"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

miércoles, 10 de marzo de 2010

El juego de las diferencias

          Encuentre las diferencias entre estos tres textos: 

         Primero: ¡Desengáñese! En el mundo que vivimos la policía no puede garantizar su seguridad de forma absoluta: existen bandas de atracadores muy profesionalizadas, psicópatas, terroristas dispuestos a suicidarse por cometer una masacre... En estas circunstancias, hemos decicido suprimir los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. En su lugar, permitiremos que los ciudadanos puedan portar y utilizar armas, al estilo de la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos.
          Segundo: ¡Desengáñese! En cualquier país del mundo los más ricos van a encontrar una forma de eludir los impuestos y evitar pagar a Hacienda (paraísos fiscales, ocultación de bienes, testaferros...) En estas circunstancias, hemos decidido suprimir la tributación de las rentas altas (SICAV's, Impuesto sobre Patrimonio, retribuciones de futbolistas, SOCIMIS...). En su lugar, cada uno de nuestros ciudadanos tendrá que buscarse la vida, la sanidad, la educación... como buenamente pueda.
          Tercero: ¡Desengáñese! En este país los trabajadores han cogido la mala costumbre de no morirse en el tajo y, en cambio, cada vez llegan más a viejos, con lo que no podemos pagar sus pensiones, ni vamos a exigir a los más favorecidos que lo hagan. En estas circunstancias, hemos decidido retrasar la edad de jubilación y aumentar el periodo de cotización para recibir una pensión. En su lugar, los ciudadanos que quieran llegar a disfrutar de una jubilación, sin morirse de hambre, tendrán que suscribir planes de pensiones privados.

            Efectivamente, ha encontrado las diferencias: en el primer caso estamos hablando de un discurso neoconservador. En el segundo y tercero estamos hablando del discurso que nos ofrecen, en España, tanto el Gobierno de izquierdas como la oposición de derechas. En todo lo demás, los tres textos son iguales.

martes, 9 de marzo de 2010

¿Crisis?, ¿Qué crisis?

          Empecé mi negocio en el 2.004: un pequeño bar en una zona residencial de una pequeña ciudad. Al principio todo iba bien: la gente venía, sobretodo antes de comer y los fines de semana, pedían tres o cuatro rondas: aquí un ribera, allá un somontano, dos riojas... En poco tiempo me hice una clientela fiel, a la que conocía por sus nombres y sus gustos.

           A finales de 2.007 algo empezó a cambiar: los clientes eran los mismos pero ya no pedían riojas ni riberas... empezaron a pasarse a las cañas. Las niñas pijas dejaron de pedir caneis y lambruscos y se pasaron, progresiva pero ineludiblemente, a la clara y al corto “con mucho gas”. La caja lo notó, pero lo peor estaba por llegar.
           Un año después, los clientes, “mis clientes” (pues todavía no había perdido ninguno) dejaron de pedir tres o cuatro rondas y pasaron a tomar una. En algunos casos, si venían en grupos muy grandes, a alguno no le apetecía tomar nada, o como mucho, un vaso de agua del grifo. Las cañas se volvieron cortos, pero, curiosamente, se tiraban el mismo tiempo “pegados a la barra” que cuando abrí el negocio: sólo que antes tomaban tres vinos (y de marca) y ahora sólo uno (y peleón). El bar seguía a rebosar de gente, pero la caja se hacía, día a día, más pequeña.
           Pero tuve suerte: otros bares de la zona cerraron y su clientela vino al mío, aunque sus gustos eran los mismos que los de mis clientes: apalancarse con una consumición un par de horas. Había días que aquello estaba tan lleno que mucha gente no entraba porque no cabía en el local: ¡todos esos clientes que perdía!.
           Entonces entró aquel tío... y va... y dice...: "¿Crisis?, ¿qué crisis? ¡Si están los bares llenos!" Y, entonces, Señoría, compréndalo, yo no quería pero... ¡tenía el cuchillo jamonero tan a mano!

lunes, 8 de marzo de 2010

El malo, el tonto y el vago

        Entre las teorías que explican el comportamiento de los votantes (preferencias unimodales y bimodales, votante mediano, mayorías cíclicas...) una de especial aplicación a este país es la del “voto de castigo”. Los votantes no transmiten con su voto la ilusión por una propuesta de gobierno atractiva, sino que emplean el voto para castigar a quién nos gobierna (y, a veces, a la oposición): no se “vota para” sino que se “vota contra”.

          Si este factor es el fundamental para determinar el voto, entonces, no nos podemos quejar de los resultados: no esperamos nada del ganador, sólo que desplace o venza al perdedor: ahí se acaba el programa electoral del partido (o persona, ahora veremos) que gana las elecciones.
          Al voto de castigo somos muy aficionados los españoles: en otros países es más raro de ver: En Estados Unidos, desde luego la victoria de Obama no viene como castigo a Bush, ni a Mc Cain, ni siquiera al Partido Republicano, sino que nace de la creación de una ilusión (el tiempo dirá si fundada o no) en el primer Presidente negro de los Estados Unidos(*). La victoria de Tony Blair también fue parecida al vender con éxito su “Nuevo Laborismo” (tan nuevo que ya de laborismo no tenía nada). Sarkozy no obtuvo su victoria con un voto de castigo contra Royal, sino porque los franceses (¡pobres!) creyeron que era el mejor para solucionar sus problemas. Y así podríamos citar a Lula, Chávez...
         ¿Por qué España es diferente? Baste recordar el “Váyase, Señor González”, el castigo a las mentiras del 11-M, el miedo a la vuelta de la caverna...

         Se me ocurren dos razones para entender la diferencia: Por un lado creo que algo tiene que ver con la limitación de mandato de otros países que permite la renovación de las personas en política y diluye el voto de castigo. Por otro lado creo que ayuda el que el partido tenga identidad propia frente al líder de cada momento, de forma que no se “manche” con las acciones de su caudillo. ¿Hay algo de esto en España?¿Por qué se habla del PSOE de González, del PP de Aznar, del PP de Rajoy o del PSOE de Zapatero?¿Son o no son los mismos partidos políticos? Si el líder influye tanto en el partido es lógico que las tortas le caigan al partido aunque el jefe ya no se presente...

           Y, a todo esto, ¿dónde queda la ideología?


(*)Sí pudo haber voto de castigo cuando Carter perdió la reelección por el asunto de los rehenes en su embajada en Irán y cuando Bush padre fue desbancado por Clinton ("la economía, estúpido, la economía").

domingo, 7 de marzo de 2010

Sólo el necio...

         Es frecuente escuchar a los gregarios de la pomada neoliberal que “una cosa (empresa, acción producto...) vale lo que dice el mercado”, o que “el precio es la medida del valor de las cosas”.

        Para desmontar esta falacia no se necesita ser doctor, economista, catedrático... Sólo hay que tener sentido común.
          Si el mercado es el que fija el valor de las cosas... ¿qué pasa con las cosas que NO están en el mercado?¿qué pasa con los parques naturales, jardines, carreteras, bibliotecas...?¿no tienen valor?
          Lo cierto es que todos estos bienes tienen valor, muchas veces un gran valor: lo que no tienen es precio. Conocer cuál es el valor de un parque es complicado, pero al menos hay tres métodos que debemos considerar:
          En primer lugar podemos fijar el valor de un bien por su coste: una carretera “vale” lo que costó hacerla: movimiento de tierras, cimentación, asfalto, pintura... Este método es útil si queremos elaborar un presupuesto, si queremos saber lo que vamos a desembolsar por llevar a cabo ese proyecto.
           En segundo lugar podemos también saber cuál es el valor de un bien por la cantidad de trabajo que lleva incorporado en su fabricación: una camisa no es más que la suma de unos lienzos más el trabajo del sastre y a su vez los lienzos son el resultado de añadir a unos hilos de algodón el trabajo del telar, y los hilos a su vez el algodón en bruto más el trabajo del hilador... y así sucesivamente. Este concepto de valor es muy interesante a la hora de distribuir la plusvalía obtenida en el producto entre sus factores de producción: entre el capital (el poseedor de los medios de producción) y el trabajo (el que alquila su esfuerzo personal). Pensad por un momento en unas zapatillas nike: ¿por qué se produce beneficio en su venta?¿quién debería, por tanto, apropiarse de ese beneficio?

         En tercer y último lugar podemos valorar un bien que no está en el mercado (en el ejemplo, una carretera) no sólo por los costes que cuesta construirla sino también por los beneficios que produce, aún cuando no sean de carácter monetario: la facilidad de que pueda llegar al pueblo una ambulancia o un camión de refrescos, el ahorro de vidas que se produce si se incorporan mejoras de seguridad en la misma, el ahorro del tiempo de la gente que viaja a la ciudad a arreglar papeles... Para completar el modelo también habría que tener en cuenta otra serie de costes que tampoco son monetarios: se ha dividido un valle en dos, ha habido que desviar un río, la gente del pueblo tiene que soportar más ruido y contaminación...
          El modelo de análisis coste-beneficio, en los proyectos públicos, atiende a estos ingresos monetarios y no monetarios y a los costes monetarios y no monetarios. Así podemos saber el valor de una inversión.
           ¿Y ahora pregunto? Si en ese parque (o carretera) empezáramos a cobrar la entrada o un peaje: ¿cambiaría el valor del bien? ¿sería el precio lo que determinara el valor del bien y no todo lo analizado hasta ahora? La respuesta es clara.
          Por eso, los mercados sólo sirven para asignar y (mejor o peor) distribuir los bienes y servicios entre quienes los producen y quienes los quieren (y tienen para ello) y fijan los precios (más o menos) en función de oferentes y demandantes, y nada más... Por eso, en el mercado de trabajo, el “sueldo” de Cristiano Ronaldo es infinitamente mayor que el de una limpiadora, que, también, es menor que el de una invitada a programas de corazón: no quiere decir, por supuesto, que el trabajo de CR o el de AR sea de más valor que el de la señora de la limpieza (o el del Presidente del Gobierno). Simplemente el mercado les ha dado un precio distinto.
           No hay más que tener un poco de sentido común para verlo: ya lo dijo Machado: “Sólo el necio confunde valor y precio”.

sábado, 6 de marzo de 2010

Una, Grande y Libre.

         Que la culpa del déficit en España la tienen las autonomías es algo que estamos acostumbrados a oír en los medios de la caverna; lo que es más sorprendente es empezar a oírlo también entre las voces de izquierda (Escolar-Público).

          La realidad es otra: al margen de los “a-ochos” de Touriño, circuitos de formula 1 en Valencia o Cortes faraónicas como las de Castilla y León, lo cierto es que el déficit de las Comunidades Autónomas procede de la asunción de dos de las competencias que más gasto público suponen (y más deberían suponer en un Estado subdesarrollado como el nuestro): la Sanidad y la Educación. Como quiera que, además, la transferencia de tales competencias NO ha ido acompañada de la financiación suficiente, el déficit fiscal de las Comunidades Autónomas parece desorbitado. Ocultando este hecho, la “basca neoliberal” pretende que se recorten los gastos de las Comunidades Autónomas y, de esta forma, recortar también el gasto en Sanidad y Educación.
           Por eso, por paradójico que resulte al profano, la solución al déficit de las Comunidades Autónomas no consiste en recortar sus gastos sino en mejorar sus ingresos: aumentar su capacidad de financiación. En esto sí son culpables las autonomías porque la mayoría de ellas viven muy a gusto gastando la propina ,mientras que el papá de la Administración Central tiene que ir casa por casa a recaudar los dineros necesarios. En algún caso, incluso, determinadas Comunidades Autónomas se han permitido el lujo de rebajar su (escasa) imposición directa, favoreciendo a las grandes herencias de los ricos instalados en sus territorios.
           También hay que reconocer que cuando una Comunidad ha reclamado una mayor capacidad de financiación (como es el caso de Cataluña) los grandes partidos nacionales se la han echado encima como fieras: unos de forma descarada (como el caso de PP) y otros de forma sibilina (PSOE), mediante engaños, traicionando sus propias propuestas (pacto territorial Santillana), y dejando colgados de la brocha a los militantes de esa Comunidad.
           Si la solución no es recortar el gasto de educación y sanidad, ni “devolver” estas competencias al Estado, sino establecer la corresponsabilidad fiscal real de las Comunidades Autónomas, de forma que puedan gestionar todos los impuestos que se recaudan en su territorio, y subirlos, si es necesario, para atender las demandas sociales, parece cierto lo que muchos pensamos: que el Estado de las Autonomías era un primer paso hacia el Estado Federal y que sólo éste último resolverá muchas de las contradicciones que hoy se mantienen fruto de que no somos “ni chicha, ni limoná”. Y no, Señor Escolar, a España le queda mucho para ser un Estado Federal.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El país de las pajaritas de papel

         En un país llamado Conejolandia, de pronto, se pusieron de moda las pajaritas de papel. Todo el mundo compraba y vendía pajaritas: era un negocio redondo porque, cada día que pasaba, las pajaritas subían más y más: comprabas una pajarita hoy, la vendías mañana, y ganabas cien reales: ¡sin hacer nada!. Con ese dinero podías comprar otra pajarita más cara o más cantidad de pajaritas, volverlas a vender y así hasta forrarte: todo era cuestión de tiempo.

           Si no tenías dinero para comprar pajaritas no tenías que preocuparte: el banco te prestaba el dinero y también salías ganando porque, mientras que el préstamo no subía, la pajarita sí que ganaba valor: la vendías y con el precio obtenido liquidabas el préstamo y todavía te quedaba ganancia: podías hipotecarte por cien, mil, un millón de pajaritas... o por unas pajaritas de mejor papel, más caras, de colores, más bonitas... en fin, lo que quisieras: aquello era el paraíso de las pajaritas.
           Enseguida la gente empezó a viajar, a comprar coches caros, yates... se aficionó al golf y a la enología, a los trajes de armani y a los calzoncillos de versace. Si no se tenía dinero para comprarlos daba igual: te lo prestaban siempre que tuvieras al menos una pajarita, porque, como siempre subían de valor, el banco estaba seguro de cobrar y tú podías seguir viviendo a todo trapo.
         Las fábricas de papel echaban humo, y, ni aún así, eran capaces de fabricar tanto papel como el que hacía falta para producir tanta pajarita. Había trabajo para todos: de cortador de papel, de doblador, de pintor de ojos de pajaritas... Incluso vinieron expertos en origami desde Japón para hacer las pajaritas más bonitas que se habían visto jamás. Y mucho trabajo de currante: plegando y plegando cuartillas.
           Los gobernantes de Conejolandia vieron aquello y dijeron (como Yahvé en el Génesis) que “todo era bueno”. Siguieron y siguieron alimentando el frenesí papirofléxico con sus políticas económicas.
            Y un día, de repente, las pajaritas pasaron de moda: ya nadie las quería, estaban cansados de ver pajaritas, no sabían qué falta hacían tantas pajaritas... Y el precio de las pajaritas cayó en picado...
            Muchos habitantes de Conejolandia se quedaron sin nada... sin nada salvo sus préstamos, que siguieron pagando religiosamente a los bancos. Aparecían continuamente pajaritas tiradas en los contenedores de basura y en las cunetas de la carretera. Las fábricas de papel empezaron, una a una, a cerrar, pues ya nadie necesitaba pliegos, folios, cuartillas... Con ello llegó el paro... La gente de Conejolandia lo empezó a pasar mal.
            Y, entonces, el Gobierno tuvo una idea: no se dedicó (ni antes, ni ahora) a enseñar a sus súbditos para que se dedicaran a otras actividades, ni procesó o encarceló a los magnates (mangantes) que habían creado el negocio de las pajaritas... No, no, ¡qué va!: propuso, como solución al cierre de las fábricas de papel, que la gente dejara internet y volviera a escribir las cartas a mano.
           Se ve así, querido Fabio, que cada país tiene el gobierno que se merece.

martes, 2 de marzo de 2010

Consumir menos, repartir mejor.

         La receta de los mandos de la economía global para salir de la crisis es clara: consumir, consumir, consumir... Al contado o a plazo (de ahí el interés en restablecer el crédito, ¡cómo si no hubiera que devolver los préstamos!), consumo público o privado... ¡más consumo!, ¡es la guerra!.

         Aplicando estas recetas no se si llegará la solución a la crisis económica, pero la destrucción del Género Humano está garantizada (la del planeta Tierra no, éste seguirá hasta que se lo trague el Sol).  A lo mejor no hay que ir a Minessota para entender que la solución está en los libros de cocina de la abuela: consumir menos, repartir mejor. 

         En las recetas de esos libros siempre aparece: para cuatro personas, para ocho, para seis... y a continuación se acompaña de un cálculo de ingredientes en razón del número de comensales, en iguales proporciones: no se dice "700 gramos de ternera para cada uno de los del primer mundo, 300 para los del segundo, 50 para los del tercero..., sino una taza de arroz por persona..." Pues eso, repartir mejor

         También se dice "si el precio del producto A es muy elevado o no puedes conseguirlo, se puede sustituir por B y el plato quedará igual de rico". Así se puede sustituir el besugo por merluza, la escalonia por apio, la chalota por cebolla, el caviar por hueva de oricios... Está claro, consumir menos (y si lo dejamos en manos de la cocina de diseño, todavía mejor). 

          ¿Pero se puede consumir menos y repartir mejor? Depende del sistema económico: al parecer los que están basados en el mecanismo de la bicicleta (o pedaleas o te caes, véase acelerador y multiplicador) no. Bueno, pues cambiemos la bicicleta ¿por...? (Se admiten propuestas sobre nuevos (o viejos) medios de transporte.