Decíamos
ayer que los problemas para las opciones minoritarias no vienen tanto del
sistema electoral como de otros factores. ¿Cuáles son? Básicamente factores de
orden psicológico. Vamos a ver cuáles son de ese orden y cuáles son problemas
del sistema.
En
primer lugar está el hecho de que la tercera fuerza electoral más votada
obtenga menor número de representantes que la quinta o la sexta, localizada en
un territorio muy concreto. Efectivamente, este es un fallo “sistémico”,
derivado de la definición de
circunscripción electoral de la Constitución Española y del hecho de que
cada circunscripción deba contar con un número mínimo de diputados.
En
segundo lugar está el hecho de que un diputado en Soria sea mucho más “barato”
en votos que uno de Madrid: es también un fallo “sistémico” que trae causa del
mismo factor que en el punto anterior.
En
tercer lugar está la idea de que un sistema es más democrático cuánto más
garantiza el derecho a poder hacerse oír de las minorías. El principio es
políticamente cierto en abstracto pero ya no es tan cierto alguna de las
concreciones que ciertas voces derivan del mismo.
Así,
hay que decir que existe un reduccionismo extendido entre la sociedad y de
carácter transversal según el cuál la democracia es “ir a votar cada cuatro
años”, o, en general, “ir a votar”. Esa percepción de la democracia, ya lo he
dicho en otros posts, es muy limitada y conduce a creer que, el verdadero acto
de una democracia es el día del “encuentro con las urnas”. Puedo entender que
mentes muy simples como la de Francino, o muy malintencionadas, como las de los
neoliberales, recurran a esos eufemismos, pero lo cierto es que votar es “una
parte” de la democracia (incluso de una democracia real, no como la nuestra),
“no el todo”. El “todo” de un sistema democrático (real) es la participación
activa de la ciudadanía en todos los procesos de decisión de lo público. Dentro
de unos días los políticos y medios españoles nos volverán a poner como ejemplo
de comportamiento democrático mundial, el hecho de que gracias al INDRA y otras "yerbas venenosas" parecidas, tengamos los resultados una hora después de que se
cierren los colegios electorales, como si eso nos hiciera “más democráticos”.
Nos volveremos a reír de países de nuestro entorno dónde los resultados se
saben días después de las elecciones: y lo haremos con nuestro tradicional aire
de superioridad, que tantas collejas nos ha costado en Europa... Lo cierto es
que, en esos otros países para privatizar el agua, para reformar la
constitución, para mover un adoquín en una plaza pública hay que consultar a la
ciudadanía, y una fracción de esa ciudadanía puede paralizar cualquier iniciativa
que no le guste y llevar el caso a los Tribunales... mientras que aquí, en el
“paraíso de la democracia de las urnas” todo eso nos es desconocido.
Luego
el primer error es reducirlo todo “a las urnas”: en ese sentido, determinados
partidos sólo se “visualizan” en los procesos electorales, de la misma forma
que los espíritus sólo aparecen si son invocados por el “médium”: luego vuelven
al sueño de los justos. Incluso alguno de esos partidos sólo se ven con más
nitidez en esos momentos: así sabemos que UpyD, por ejemplo, tiene programa
electoral más allá de la lucha contra ETA y ZP... Pero es “flor de un día”: una
vez pasado el trago retorna a su forma original de caricatura. Curiosamente un
ejemplo contrario es del “partido antitaurino” (P.A.C.M.A.), centrado en un
campo muy concreto de actuación, la supresión de las corridas de toros (y en
general del maltrato animal): es capaz de articular una acción continuada en el
tiempo, gracias a las cuáles han conseguido erradicar la “fiesta nacional” de
Catalunya, contar con una “bancada fiel” y asestar el golpe en el momento
electoral (es el partido extraparlamentario que se presenta en más
circunscripciones electorales y fue una de las principales fuerzas sin representación en
las últimas elecciones europeas). Probablemente nunca lo votaré, pero su forma
de actuar es digna de estudio y de elogio.
Igual
que sólo existe democracia si una sociedad está dispuesta a implicarse día sí y
día también en la vida pública y no sólo cuando “tocan a comer”, incluso con más
energía cuándo no hay elecciones que cuando las hay, el segundo punto esencial
es que una sociedad democrática necesita ser, previamente, una sociedad
cooperativa, o colaborativa. Me explico: puesto que lo que se trata es de
participar “en lo común”, en lo de todos,
poco sentido tiene ir cada uno por su lado. Cooperar implica ceder
incluso en algo en lo que crees tener razón (me están saliendo unas
definiciones muy cursis, que parecen propias del simple de Marina), que no es
más que una variante de sacrificar de lo propio para el bien común.
Existen dos
conductas opuestas a ésta, con trascendencia política: la primera, es obvio, es
la “conducta competitiva”, justificada en una mala interpretación de Smith(*),
según la cuál el bien común, sólo se alcanza mediante la búsqueda del egoísmo
particular de los individuos que forman una sociedad. Para esta gente la
democracia como forma de gobierno no debe aspirar más que a dejar trabajar esos
egoísmos, con lo que el resultado (una “buena sociedad” está garantizado). No
voy a entrar hoy a rebatir esta siniestra posición, porque ya lo hago
habitualmente, ahora simplemente la enuncio.
Me
interesa más la otra conducta posible, la “inhibicionista”: consiste en decir
que yo ni colaboro, ni compito con los demás en la construcción de la sociedad:
soy como un gas noble, ni me mezclo ni me alío con los demás. Y, al igual que
estos elementos químicos, no resulto contaminado, no hago nada que vaya contra
mis principios, sigo siendo un espíritu puro. Si una sociedad basada en los
principios de competencia resulta ser una sociedad perversa, una sociedad
basada en principios “inhibicionistas” es simplemente una sociedad inexistente:
una suma de individuos que no se relacionan, que no se implican, que no ceden
ni compiten, que no elaboran proyectos en común, que no tragan “sapos y
culebras” para conseguir algo que les puede reportar alguna ventaja y que
tampoco se alían contra un mal común, por ejemplo, no puede sobrevivir mucho
tiempo.
Bueno,
pues, este tercer tipo de conducta resulta ser el más común entre la pléyade de
formaciones minoritarias que se presenta a los comicios y (¡ay!) entre buena
parte de sus votantes más fieles: nos presentamos solos, sin mezclarnos con
nadie, porque somos los únicos que tenemos un espíritu puro, la razón ideológica
y un brazo incorruptible: todos los demás son revisionistas, vendidos,
vergonzantes, o, simplemente sinvergüenzas. Esta enfermedad está especialmente
activa en el espectro político de izquierdas, que, de siempre ha tenido un
paladar “exquisito” para distinguir las sutilezas de cada pensamiento moral o
político; no así la derecha, de amplias tragaderas, dónde entra todo lo que se
le echa (desde ex PSP hasta ex Fuerza Nueva, como el candidato de mi
provincia). Hasta en gastronomía y, pese a lo que pudiera parecer, la izquierda
está llena de “gourmets” y la derecha de “gourmands”. Por supuesto, los que
mandan en las sociedades capitalistas, saltan de alegría con la extensión de
esta patología: en una sociedad con 1 rico por cada 99 pobres, que los noventa
y nueve pobres se unan los hace invencibles, que esos mismos pobres sigan su
egoísmo particular los hace sobornables, que vayan a su bola sin mezclarse con
nadie los hace simplemente inocuos.
Y llego
al punto clave: ¿es más democrática una sociedad con tropecientos partidos
visualizables en las papeletas, separados con una sutileza ideológica hecha con
bisturí laser? En mi opinión a la democracia real, esto le es indiferente. En
esa línea, la citada en otro post, reforma de la Ley Electoral obrada en la LO
2/2.011 de 28 de enero, es, a la contaminación, como mear en el Río Ebro.
Y ahora
viene la provocación: ¿Es un sistema bipartidista menos democrático que uno
tropecientopartidista? Pues, ¡depende! Si estuviera garantizada la democracia
interna dentro de los dos partidos, el sistema, siempre en términos de
“democracia parlamentaria” en que nos movemos, ¡ojo!, podría ser hasta más
democrático que el otro: dos partidos, de base amplia, que recogieran todas las
ideologías de su “arco” y que permitieran el juego democrático (acceso a los
órganos de gobierno, crítica, censura, participación en las decisiones, en los
programas...) en su seno de todas las corrientes, pueden llevar a la
“democracia de partidos” al límite democrático de lo que da de sí el invento.
Se matan dos pájaros de un tiro: se consigue una mejor representación “en
urnas”, tanto en votos como en candidatos, y se logra una participación
cotidiana en los asuntos políticos (¿os imagináis una asamblea en el PSOE con
dialéctica entre trotskistas y socioliberales? Sería algo animadísimo: estarían
llenas y habría “tortas” para acudir), al coste de asumir una conducta
“colaborativa” en la que, me temo, el votante mediano impondría su voluntad. En
esto la derecha lleva ventaja: ya conviven en su seno desde Guerrilleros de
Cristo Rey hasta socioliberales.
Lo
dicho no es original mío. Ese fue el debate que llevó, precisamente, en 1.984,
al Partido Comunista de Estados Unidos, a incorporarse a las filas del Partido
Demócrata. En estos pagos, sin embargo, la tónica es la contraria: Corriente
Roja abandonó, o se la invitó a abandonar, Izquierda Unida hace años, el PSM pasando por encima o con la connivencia de Tomás
Gómez (según opiniones) masacra a “izquierda socialista” en las listas de diputados de estas
elecciones; IZAN, EQUO e IU incapaces de "ajuntarse"... En fin, cada pajarito
trinando por su lado... ¡Y así nos va!
(*)
Justamente en sus Ensayos Morales (convenientemente ocultados por el
pensamiento liberal) decía lo contrario: no hay que olvidar que Smith, como
hijo de su tiempo, atribuía más importancia a lo moral que a lo económico, por
lo que no es difícil saber qué es lo que prefería.