serie predicando para que el pueblo tome conciencia de su situación y se levante contra sus opresores y, ahora que por fin le hacen caso, todo se va al traste por una cuestión de etiqueta.