"El Ejecutivo del Estado moderno no es más que un Comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía" (K. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista).

domingo, 9 de mayo de 2010

No son horas

          "¡Vamos a ver!¡Pero vamos a ver! Que los españoles somos trasnochadores, que estamos todo el día y toda la noche de juerga. ¡Bueno!, ¡Bueno!, ¡Bueno! ¡Cuanto listo hay leyendo el acorazado!¡Qué trasnochamos!¡Lo que hay que oir!"

           "¡Mirad!, ¡Vamos a ver! Mirad por encima de vuestras cabecitas: los ingleses, sí, los ingleses ¿qué pasa con ellos? Estos señores...¡eh!... estos señores trabajan de 9 a cinco (“de nain tu faiv”) ¿me entiendes? Y como tienen una hora menos que nosotros pues resulta que entran a currar a las diez de la mañana de aquí. ¡Qué chollo!. Aquí, a las siete y veinte, cuando en la Ser desconectan para dar la información de Madrid (digo de Bassauri) ya están dando las retenciones a la entrada de la capital de todas las autopistas, autovías y radiales. El españolito ahí está, camino al curro, mientras el inglés tan pancho en la cama, aprovechando las casi tres horas que le quedan para entrar al tajo".
           "Y por la noche, ¿qué pasa?¿eh?, ¿qué pasa?. Su telediario, segunda edición, por ejemplo. ¡Vale!, ¡Vale! Primero, no lo presenta una tía tan buena como Pepa Bueno (¡qué chiste más bueno, eh, Josebas!),;Segundo, se llama “de tenoclok nius” y, como su propio nombre indica se emite a las diez de la noche de allí, que son las once de la noche de aquí. ¡a las once eh! Y dura una horita (media nacional, media desconexión regional) Vamos, que casi es como la hora de Buenafuente de aquí".
           Hasta alguien como Borja Pérez, en esta parodia de su triste vida es capaz de comprender uno de los principales problemas del amor por la noche español: que no tenemos el huso horario que nos corresponde. Pero hay otro problema que no creo que Borja sea capaz de identificar así que lo expondré yo por él.
          Este problema es más profundo y tiene causas (como no) económicas y sociales. Personalmente he visto tíos hastalastantas, mangándola en Picadilly Circus y, especialmente en el Trocadero. Lo mismo en la plaza del Ayuntamiento (o de la catedral no me acuerdo bien de qué es la plaza) en Munich, pero no en octubre, sino en abril. Mogollón de zánganos a las dos de la madrugada en Times Square con la tienda de sus “lacasitos” abierta hasta esas horas. Las escaleras de la Plaza de España de Roma las he visto llenas a cualquier hora de la noche con la gente comiendo helados. En España, por supuesto, la Rambla (menos recomendable) o la plaza de Catalunya de noche llena, ídem en Madrid, ídem en Sevilla. Sin embargo he visto (en algún caso porque he vivido) las calles de Lleida, Guadalajara o Pamplona (fuera de Sanfermines) a las once o doce de la noche de un día de diario: totalmente vacías.
             Esta descripción debería ser pista suficiente para resolver el problema: ¿qué tienen en común Madrid, Londres, Munich, París, Moscú, Nueva York... que no tengan Lleida, Ciudad Real o Soria? Pues que son ciudades turísticas, y las ciudades turísticas son parques temáticos abiertos las veinticuatro horas del día para disfrute de turistas, ociosos, vagos, maleantes y erasmus varios. ¿Y España qué es? Pues un país cuya principal industria (una vez caída la construcción) es el turismo. Trasnochar (y padecer los ruidos de los que trasnochan) es lo que se llama una externalidad negativa, de la misma forma que si nos dedicáramos a fabricar cemento, tendríamos que tragarnos los humos. Por cierto, si España fuera la panadería de Europa, seríamos los que más madrugaríamos del continente. Sin la menor duda.
       Así que ¡a aguantarse! Y a tener abierto hasta que el último guiri se vaya del garito, echando la pota, a ser posible en la calle; o, alternativamente, a atender a la delegación de alemanes de la empresa que, de paso, vienen a disfrutar de las cosas típicas de “espein”: paella, toros y... fiesta toda la noche.

sábado, 8 de mayo de 2010

Cacao Maravillao

          Vistas las contestaciones que veo a mis posts, creo que hay que aclarar varios conceptos “olvidados de puro sabidos”, como una vez oí a ese majadero fascistoide de las es.mañanas (ojala fueran ex-mañanas).

           Primero.- Los factores de producción se dividen en tierra, capital y trabajo, o simplemente capital y trabajo si se incluye en el primero el factor tierra. Esta división capital-trabajo, no es marxista, se encuentra ya en Aristóteles y tampoco requiere mucha discusión: no hay más factores y no los podemos “pintar para hacer bonito".

              Segundo.- El producto obtenido por la combinación de esos dos factores debe repartirse entre ellos. Es un juego de suma cero, en el que lo que se lleva uno no se lo lleva el otro. Esto tampoco es una invención marxista. Es algo observado en las primeras civilizaciones, y regulado, en cuánto se pudo mediante instituciones tales como la aparcería, el inquilinato, determinados contratos de arrendamiento. Para los lectores catalanes, les propongo un tema muy sugerente que me llamó la atención desde que lo vi en la facultad: la "rabassa morta" (sólo el nombre ya acongoja).

                Tercero.- Lo que si entra ya en territorio marxista es a quién corresponden los frutos (producto) de esta acción combinada. Marx se inclina por considerar que el fruto debe atribuirse exclusivamente al trabajo, porque entiende que los productos no son otra cosa que “trabajo cristalizado”. Un lienzo de tela no es otra cosa que un hilo “trabajado”, luego lo que añade valor al producto es el trabajo del tejedor. A su vez el hilo no es otra cosa que lana (o algodón hilado), es decir, “trabajado”. Así se ve que todo lo que va incrementando el valor de un producto es el trabajo y sólo el trabajo; el capital que se desgasta en la fabricación no es más que otro input elaborado.

                Cuarto.- Esta idea no es un “invento” de Marx. De hecho Marx no inventó nada(*), simplemente puso en valor y conectó una serie de conceptos que permitieron conseguir una interpretación global (no sólo económica) de la humanidad, siguiendo también una tradición hegeliana. Los que ven a Marx como un economista yerran, del mismo modo que los que lo ven como un historiador, un profeta o un moralista. Marx es, de ser algo, un filósofo. Y su concepción del mundo es tan revolucionaria y tiene tanta fuerza que requerirá siglos en ser aceptada, de la misma forma que costó siglos aceptar que la tierra era redonda (aunque Eratóstenes ya lo había demostrado), o que gira alrededor del sol. Pero no hay que preocuparse, porque las cosas son como son, con independencia de lo que digan trs o cuatro cantamañanas contemporáneos puestos de cara al sol.

            Quinto.- En cuanto a la “teoría del valor” o en concreto la “teoría del valor del trabajo”, como digo, Marx no inventa nada: sigue al pie de la letra las teorías de David Ricardo, que, desde luego no era marxista ni podría serlo porque era anterior. Otra cuestión es si, económicamente, esta teoría del valor es correcta dentro de la disciplina económica. La respuesta no esta clara, porque la teoría tiene sus fallos como han demostrado marginalistas y utilitaristas por ejemplo y no sirve, desde luego para identificar el mecanismo de fijación de precios, ni a otras cosas que no explicaré para no dar pistas a ciertos lectores aunque, en cualquier caso, la discusión está muy por encima de las capacidades de este escritor y de sus lectores. Simplemente diré que, en mi opinión, la teoría ricardiana del valor podría funcionar en ciertos campo como sucede con la mecánica newtoniana, si el lector es “de ciencias”, o como la contabilidad analítica dentro de la contabilidad, si el lector es “del género bobo”, quiero decir, de económicas (y sus ramas aún más bobas: empresariales, administración de empresas. Marketing, puenting, tonting...). En cualquier caso sí es válida para decidir cómo retribuir a los factores de producción.

                Sexto.- Luego capital y trabajo “se pegan” por el reparto del botín. Esto no sucedía en épocas precapitalistas porque el artesano controlaba los medios de producción (su capital). Incluso en grandes explotaciones agrarias los trabajadores (siervos de la gleba, esclavos) ni siquiera se podrían considerar como trabajo sino como capital porque eran propiedad del amo. El caso es que con el capitalismo sí se separa capital y trabajo. Tampoco es un invento marxista: de hecho creo que todo el mundo llama a esta fase de evolución de la humanidad “capitalismo”, y no recuerdo que ninguno de mis lectores más derechizados se refieran a ella con otro nombre. Ese nombre, por cierto, indica dos cosas: que se ha separado capital y trabajo (si no se podría haber llamado “capitrabajadorismo”) y que la parte “que lleva la voz cantante” es el capital (si no se llamaría “obrerismo”).

           Séptimo.- Luego el antagonismo capital “versus” trabajo ni es algo marxista ni es algo inexistente. Es un antagonismo similar al que existe si vivís en un piso alquilado entre vosotros y el propietario, o entre deudor y acreedor o entre comprador y vendedor, o entre tantas y tantas cosas. Lo que hace Marx es utilizar (de nuevo copia, no innova) la dialéctica hegeliana de la lucha de contrarios. Y esa lucha de contrarios (tesis+antítesis=síntesis) no termina en la aniquilación de ninguno de ellos sino en la superación. El problema es que, en España (ni prácticamente en ningún lugar del mundo) se estudia bien a Hegel (y lo entiendo porque es abstruso como pocos) y sin Hegel es imposible entender a Marx. Como anécdota diré que en el colegio de jesuitas donde estudié el profesor de filosofía daba la siguiente alineación de filósofos para una selección de fútbol 7: "en la puerta Sócrates, en defensa, Platón y Aristóteles, en la media San Agustín y Santo Tomás, en la punta Kant y Hegel". No coincido más que en tres o cuatro nombres (desde luego el medio campo es débil) pero lo cierto es que luego nunca llegábamos a Hegel: siempre me dió la sensación de que estaba ahí puesto “para fardar”. La realidad sin embargo es otra.

            Octavo.- La lucha de contrarios hegeliana no es la aniquilación del contrario, sino la superación de la situación existente. Las contradicciones del capitalismo entre capital y trabajo no terminarán con la victoria de uno de los dos bandos sino con la superación del capitalismo y con la transformación en otro sistema, que, muchos esperamos, sea el socialismo, que, a su vez, tendrá sus propias contradicciones que serán superadas con un nuevo sistema (se admiten sugerencias). Esto, queridos lectores, es inevitable, salvo que el capitalismo, logre “cargarse” antes a la Humanidad, y ya está en ello. Y es inevitable porque ningún sistema económico es eterno, por más que algún memo, como Fukuyama, se empeñe en lo contrario, con una agudeza visual similar a la de un topo.

            Noveno.- Luego las contradicciones del capitalismo y su superación no son cuestiones “marxistas” sino aceptadas (explícita o íntimamente) por cualquiera que haya aguantado leyendo hasta aquí. En lo que sí hay divergencias es en dos puntos: en la terminología y en el proceso de superación. En la terminología está claro que quién no es marxista no aceptará llamar a las contradicciones capital-trabajo, “lucha de clases”, ni a la superación del capitalismo, “destrucción” del capitalismo. Vale, pues, que se busquen términos más suaves y asunto liquidado. El segundo problema, el proceso de superación del capitalismo sí es más importante porque aquí hay divergencias profundas. Básicamente habrá lectores ubicados en cuatro categorías: “conservadores”, “pacientes”, “activos” y “presurosos”. De esta manera nadie puede sentirse ofendido.

            Décimo.- Los “conservadores” creen (o les gustaría creer) que este sistema (y este mundo) es el mejor de los posibles (¡ojo!, no dicen que sea perfecto) y rezan (posiblemente rezan de verdad) para que esto siga tal cuál. No se creen ninguna de las “zarandajas” de la dialéctica y piensan que todo es inmutable y si esto da señales de desmoronamiento, allí estarán ellos para arrimar el hombro. Para incorporar a este grupo a Runner o Ninguem sólo tenemos que cambiar el nombre: no son “conservadores”, son o “liberales” o “inetiquetables”. Y asunto resuelto. Los “pacientes” aceptan lo dicho en este “post” pero piensan que todo es cuestión de sentarse a esperar como la manzana cae madura del árbol. No hay que hacer nada más y “lo que sea sonará”. Es mi estampa idílica de juventud, cuando empecé a leer a Gonzalo de Berceo (en primavera): tumbado en un prado, junto a un río, con un cartón de “donsimón” al lado. Y a esperar.

            Undécimo.- Los “activos” se han “tragado” lo de la destrucción del capitalismo y echan una mano; las dos no, porque es mucho. Contribuyen de una forma gradual y pacífica a que este cambio se produzca. Son básicamente socialdemócratas convencidos de que se pueden tomar acciones dentro de la democracia representativa en la que vivimos, que, de forma gradual y no violenta, se puede llegar al socialismo. Para los tiempos que corren, están bien, pero van tan despacio, que a veces se desaniman y cambian de bando, lo que no es de extrañar, pues, al igual que Ulises tapó con cera los oídos de sus marineros y se ató al mástil para evitar ser atraído por el sonido de las sirenas, es seguro que si ese tormento hubiera durado años, los tapones de los oídos se habrían caído, Ulises se hubiera vuelto loco y la tripulación habría sucumbido a los encantos de las “pescadoras de hombres” (que poético, y a la vez religioso, me ha quedado).

            Duodécimo.- Quedan los “presurosos”, partidarios de la piqueta y el barreno y hacer saltar esto cuánto antes. Son revolucionarios y sí, son los que recogen (o recogemos) el espíritu marxista de un cambio revolucionario. Marx no habló de “dictadura del proletariado”, “reeducación”, “régimen de terror”, “retorno al campo”, “etapa socialista”, “etapa comunista”... pero sí está claro en su obra, que aspira a un cambio radical. Luego cada uno ha tirado con lo que ha podido: que si piqueta, que si goma2 eco, que si tytadine... Y así se ha visto lo que se ha visto (estalinismo (la revolución rusa hasta la llegada al poder de ese dictador fascista llamado Stalin creo que es otra cosa, ya hablaremos de ello), jemeres rojos, maoismo, sendero luminoso...): una muestra de las maravillas del horror a que es capaz de llegar el ser humano. Y si el sueño de la razón engendra estos monstruos, ¿qué no engendrará el sueño de la sinrazón (nazismo, fascismo, fascismo español “a.k.a.” franquismo, fascismo chileno “a.k.a.” pinochetismo, C.I.A...). ¡Pero, es lo que hay chicos!

           Decimotercero (y último).- Todo esto de las contradicciones del capitalismo no tiene nada que ver (bueno, todo en esta vida está relacionado) con los fallos del mercado, una serie de conceptos económicos “tácticos” que explican los problemas del día a día de nuestras miserables y occidentales existencias, cuya serie de trece capítulos ya están en el openoffice (“of course”) de este escritor, dispuestos a salir al mercado (nunca mejor dicho) a través de la visión de un ciudadano (Ciudadano K.) idólatra de ese dios, el mercado, que le va a resolver todos sus problemas de forma mágica. Veremos, la próxima semana, las andanzas de ese pobre ciudadano y de cómo el mercado le va toreando una y otra vez, hasta dejarlo listo para el descabello.¡Cruel dios, parece salido del Antiguo Testamento!

               Bueno, el cacao ya está hecho. Me ha quedado un poco espeso. Hubiera sido mejor hacerlo a la francesa. Pero es que en España, como somos pobres y el cacao es caro, siempre lo hemos adulterado con harina. ¡Qué lo vamos a hacer!.



(*) De hecho, el lector que se acerca por vez primera a "El Capital" se asombra al ver la cantidad de citas que Marx emplea de otros economistas, sobretodo británicos. Es que ese libro, es realmente, un "cortapega" de lo que antes habían escrito esos economistas.

viernes, 7 de mayo de 2010

Intermission

Queridos lectores: cuando tenga un teclado a mano con acentos (el post de ayer era "pregrabado") y que no esten la mitad de las letras en cirilico, dare cumplida contestacion a vuestros comentarios. Prometo venganza.

jueves, 6 de mayo de 2010

Cornudos y apaleados

            O “Humillados y ofendidos” en la versión "dostoyevskiana" del término. Es lo que se ve en la mayoría de los blogs y medios de comunicación y también aquí, en algunos comentarios. Que si el problema de España, Grecia, Portugal... es que somos todos unos vagos, que si tenemos malos gobiernos, que si estamos todo el día de juerga, que si nos creíamos ricos y ahora viene el castigo divino... Como diría Borja Pérez: “¡qué fácil es criticar!"(*)

             Atribuir el devenir de un país a la "banalidad” de sus habitantes, a un determinado rasgo de su conducta, de sus costumbres o de su folklore es de una simplicidad absoluta rayana en lo que hace tiempo oí a una señora: “los negros, no sé, tienen  algo en la cara, que te hace pensar que te van a comer vivo”. Seguramente estaría influenciada por los dibujos en los que se ve al explorador o al misionero dentro de una gran olla, con un corro de negritos bailando alrededor. Faltaría decirle a la señora que, para que la realidad coincidiera con su imaginación, faltaba que llevaran un moño sujeto con el hueso de algún hombre blanco.

         No voy a entrar a descalificar las opiniones sobre la sinvergonzonería y vagancia de los latinos con los mismos argumentos que emplean ellos, empezando por decir que unos suecos crearon el portal “piratebay” o que la Casa Real Británica provee una buena muestra de jetas, vagos y sinvergüenzas superior a la de cualquier hogar griego, italiano o español.

         La mejor o peor fortuna de los países (mejor dicho de las sociedades) depende esencialmente de las oportunidades de las que hayan dispuesto y hayan sabido aprovechar. 

           Este argumento es aplicable a todos los países subdesarrollados: todos los países africanos no han sabido aprovechar las suyas (por eso se dice que tienen dirigentes corruptos, incompetentes y sanguinarios), ni los de latinoamérica (mismos argumentos) ni los del este de europa (ídem), ni los de Asia Menor (otra vez lo mismo). En resumen es la traslación a los países del viejo principio liberal según el cual “el que es pobre es porque se lo merece”.

             Pero ¿de verdad muchos de estos países han tenido alguna oportunidad? Porque si no tienes oportunidades es muy difícil saberlas aprovechar (¿a alguien le ha tocado la lotería sin jugar?) Esos países, en lo económico, han pasado de ser explotados directamente por los países europeos, a ser explotados indirectamente por las multinacionales. En lo político han pasado de ser sojuzgados por una administración extranjera, a serlo por unos lacayos (indígenas eso sí) de las multinacionales que los explotan.

             Y en el “club med” ¿qué pasa? ¡Hombre! ¡oportunidades, oportunidades sí ha habido!. ¡Ahí está!, dirán muchos: los españoles no hemos sabido aprovechar nuestras oportunidades y así nos va. ¿Seguro? 

              En el fondo con las oportunidades pasa como con la lotería: cuántas más tienes, más fácil es aprovechar alguna. Si tu padre, con apuros, puede pagarte una carrera, si luego resulta que esos estudios no te gustan y la abandonas, habrás desaprovechado tu oportunidad, tu única oportunidad. Sin embargo, si eres hijo de un multimillonario no tienes ningún problema: podrás cambiarte de carrera cuántas veces quieras hasta encontrar la que te gusta o en la que destaques: habrás, al final, aprovechado tu oportunidad. No todos los países tienen iguales oportunidades: depende del momento y de la “potencia” de uno y otro:  dudo que al imperio romano se pudiera oponer con éxito una aldea gala, más allá de las historietas, y dudo que en la actualidad los países desarrollados tengan las mismas oportunidades que los demás. 

          El país que tiene más oportunidades a su alcance es Estados Unidos. Podrá desaprovechar las que quiera, porque siempre le quedará alguna: y tanto va el cántaro a la fuente... 

            En Europa sucede otro tanto: los países más desarrollados tienen más oportunidades que los demás y no son las mismas las oportunidades de Grecia o Portugal, que las de Francia y Alemania. De hecho, como indicaba en un post anterior, nuestras oportunidades para competir con ellos era tradicionalmente la devaluación de la moneda. Era nuestro único cartucho. Ahora, ni siquiera éste existe.

          La pregunta del millón es ¿por qué esos países han logrado acumular esa cantidad de capital, de “potencia” que les permite contar hoy con más oportunidades para capear el temporal que nosotros. La historia es un libro abierto: mientras en esas sociedades se potenciaba el comercio, la libertad de pensamiento, la ilustración y también se producían las primeras luchas entre una clase emergente, la burguesía y otra decadente, la feudal (o la lucha entre terratenientes e industriales y comerciantes en el Reino Unido), aquí seguíamos bajo las garras de la Iglesia y la opresión de las clases dominantes (dueñas de la tierra). Y cuando este país intentó salir de ese atraso, una Guerra Civil instigada por esos poderes la devolvió de nuevo a las cavernas. Sí, esos mismos que ahora nos llaman holgazanes y despilfarradores, son los mismos que llevan siglos robándonos oportunidades de progresar. ¡Qué cara más dura!


(*) Escribo esto desde Budapest, en una reunión de Administraciones Tributarias. Mis lectores más críticos pueden sentirse satisfechos al saber que la Agencia Tributaria, es, de lejos, la mejor Administración de Europa. Y si esto sucede en éste ámbito, qué tanto no sucederá en otros que no conozco. Y pese a todo nos auto-consideramos unos mierdas. A ver si al final nuestros problemas se solucionan yendo al psicólogo.

lunes, 3 de mayo de 2010

El señor de los anillos

          Conviene reparar la atención en un aspecto que Miguel Boyer destaca en su excelente (por desacostumbrado) artículo publicado el pasado viernes en el Diario El País (Ganar dinero apostando por el desastre). ¿A quién beneficia realmente el euro?

          Una moneda para someterlos a todos: con la moneda única Alemania elimina a todos los competidores de la eurozona. Si antes, para competir con los germanos a los demás países (especialmente los sureños) sólo nos quedaba el recurso de devaluar nuestra moneda, ahora ni eso. Simplemente no podemos competir con ellos, y se acabó. En segundo lugar un euro concebido como un “marco solidario” (es la terminología que emplea Boyer en ese artículo), tampoco convenía a Alemania, pues era moneda demasiado fuerte. En su lugar, prefiere una moneda relativamente más débil, el euro actual, que le permita competir contra Estados Unidos, una moneda, en definitiva, algo más débil que el dólar. De nuevo la impostura del fuerte: niega a los países menos avanzados la misma medicina con la que él se fortaleza.
              El colmo de la hipocresía germana se advierte en su trato a los griegos, humillándolos y haciéndoles mendigar una ayuda por el excesivo déficit de su balanza fiscal, a sabiendas que el deterioro de Grecia supone el debilitamiento del euro, lo que les permitirá vender sus coches y lavadoras más baratas en el resto del mundo. Y esta vez sin miedo a que nadie les bombardee Berlín.

domingo, 2 de mayo de 2010

Griego. Completo. También domicilios y IV.

         En este lado del “ring” están los personajes descritos en los posts anteriores: el apestoso jugador del casino del primer post, el acreedor del segundo post, y el economista-ideólogo del tercero. En el otro lado del cuadrilátero el resto de los mortales, poderes públicos incluidos, aunque a éstos conviene no darles la espalda porque no está muy claro el bando al que sirven.

         Cada uno de los tres mosqueteros del capitalismo tienen, además, superpoderes. El jugador de fortuna, como hemos visto, es capaz de movilizar gran cantidad de recursos con muy poco dinero en mano, mediante el truco llamado “apalancamiento financiero”: con 100 puede hacer que parezca que va a mover 100.000 o 100 millones y con poco más puede aparentar mover una cantidad superior a varias veces el PIB mundial, por lo que el tamaño de la presa no importa: podría tragarse a los Estados Unidos sin pestañear. Vamos, que despliega una fuerza irresistible. Hasta ahora había practicado en el gimnasio en operaciones contra “monedas” (contra la libra, contra el peso mejicano, contra las monedas asiáticas) y siempre le ha salido bien. Ahora prueba con deuda pública, aprovechando la falta de solidaridad entre Estados de la Unión Europea, que hace que la moneda sea única pero los instrumentos de financiación pública sean tantos como Estados miembros y que unos Estados -Dios nos libre- NO garanticen las emisiones de otros (o todos a todos, de forma solidaria) de la misma manera que el padre avala el préstamo que el banco hace a su hijo (esta solidaridad familiar jamás la veremos en la Unión Europea). Sabe que si hace una apuesta, por ejemplo, por la caída del valor de la deuda de un país, o por la subida, o por la bajada de tipos, o por la subida, o por el riesgo de solvencia o del de insolvencia, o por el color de ojos de las nuevas emisiones... por lo que sea siempre habrá un juego de azar disponible, lo que se llama un “instrumento de cobertura”, que le permitirá ganar si acierta en su apuesta. Que la apuesta sea por una predicción “buena” o “mala” al jugador le da igual, no es obligatorio jugar a rojo, se puede jugar a negro, o a par, o a impar, pasa, queda... eso da lo mismo. Jugará a lo que sea más rentable y, como es jugador de ventaja, apostará con cartas marcadas, o en la ruleta donde ha puesto un freno en la rueda. Para ello será capaz de corromper agencias de valoración, gobiernos, entidades de crédito, jugará con dinero propio o ajeno... Hará lo que sea con tal de ganar.
           El acreedor insaciable viene de lamerse sus heridas. Sabe, porque lo sufrió, que pese a tener todo el derecho a su favor, ha perdido batallas con los deudores debido a un factor que al principio despreció: la inflación. Comprobó que gracias a ella su dinero cada vez valía menos y que el deudor, por el contrario, a medida que pasaba el tiempo, podía devolver más fácilmente el préstamo porque la misma cantidad en términos absolutos, significaba para él menos, dado que, incluso, le habían subido el sueldo en la misma o parecida proporción en la que los precios habían subido. No ganaba poder adquisitivo, pero sí veía que el importe del préstamo que debía se iba haciendo “algo chiquitito, algo pequeñito” frente al resto de sus ingresos y gastos, y eso, de alguna manera, le regocijaba, con la misma rabia con la que el acreedor veía que entre sus activos, el préstamo que había otorgado a ese degenerado también se hacía más chiquitito (sobretodo si lo comparaba con sus activos inmuebles).
             Como esto no podía ser, compró a las autoridades monetarias de todos los países que, de plano, se comprometieron a cumplir un primer mandamiento que, a la postre, sería, el único mandamiento de los bancos centrales: controlar la inflación. Pero como nada es gratis en esta vida, los acreedores tuvieron que tragar con una política de tipos más bajos, así que “lo servido por lo comido” (casi).
            Se presentan ahora a la batalla con ganas de revancha y tienen dos razones para ello. Por un lado ven al alcance de la mano su “paraíso de la deflación”, un escenario en el que el dinero cada día que pasa vale más, porque se pueden comprar más cosas con él y, paralelamente, las deudas se hacen mayores: con cada pago que en el futuro me haga el deudor -piensa- podré comprar más cosas. Ya no es sólo el interés lo que enriquece a este parásito, ahora viene también en su ayuda, la tasa de deflación.
              Pero como es hombre de natural desconfiado, sigue añorando la época del “crowding out” financiero en la que los deudores venían corriendo a la puerta de su mansión, se peleaban unos con otros (demandantes públicos contra privados) y, al final, concedía el préstamo al que ofrecía un tipo más alto. Ahora tiene que ir a buscarlos casa por casa, intentando colocar su dinero: éste no puede porque no tiene necesidad de ampliar el negocio, ése está con el agua al cuello, de aquél no se fía porque cree que no se lo va a devolver... Un calvario. Quizá sólo le quede la opción de prestar a los Estados, pero para hacerlo a un buen tipo necesita que estén verdaderamente necesitados: en principio el mejor cliente es el que ya está casi ahogado y necesita el crédito para salir un poco a flote, al menos poder sacar la nariz del agua. Hay países, como el Reino Unido tremendamente endeudados, pero no son buenos clientes porque su deuda tiene un vencimiento a muy largo plazo. Son mejores los países con vencimientos a corto, no porque estén muy o poco endeudados, sino porque necesitan el dinero ahora: solo es cuestión de agobiarlos hasta que firmen al tipo que sea.
           El tercer superhéroe, el economista-ideólogo, es el más peligroso, pues de los clásicos sabemos que el peor enemigo, por imprevisible, es el más tonto. Actúa “en representación de”, es decir “en nombre y por cuenta de otro”, del capitalista, sin apellidos. Es monotemático: su única obsesión es recortar el tamaño del Estado y, en concreto, por lo que vimos en el post anterior, el Estado de Bienestar. Busca un equilibrio a la baja, aspira a jibarizar la economía: prefiere un motor pequeño, el de una vespino, que gaste poco, aún a costa de que sólo pueda llevar a una persona y una pizza, frente a un motor más grande, como el de un camión, que pueda cargar con toneladas de mercancías, aún cuando hoy, todavía no haya pedidos tan grandes. Ignora, o maliciosamente oculta, que con eso lastra la economía “para siempre jamás, amén” pues cercenando prestaciones sociales, sanidad y escuela, conseguiremos una masa de trabajadores degradados física y moralmente, ignorantes y enfermos que serán la mano de obra de lo que queramos hacer en el futuro. Pero a él esto le da igual, pues sus amos (y él, si le hacen el favor) estudian en el “Icade” y se curan en la “Ruber”; y no necesitan policía porque a la puerta de su urbanización hay un “segurata” con una metralleta. La calle luce muy bonita en Navidad en el barrio de Salamanca, sobretodo si la miras a través de los cristales tintados del Porsche Cayenne. Y esta es la gente que susurran a nuestros gobernantes lo que tienen que hacer, o directamente se lo ponen por escrito (Salir del Estupor) para que no se equivoquen en los deberes. Y los gobernantes, a los que nosotros hemos votado, les escuchan, les hacen caso, porque, de no hacérselo, de seguir los dictados de la voluntad popular, continuará el bombardeo financiero hasta exterminar gobierno, partido y país.
             En la otra esquina del “ring”, decía al principio, están los demás mortales. Esperando a recibir el siguiente palo, entretenidos, mientras tanto entre la Esteban, de Juana Chaos, el velo, el estatut... o sus equivalentes griegos, europeos o mundiales. No sé lo que pasará en los próximos meses, pero temo que el caso griego se contagie a otros países, porque, como he explicado, es una estrategia global de supervivencia del capitalismo financiero desquiciado. Si tuviera que hacer de pitoniso, diría que “me huele” a que se está preparando una burbuja con la deuda pública, (burbuja en la deuda pública) algo que niegan importantes economistas, quizá con razón. Pero creo que la deuda pública y sus derivados se están colocando, o se colocarán en los próximos meses, a unos tipos interesantes (sobretodo la de ciertos países y más todavía si se entra en deflación, algo que evitan, de momento los productos energéticos), lo que derivará en una vorágine de productos financieros exóticos que se venderán y revenderán mil veces por todo el planeta, hasta que el globo vuelva a pincharse, dentro de unos años.
            Es sólo una impresión. De momento mi asesor personal de Banif todavía no me ha llamado para ofrecerme un estructurado referenciado a la deuda griega, a la portuguesa o a la española. Cuando me llame ya os lo contaré. ¡ring, ring, ring! Perdonad, me llaman al móvil. Es del banco. Lo siento, tengo que dejaros.

sábado, 1 de mayo de 2010

Griego. Completo. También domicilios III

         Falta criminalizar al deudor, y de eso se encarga la superestructura ideológica. El capitalismo predica austeridad, ahorro, esfuerzo. Bajo ese principio sólo está justificado el endeudamiento por un “buen fin”: ampliar el negocio. En el ámbito público es el principio presupuestario económico clásico conocido como “principio de autoliquidación de la deuda” (que, por cierto, cayó en el test del segundo parcial de la asignatura): el Estado sólo debe endeudarse para financiar inversiones que le sean rentables en el futuro. En el ámbito particular nos tragamos, a regañadientes, el endeudamiento para la compra de bienes de consumo duradero y sólo admitimos bastante convencidos la adquisición de vivienda con hipoteca, entre otras cosas porque estamos pensando que un inmueble, con el tiempo, aumenta de valor, con lo que endeudarse por una vivienda es, en el fondo, una operación de ahorro (me endeudo hoy por 100, para tener el día de mañana un bien libre de cargas que valdrá 200).

          Fuera de esto, el recurso al endeudamiento es algo de depravados: de gente que no sabe ajustar sus gastos a sus ingresos, que dilapida sus rentas (probablemente asociado a una debilidad o “pecado” como la adicción a las drogas, la ludopatía o el alcoholismo) o que vive por encima de sus posibilidades (incumpliendo así el dicho castellano de “así es la cuerda, así se estira”). El aparato ideológico afirma que mientras que el prestamista es un honrado profesional, laborioso, que se gana la vida mediante una hábil combinación de audacia (es un emprendedor) e inteligencia (domina la matemática financiera) el prestatario (o deudor) es un ser vicioso y consentido, que necesita de ese dinero para seguir manteniendo su desordenada vida. Si se ocupara de ordenar su casa y reducir gastos no tendría que verse obligado a ir mendigando un dinero que sabe que no es suyo y que tendrá que devolver en el futuro, y si no tiene para ello, deberá hacerlo incluso con una libra de su carne (*), se desangre o no con ello. Y, sin embargo, ¡que ironía!: no pueden existir el uno sin el otro, ni el otro sin el uno y sólo habrá solución cuando se superen prestamista y prestatario, mediante la abolición de los préstamos.. Pura dialéctica hegeliano-marxista.
            El aparato ideológico dominante se olvida, por supuesto, que parte de ese endeudamiento de la clase trabajadora procede de la necesidad de mantener un determinado nivel de vida que no puede ser alcanzado por un aumento real de sus rentas del trabajo, porque, precisamente al capitalista no le ha dado la gana de mejorar el nivel de las rentas salariales (a costa de sus beneficios) en el último siglo, ni los poderes públicos han estado interesados en redistribuir la riqueza compensando la molicie del capitalista. Pero eso sí, con dinero propio o de prestado hemos seguido consumiendo sus productos: ¡qué conste!
            No hay diferencias ideológicas entre el maltrato y la vejación al deudor sea público o privado. Si es público habrá que examinar por qué ha sido tan derrochador que ahora se ve sin un duro, teniendo que vivir  de prestado. La causa la aprecia hasta un niño de primaria, pero no un economista "al uso": si la economía doméstica se descompensa porque han despedido a su padre,  el niño sabe que la causa del desequilibrio entre ingresos y gastos no es porque en su familia se derroche sino porque ha dejado de entrar un sueldo en casa. Si hay crisis, el déficit fiscal se produce en su mayor parte por la caída de ingresos y, en mucha menor medida por el aumento de gastos (que, no obstante, algo aumentarán por el pago de prestaciones como la del desempleo): el caso de España es paradigmático en este sentido. El niño se preocuparía si, en el futuro estos ingresos no se recuperaran, si su padre no volviera a encontrar trabajo; el economista, sin embargo, aprovecha el “momentum” y plantea una reforma del Estado basada en el recorte de gastos, pero un recorte selectivo, que evita tocar aquellos gastos que son ingresos para sus representados: básicamente los bienes y servicios que venden sus clientes a las Administraciones Públicas, las inversiones que realizan para el Estado y las subvenciones percibidas por sus representados con cargo a fondos públicos. Todo lo demás es negociable y ¡ay! recortable: prestaciones a familias, sueldos de funcionarios, educación y sanidad producida directamente por el Estado...
          Y, a partir de aquí empieza la batalla.

          (*) Ese hubiera sido hoy el fallo del Tribunal de Venecia.